El en­can­to de lo na­tu­ral

El ne­go­cio se ha con­ver­ti­do en uno de los sím­bo­los ga­lle­gos del tu­ris­mo

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de Galicia (OneOff ALL) - - PORTADA - CRIS­TÓ­BAL RA­MÍ­REZ

Una mez­cla de ár­bo­les. De es­pe­cies ar­bó­reas. Eso es lo pri­me­ro que lla­ma la aten­ción cuan­do se de­ja la ca­rre­te­ra que de Ou­rol con­du­ce a Vi­vei­ro (el puer­to de A Ga­ñi­doi­ra ha que­da­do muy atrás) pa­ra to­mar el des­vío a la de­re­cha que va a con­du­cir a tra­vés del va­lle que for­ma el río Lan­dro ya muy cer­ca de su desem­bo­ca­du­ra. Ni una cuesta arri­ba, ni una cuesta aba­jo. Ár­bo­les fru­ta­les, el eu­ca­lip­tal de Cha­vín al fren­te, es­pe­cies au­tóc­to­nas sal­pi­can­do el te­rri­to­rio y to­do al­re­de­dor, ya en las la­de­ras de las mon­ta­ñas y has­ta ca­si su cum­bre, más eu­ca­lip­tos de­di­ca­dos a la ex­plo­ta­ción fo­res­tal.

El Lan­dro va que­dan­do a la de­re­cha, muy cer­ca del es­tre­cho as­fal­to pe­ro no se ve, se adivina, por­que la ar­bo­le­da im­pi­de la vi­sión. Al par de ki­ló­me­tros se cru­za un puen­te e in­me­dia­ta­men­te apa­re­ce un car­tel que in­vi­ta al des­vío a la iz­quier­da: Ca­sa do Ba­tán. Un ki­ló­me­tro al­go es­ca­so que pro­ce­de aco­me­ter­lo con ca­ri­ño por­que a ve­ces da la im­pre­sión de que el co­che no va a pa­sar si no se do­blan los es­pe­jos re­tro­vi­so­res. Al­gu­nas ca­sas, mag­ní­fi­cas. En ven­ta es­ta y aque­lla. Nue­vo des­vío se­ña­li­za­do a la iz­quier­da y se en­tra en un re­cin­to don­de el úni­co rui­do es el des­vío ca­na­li­za­do de un pe­que­ño río. Paz ab­so­lu­ta. Es­ta es la pri­me­ra im­pre­sión de la Ca­sa do Ba­tán.

El es­ta­ble­ci­mien­to de tu­ris­mo ru­ral es una mo­le pé­trea de la que, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, ema­na una sen­sa­ción de li­ge­re­za. Na­da pa­re­ce pe­sa­do en esa mez­cla de ma­te­ria­les tra­di­cio­na­les —la enor­me ma­yo­ría— con al­gu­nos nue­vos y ori­gi­na­les, que dan per­so­na­li­dad al puen­te que cru­za el re­cién lle­ga­do o al hó­rreo que fue y que no es (por suerte ahí la ve­ge­ta­ción ta­pa una so­lu­ción más que du­do­sa desde el pun­to de vis­ta es­té­ti­co).

Y en la puer­ta, dos son­rien­tes Antón y Mary Luz, lle­van­do él el pe­so del ne­go­cio mien­tras ella echa una mano des­pués de tra­ba­jar en otra par­te. Gen­te hu­mil­de en el me­jor de los sen­ti­dos, de esa que hacen sen­tir­se a uno en ca­sa, sin alar­des va­cuos, con­tan­do su his­to­ria.

Una his­to­ria que co­mien­za con el abue­lo de Mary Luz, cuan­do com­pró esa ca­sa em­pe­ñan­do sus bue­yes. Y que si­gue con el aban­dono ya re­cien­te has­ta que, tras dos años de tra­ba­jo, ese edi­fi­cio y el de al la­do que­da­ron lis­tos pa­ra re­ci­bir a los clien­tes el pri­me­ro, y pa­ra alo­jar co­mo vi­vien­da per­ma­nen­te a la pa­re­ja el se­gun­do. Na­cía un ne­go­cio que su­frió un gran cam­bio en los úl­ti­mos años. No es­té­ti­co, sino de orien­ta­ción. «An­tes bus­cá­ba­mos gru­pos, lo que fue­ra —ex­pli­ca Antón—, y aho­ra nos he­mos cen­tra­do mu­cho más en la ca­li­dad. Recomendamos que no se ven­ga con niños y bus­ca­mos gen­te que quie­ra pre­ci­sa­men­te es­to, un lu­gar dis­tin­to, tran­qui­lo, muy bien si­tua­do pa­ra co­no­cer la costa del Norte de Ga­li­cia».

