Es­tas se­ries de mi­ni no tie­nen na­da

«Big Little Lies», «The Night of», «Oli­ve Kit­te­rid­ge» o «The Sin­ner» tie­nen al­go en co­mún: po­cos epi­so­dios y no más de una tem­po­ra­da. Si quie­ren des­nu­dar a la pa­re­ja «per­fec­ta», ver a un Tur­tu­rro ma­gis­tral o sa­ber de qué es ca­paz Jes­si­ca Biel qué­den­se. Es

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MINISERIES EN EL TOP . PARA VER DEL TIRÓN - TEX­TO: ANA ABE­LEN­DA

Hoy que la cues­tión es es­tar o no es­tar en strea­ming, hay mi­ni­pla­tos de la car­ta que se sa­len (y no por un pi­co de tiem­po, sino por pul­so na­rra­ti­vo), fic­cio­nes con mi­ga que se pa­pan de un bo­ca­do en el ho­ra­rio es­te­lar que us­ted de­ci­da. Oli­ve Kit­te­rid­ge es de Pu­lit­zer, no so­lo por la no­ve­la de Eli­za­beth Strout que la ins­pi­ra y le dio el premio, sino tam­bién por có­mo la en­car­na Fran­ces McDor­mand. Y no mi­ra­rán igual a Tur­tu­rro tras ha­ber vis­to y sen­ti­do sus pi­co­res en los pies, y el du­ro pa­pel de abo­ga­do de ofi­cio en chan­clas que aco­me­te sin ra­jar­se, con ayu­da de mi­la­gros cu­ran­de­ros, en The Night Of.

Igual es co­sa mía, pe­ro me da que,

Sha­me­less me­dian­te, em­pie­za a can­sar­nos el ma­ra­tón. Me­jor que la tem­po­ra­da sea un avan­ce de no­ve­dad que un dé­jà vu, ¿no? En es­te rit­mo se­rié­fi­lo de vi­da que as­pi­ra rom­per la mo­no­to­nía de la ru­ti­na nos va el es­print. Lo bueno si bre­ve dos ve­ces bueno, ¿no es me­nos, más? ¿Otra tem­po­ra­da de Jue­go de Tro­nos? ¡Ni por Jon Nie­ve! Dis­cúl­pen­me.

Yo con­fie­so. La nue­va ob­se­sión que ha­ce bue­na la má­xi­ma de la bre­ve­dad en Net­flix se lla­ma The Sin­ner. Tres cla­ves: Cri­men bru­tal. Jes­si­ca Biel. Trau­ma que no lo­gra re­cor­dar. Y una pre­gun­ta: ¿por qué? En una de las es­tre­llas de la tem­po­ra­da en mi­ni­se­rie, es­ta es la cues­tión, no quién lo hi­zo, sino por qué. En­tra­rán co­mo en ca­sa. Con esa con­fian­za que da la na­tu­ra­li­dad, The

Sin­ner in­vi­ta de par­ti­da a ojear la vi­da do­més­ti­ca de Co­ra Tan­net­ti, una Jes­si­ca Biel de ten­so ric­tus que lle­va una vi­da fa­mi­liar nor­mal. Es­tá ca­sa­da con Ma­son (pre­cio­so Ch­ris­top­her Ab­bott), tie­nen un hi­jo pe­que­ño y unos abue­los im­pli­ca­dos. No se aco­mo­den, que la cal­ma se rom­pe en mi­nu­tos, ya en el pri­mer epi­so­dio de los 8 que du­ra es­ta se­rie que per­tur­ba ca­da vez más con su sound­track.

