SIL­VIA ABASCAL

Ma­dre fe­liz, enamo­ra­da del ofi­cio, mu­jer agra­de­ci­da por el sim­ple he­cho de vi­vir... Tras in­ter­pre­tar a la mal­va­da de La ca­te­dral del mar, se es­tre­na so­bre las ta­blas del Fes­ti­val de Tea­tro de Mé­ri­da con un nue­vo re­to: Las ama­zo­nas. Por BEA­TRIZ G. MAN­SO /

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - De Cerca -

“MÁS QUE SER FUER­TES, EN LA VI­DA HAY QUE FLUIR”

Con su voz pau­sa­da, Sil­via Abascal con­ta­gia esa se­re­ni­dad en la que pa­re­ce ha­ber al­can­za­do la maes­tría. Es­cu­chán­do­la, da la im­pre­sión de que es una de esas per­so­nas que con­du­cen su vi­da con la ven­ta­ni­lla ba­ja­da, el bra­zo fue­ra y de­jan­do que el vien­to la des­pei­ne. “Creo que en la vi­da uno no tie­ne que ser fuerte co­mo una ro­ca, sino fle­xi­ble co­mo un junco. Por­que no se tra­ta de pe­lear y de ven­cer, sino de fluir...”. A su la­do, en ese co­che ima­gi­na­rio, van sus com­pa­ñe­ros de via­je: el ac­tor Xa­bier Mu­rúa y Leo­na, la hi­ja de am­bos, que des­de que na­ció en enero la tie­ne “fe­liz­men­te ago­ta­da”. En el re­tro­vi­sor, ca­da vez más le­jano, el día en que un ic­tus pu­so su cuen­ta­ki­ló­me­tros a ce­ro; en el asien­to de atrás, to­do el bagaje de sus 39 años y los per­so­na­jes que ha in­ter­pre­ta­do en dos dé­ca­das, des­de que Chi­cho Ibá­ñez Se­rra­dor le dio su pri­me­ra opor­tu­ni­dad en el Un, dos, tres. Lue­go vi­nie­ron Pe­pa y Pe­pe, El co­mi­sa­rio, La da­ma bo­ba, El Lobo, La ca­te­dral del mar... Su pró­xi­ma piel se­rá la de la rei­na Pen­te­si­lea en Las ama­zo­nas, que po­dre­mos ver en el Fes­ti­val de Tea­tro Clá­si­co de Mé­ri­da, di­ri­gi­da por Ma­güi Mi­ra, del 8 al 12 de agos­to.

Mu­jer­hoy. Es su pri­me­ra vez en ese es­ce­na­rio im­po­nen­te. ¿Có­mo le ha­ce sen­tir? Sil­via Abascal. Una de las co­sas que me atra­je­ron del pro­yec­to era te­ner la po­si­bi­li­dad de es­tre­nar­me aquí. Tea­tral­men­te es un lu­gar his­tó­ri­co, sa­gra­do. Y ade­más con ese pú­bli­co, al ai­re li­bre, ba­jo la lu­na… A ni­vel ener­gé­ti­co, mu­chos com­pa­ñe­ros me han di­cho que hay un an­tes y un des­pués de Mé­ri­da.

¿Có­mo de­fi­ni­ría a su per­so­na­je, la rei­na de las ama­zo­nas?

Es un to­rren­te, una gue­rre­ra muy no­ble y fiel a la ley y a su tri­bu de mu­je­res; pe­ro se enamo­ra del gue­rre­ro que de­be abatir y se tras­to­ca to­do. Cuan­do do­mi­na el co­ra­zón, to­do se des­co­lo­ca.

¿Le ha he­cho re­fle­xio­nar?

Las ama­zo­nas son mu­je­res que, har­tas de ser so­me­ti­das y vio­la­das por los hom­bres, de­ci­den re­ti­rar­se a una mon­ta­ña y en­tre­nar­se pa­ra la gue­rra. Usan a los hom­bres pa­ra pro­crear. No es­tá per­mi­ti­do ele­gir ni enamo­rar­se, y so­lo per­mi­ten que so­bre­vi­van las ni­ñas. Di­ga­mos que es la mu­jer usur­pan­do la fuer­za mas­cu­li­na. Es­ta obra ha­bla, pre­ci­sa­men­te, de có­mo es­to no nos lle­va a nin­gu­na par­te.