Ofre­cen solo cua­tro ha­bi­ta­cio­nes. «Los dos no po­dría­mos vi­vir solo de la ca­sa», re­co­no­cen. Cie­rran, ade­más, los cua­tro me­ses de in­vierno por una ra­zón prác­ti­ca y eco­nó­mi­ca: no hay clien­te­la. Una clien­te­la que siem­pre es na­cio­nal, y con muy es­ca­sas ex­cep­cio­nes, de otros paí­ses. En­tre la pri­me­ra abun­dan los lle­ga­dos desde Ca­ta­lu­ña.

Si en el ex­te­rior man­da la pie­dra vis­ta, en el in­te­rior lo hacen los co­lo­res cá­li­dos, en­vol­ven­tes. Mu­cho to­que per­so­nal ale­ja­do de la es­tri­den­cia, mue­bles de ma­de­ra he­chos por el pro­pio Antón, que es car­pin­te­ro.

Ma­de­ra era tam­bién lo que es­pe­ra­ban ha­llar en lo que en su día fue co­me­de­ro de los ani­ma­les, pe­ro se en­con­tra­ron con unos mag­ní­fi­cos va­nos de gra­ni­to que de­ja­ron tal cual y que ayu­dan aho­ra a crear su pro­pio am­bien­te.

Un sa­lón muy aco­ge­dor desde el que se ac­ce­de di­rec­ta­men­te a un mo­lino con su rue­da, al­go in­só­li­to por muy es­ca­so, si no úni­co. El mo­lino-bi­blio­te­ca ha si­do con­ver­ti­do en un lu­gar de en­cuen­tro muy pe­cu­liar y que les fun­cio­na muy bien, qui­zás por­que en­trar allí tie­ne al­go de sor­pren­den­te, de cru­zar el es­pe­jo de Alicia en el País de las Ma­ra­vi­llas.

Las cua­tro ha­bi­ta­cio­nes es­pe­ran en el pri­mer pi­so, al que se ac­ce­de por unas es­ca­le­ras có­mo­das. Nin­gu­na es, pa­ra na­da, igual a las otras tres ex­cep­to en que aco­gen de ma­ne­ra cá­li­da, sin na­da que des­en­to­ne, y to­das de­rro­chan lu­mi­no­si­dad. Da la im­pre­sión de que ha ha­bi­do atrás la mano de un de­co­ra­dor pro­fe­sio­nal, pe­ro la pa­re­ja lo nie­ga.

Lla­ma la aten­ción una es­tan­cia mi­nús­cu­la con ac­ce­so a la par­te de atrás, la que mi­ra ha­cia su ca­sa pri­va­da. Es el po­tín, con su es­ca­le­ra por la cual en­tra­ba en el do­mi­ci­lio la au­to­ri­dad com­pe­ten­te (por ejem­plo, el mé­di­co), que evi­ta­ba así pa­sar por la co­ci­na.

La jor­na­da aca­ba de nue­vo en el sa­lón con un té de­lan­te. Y una lar­ga con­ver­sa­ción que de­mues­tra el buen co­no­ci­mien­to de los an­fi­trio­nes de las fies­tas de las cer­ca­nías. Esas a las que tam­bién quieren ir los clien­tes. Se­rá por aque­llo de bus­car al­go de con­tras­te con la gran paz que se res­pi­ra en la Ca­sa do Ba­tán.

CRIS­TÓ­BAL RA­MÍ­REZ

La Ca­sa do Ba­tán, en la que man­dan los ma­te­ria­les de la zo­na, fue ad­qui­ri­da en su día por el abue­lo de la ac­tual pro­pie­ta­ria.

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