CRIS­TI­NA LÓ­PEZ BA­RRIO ES­CRI­TO­RA

Las his­to­rias nos sal­van la vi­da

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Qué Hay De Nuevo -

De­jó la ca­rre­ra de De­re­cho pa­ra pre­sen­tar­se a un pre­mio li­te­ra­rio. No ga­nó y vol­vió al re­dil, pe­ro el gu­sa­ni­llo de la es­cri­tu­ra ya le ha­bía pi­ca­do y cuan­do su pri­mer li­bro –La ca­sa de los amo­res im­po­si­bles (Pla­za&ja­nés)– triun­fó, aban­do­nó la abo­ga­cía por la es­cri­tu­ra. Aho­ra aca­ba de que­dar fi­na­lis­ta del Pla­ne­ta con su cuar­ta no­ve­la, Nie­bla en Tán­ger: la historia de una mu­jer atra­pa­da en un ma­tri­mo­nio som­no­lien­to que bus­ca, a tra­vés de una no­ve­la, la iden­ti­dad de un mis­te­rio­so aman­te de una no­che.

¿Por qué de­ci­dió am­bien­tar su no­ve­la en Tán­ger?

Te­nía la tra­ma de la pro­ta­go­nis­ta, Flora, y me fal­ta­ba el lu­gar. Ne­ce­si­to te­ner un la­zo emo­cio­nal con el es­ce­na­rio. Unos ami­gos me in­vi­ta­ron a Tán­ger y re­cor­dé que ese ha­bía si­do mi pri­mer via­je sin pa­dres, con 19 años, y que no ha­bía vuel­to. Vi­ví un sal­to atrás: quién era yo en­ton­ces, qué ha­bía pa­sa­do con lo que pen­sa­ba que iba a ser mi vi­da... Por otra par­te, me apa­sio­na la cul­tu­ra ára­be. Soy muy sen­so­rial –creo que mis no­ve­las tam­bién– y la co­mi­da, el olor a es­pe­cias... me po­nen la piel de ga­lli­na. Y tu­ve la suer­te de que un ami­go me con­ta­ra la historia de ese Tán­ger in­ter­na­cio­nal, lleno de es­pías, exi­lia­dos, re­fu­gia­dos ju­díos...

Di­ce que las his­to­rias de Flora y Marina, pro­ta­go­nis­tas de la no­ve­la, le son “emo­cio­nal­men­te cer­ca­nas”.

¿Por qué? Am­bas es­tán abo­ca­das a ha­cer lo que se es­pe­ra de ellas. Y, en un mo­men­to de mi vi­da, yo me en­con­tré en una te­si­tu­ra si­mi­lar, atra­pa­da en una si­tua­ción de la que no sa­bía có­mo sa­lir, una in­có­mo­da co­mo­di­dad co­mo la de ellas. Es un mo­men­to en el que tie­nes que rom­per los lí­mi­tes que te im­po­ne la so­cie­dad y, so­bre to­do, que te im­po­nes tú, que tie­nen que ver con lo que te han en­se­ña­do que de­be­rías ser. Y re­sul­ta di­fí­cil.

El via­je es un con­cep­to muy im­por­tan­te en la historia..

Flora em­pren­de el via­je del hé­roe –tras un de­to­nan­te que le ha­ce rom­per con su le­tar­go–, y ese via­je se con­vier­te en una bús­que­da de sí mis­ma. Cuan­do lle­ga a su des­tino y des­cu­bre quién era su aman­te mis­te­rio­so, eso ya no im­por­ta. Lo im­por­tan­te es lo que ha vi­vi­do y el va­lor que ha ad­qui­ri­do ha­cién­do­lo.

¿Y qué tie­ne que ver Con­ti­nui­dad de los par­ques con to­do es­to?

Es un cuen­to de Cor­tá­zar que me fas­ci­na, una pie­za de re­lo­je­ría en la que la reali­dad y la fic­ción se com­bi­nan de ma­ne­ra su­til y per­fec­ta. Me in­tere­sa esa for­ma de tra­tar la crea­ción li­te­ra­ria, la ma­ne­ra en que, a tra­vés de la li­te­ra­tu­ra, crea­mos vi­da.

¿Es su no­ve­la más com­ple­ja, es­truc­tu­ral­men­te ha­blan­do?

Sí, por­que hay un jue­go me­ta­li­te­ra­rio en­tre lo que vi­ve la pro­ta­go­nis­ta y lo que pa­sa en la no­ve­la que lee. Nie­bla en Tán­ger, al fi­nal, es una no­ve­la que ha­bla de có­mo las his­to­rias nos ayu­dan y nos dan va­lor, có­mo nos sal­van la vi­da co­mo se la sal­va­ron a Sche­re­za­de.

Lee us­ted poe­sía an­tes de po­ner­se a es­cri­bir. ¿Por qué?

Me me­te en si­tua­ción y me abre sen­so­rial­men­te. Me apa­sio­nan Que­ve­do, Sha­kes­pea­re, Fran­cis­co Bri­nes y Cer­nu­da.

Su pa­dre la con­ven­ció pa­ra que se de­di­ca­ra a la abo­ga­cía. ¿Qué pien­sa aho­ra de su éxi­to?

Pues es­tá muy con­ten­to. Él ha­ce ver­sos y co­pli­llas, y en su mo­men­to me di­jo que es­tu­dia­ra por­que te­nía que cum­plir su de­ber de en­ca­rri­lar­me pa­ra que me ga­na­ra la vi­da. Pe­ro le hi­zo mu­cha ilu­sión que me sa­lie­ra bien. Nun­ca me ha vuel­to a de­cir que re­gre­se al De­re­cho.

“En el via­je del hé­roe no im­por­ta el des­tino, sino lo vi­vi­do en el ca­mino”.

Arri­ba, la es­cri­to­ra Cris­ti­na Ló­pez Ba­rrio. Iz­da., por­ta­da de Nie­bla en Tán­ger (Pla­ne­ta).

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