Una es­ce­na de do­min­go fa­mi­liar de pla­ya se cu­bre de san­gre por un ase­si­na­to car­ni­ce­ro a ple­na luz del día. ¡Tras tras tras tras tras tras tras! Sie­te pu­ña­la­das. Pri­mer subidón de adre­na­li­na. Bru­tal. La gran car­ga dra­má­ti­ca de

The Sin­ner la lle­va Co­ra (Biel), que afron­ta su­til y bru­tal un exor­cis­mo in­te­rior que la de­vuel­ve a su in­fan­cia, a su ado­les­cen­cia, a una no­che fatal, a re­cor­dar un trau­ma que se ha­ce es­pe­rar pa­ra ser des­ve­la­do. Hay ca­pí­tu­los en que la ten­sión se di­la­ta y nos dis­trae pe­ro no sol­ta­mos esa gran pre­gun­ta: ¿por qué, por qué? Y es­ta otra, más acu­cian­te: ¿Pe­ro qué

de­mo­nios le pa­só? Jes­si­ca Biel se sos­tie­ne so­la con su cruz en The Sin­ner, con su in­ter­pre­ta­ción or­gá­ni­ca de una mu­jer al lí­mi­te, pe­ro el de­tec­ti­ve Am­bro­se es su par­te­nai­re per­fec­to. Im­pres­cin­di­ble es­te Bill Pull­man sa­do­ma­so, de mirada obli­cua y gran in­tui­ción, con sus uñas ma­cha­ca­das «por amor» y un ma­tri­mo­nio en as­cuas. El fi­nal de la se­rie (que yo vi ayer mis­mo) re­vien­ta el co­ra­zón. Y ha­ce pen­sar en eso de la úni­ca ma­ne­ra de su­pe­rar un trau­ma es afron­tar­lo, y des­tro­zar­se en esa lu­cha. Pe­ro no so­los. La ayu­da de un so­lo hom­bre va­lien­te y te­naz, co­mo Am­bro­se, cam­bia las co­sas del to­do. Otro de los must del año es The Night Of, fic­ción que de­vo­ra pre­jui­cios tras el bro­te is­la­mo­fó­bi­co que su­ce­dió al 11S. De­be­rían (y es un de­ber que da pla­cer y cu­ra de es­pan­to) aso­mar­se a la sor­di­dez de la cár­cel de The Night Of, a la mirada de es­pe­jo sin fon­do de Naz Kahn (Riz­wan Ah­med), don­de ve­rán su­ce­si­va­men­te, im­pul­sa­dos por la red de per­so­na­jes e in­tere­ses de la tra­ma, inocen­cia y cul­pa­bi­li­dad. The Night Of em­pie­za con un cri­men bru­tal, y un cul­pa­ble per­fec­to, un pa­quis­ta­ní que le ha ro­ba­do el co­che a pa­pá pa­ra sa­lir. La se­rie po­ne sin ro­deos el es­pe­jo fren­te a nues­tros pre­jui­cios y de un mun­do Trump di­vi­di­do en par­ce­las por et­nias y es­ta­tus, y em­bru­te­ci­da en su jui­cio. The Night Of nos ha­ce du­dar. Ese lu­jo...

De pe­que­ñas gran­des men­ti­ras se vi­ve en Big Little Lies, dra­ma cool en HBO que nos lle­va, de la mano del trío de ases Ree­se Wit­hers­poon, Ni­co­le Kid­man y Shai­le­ne Wood­ley, al co­ra­zón de la hi­per­pa­ter­ni­dad, a Mon­te­rrey, un pue­blo de Ca­li­for­nia co­mo un show de Tru­man, pa­raí­so de fa­mi­lias per­fec­tas que va­mos a desenmascarar... con el pos­tre de una ban­da so­no­ra pa­ra guar­dar­se (esa Mart­ha Wainw­right). Pa­re­ce que es­ta mi­ni­se­rie va a más, a por la se­gun­da tem­po­ra­da, y eso que el fi­nal fue, en efec­to, y con­tra la iner­cia im­pe­ran­te, un fi­nal. Si les va es­to de atre­ver­se a ver lo que hay de­ba­jo de la al­fom­bra, que se­pan que un pro­duc­tor re­cha­zó Big Little

Lies por la fal­ta de des­nu­dos (Weins­tein ru­les). Ocho Emmys se lle­vó es­ta fic­ción que ases­ta un gol­pe maes­tro a la vio­len­cia ma­chis­ta, sin caer en la tentación del cli­ché fa­ci­lón. Y le da la vuel­ta a otro gran tó­pi­co, mo­vien­do a pen­sar que qui­zá el me­jor ata­que es­tá en te­ner una bue­na de­fen­sa.

The Sin­ner es la nue­va ob­se­sión en strea­ming

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