¿Po­de­mos tras­la­dar esos te­mas al mo­men­to pre­sen­te?

Sí, cla­ro. En Las ama­zo­nas, a la in­ver­sa que en la reali­dad, la mu­jer es­tá en la po­si­ción de so­me­ter al otro, de usarlo pa­ra lo que ne­ce­si­ta, ais­lán­do­se del co­ra­zón. La lec­tu­ra es que es­ta fuer­za des­truc­ti­va, cuan­do se da de un la­do o de otro, so­lo con­lle­va más vio­len­cia y de­seos de ven­gan­za. Al­gu­nas mu­je­res que es­tán en al­tos car­gos, pa­ra que las to­men en se­rio, aca­ban adop­tan­do una po­si­ción mas­cu­li­na. Ahí no es­tá nues­tro po­der. Ha­blo en lí­neas ge­ne­ra­les, pe­ro creo que es un error. La mu­jer tie­ne he­rra­mien­tas de so­bra pa­ra ha­cer­se es­cu­char y do­mi­nar una si­tua­ción; pe­ro des­de otro lu­gar.

¿Cree en el tea­tro co­mo ins­tru­men­to de de­nun­cia so­cial?

Por su­pues­to. To­do el ar­te es­tá pa­ra eso, pa­ra des­per­tar con­cien­cias y plan­tear pre­gun­tas. Y den­tro de las ar­tes, el tea­tro in­ten­ta que el es­pec­ta­dor sal­ga de la sa­la con pre­gun­tas y re­fle­xio­nes que le mue­van co­sas, en la men­te, en el co­ra­zón o en el ins­tin­to.

En es­te mo­men­to, en el que las mu­je­res es­tán ha­blan­do al­to y cla­ro, ¿se con­si­de­ra us­ted una mu­jer com­ba­ti­va?

Siem­pre me he sen­ti­do im­pli­ca­da, no so­lo aho­ra. Aho­ra se nos es­tá con­ce­dien­do el es­pa­cio pa­ra ser es­cu­cha­das, pe­ro la mu­jer lle­va re­cla­man­do sus de­re­chos to­da la vi­da. ¡Ya es­tá bien! Los de­re­chos tie­nen que ser los mis­mos. Cual­quier otra co­sa es inacep­ta­ble.

¿Le due­le más, aho­ra que es ma­dre, la si­tua­ción del mun­do?

Sí, cla­ro que sí. Es que cam­bia to­do cuan­do eres ma­má. Yo nun­ca he te­mi­do a la muer­te, y aho­ra... Hay al­go que es­tá mu­cho más sus­cep­ti­ble. El te­le­dia­rio siem­pre me ha re­vuel­to, pe­ro aho­ra me en­fer­ma. Re­fle­ja lo más os­cu­ro del ser hu­mano y me en­tris­te­ce pen­sar qué mun­do de­ja­mos a las si­guien­tes ge­ne­ra­cio­nes.

¿Ser ma­dre nos ha­ce más fuer­tes o más vul­ne­ra­bles?

Las dos co­sas. Es­ta di­men­sión del amor es la energía más po­de­ro­sa que hay; lo que se sien­te ha­cia un hi­jo yo no lo sé des­cri­bir con pa­la­bras –cuan­do lo in­ten­to me sien­to ab­sur­da–, tan­to en el plano de la en­tre­ga co­mo en el de la de re­com­pen­sa. Es una re­vo­lu­ción sal­va­je. Me ima­gino que, con el tiem­po, las co­sas se equi­li­bra­rán, pe­ro, en es­tos pri­me­ros años, es un ser que de­pen­de de ti pa­ra to­do, y es­tás ahí, al 100% y fe­liz­men­te ago­ta­da.

En Las ama­zo­nas, Pen­te­si­lea se enamo­ra de Aqui­les. A ve­ces se enamo­ra uno de quien me­nos es­pe­ra… Cla­ro. Uno pue­de es­tar más pre­dis­pues­to al amor o más de­seo­so de pa­re­ja, pe­ro si no lle­ga, no lle­ga. O al con­tra­rio, te pue­des ce­rrar en ban­da y que el amor lle­gue y va­yas de ca­be­za. El amor no va a la car­ta: vie­ne co­mo vie­ne y uno reac­cio­na co­mo pue­de. Cuan­do aprie­ta, ahí va­mos to­dos sin pen­sar­lo.

Y cuan­do lle­ga de esa ma­ne­ra, ¿pue­de con to­do?

Yo creo que sí, que den­tro de nues­tras ener­gías, no hay na­da que mo­vi­li­ce co­mo el amor.

Di­ce Ma­güi Mi­ra so­bre Las ama­zo­nas que “enamo­rar­se es un pe­li­gro” ¿Qué opi­na? Con­lle­va sus ries­gos por­que una po­ne ahí su co­ra­zon­ci­to des­nu­do; pe­ro yo es­toy en­can­ta­da de co­rrer ese ries­go. Con otras co­sas soy más pru­den­te, pe­ro en cues­tio­nes de amor me he sen­ti­do siem­pre muy sal­va­je. Es lo que más me ali­men­ta, más in­clu­so que mi pro­fe­sión, que ado­ro. Por en­ci­ma de ac­triz, soy per­so­na y lo que más me ali­men­ta son las re­la­cio­nes hu­ma­nas. Cuan­do es­tás en mo­men­tos lí­mi­te... Por ejem­plo, cuan­do he su­fri­do cir­cuns­tan­cias de sa­lud de­li­ca­das, lo que te vie­ne a la ca­be­za no son los lo­gros, ni las pe­lí­cu­las: las per­so­nas son lo que más pe­sa.

En Mé­ri­da ac­tua­rá jun­to a su pa­re­ja, Xa­bier Mu­rúa. ¿Eso lo ha­ce más fá­cil o al con­tra­rio? Ya he­mos tra­ba­ja­do jun­tos en La co­ci­na, en el mon­ta­je de Ser­gio Pe­ris-men­che­ta. Y tie­ne una par­te de con­fian­za, pe­ro tam­bién es una ho­ja de do­ble fi­lo: nor­mal­men­te, cuan­do sa­les del en­sa­yo, ne­ce­si­tas des­pren­der­te de lo que ha pa­sa­do, así que des­can­sas y te ol­vi­das. Pe­ro cuan­do tra­ba­jas con la pa­re­ja es más di­fí­cil, por­que te vas a ca­sa con tu com­pa­ñe­ro de es­ce­na.

Su hi­ja po­drá con­tar his­to­rias de su ni­ñez en­tre bam­ba­li­nas…

No lo sé. Tie­ne mu­chas pa­pe­le­tas, no ya pa­ra ser ac­triz, sino pa­ra es­tar muy en con­tac­to con la cultura y la in­ter­pre­ta­ción; pe­ro si me pre­gun­tan si me gus­ta­ría que fue­se ac­triz... Yo lo que quie­ro es que, cuan­do sea ma­yor, se le­van­te con ilu­sión pa­ra ejer­cer el ofi­cio que ha­ya ele­gi­do y que vuel­va a ca­sa ple­tó­ri­ca al fi­nal del día.

Pe­ro cre­cer en ese ambiente se­rá muy en­ri­que­ce­dor.

¡Cla­ro! Si un día ten­go que ayu­dar a mi hi­ja con los de­be­res de ma­te­má­ti­cas, no ten­go na­da que ha­cer. Pe­ro es­pe­ro que es­té en con­tac­to con la pintura, la dan­za, la poe­sía..., y en eso es­ta­mos mu­cho más em­pa­pa­dos. Es muy sa­lu­da­ble el con­tac­to con el ar­te y el tea­tro,

EL AMOR MA­TER­NAL ES LA ENERGÍA MÁS PO­DE­RO­SA QUE HAY. ES­TOY FE­LIZ­MEN­TE AGO­TA­DA”.

son las me­jo­res he­rra­mien­tas pa­ra el desa­rro­llo in­fan­til. El tea­tro abre la men­te, es muy sa­na­dor pa­ra los ni­ños.

Y, sin em­bar­go, se ha des­te­rra­do prác­ti­ca­men­te de las es­cue­las. ¿Por qué? No se le da la im­por­tan­cia que tie­ne. Que­da co­mo una co­sa más de jue­go, co­mo de pa­ya­so; pe­ro el tea­tro es nues­tro jue­go más se­rio y pro­fun­do.

¿Quién le en­se­ñó a us­ted a amar el tea­tro y la cultura?

Na­die. En mi fa­mi­lia no hay na­die re­la­cio­na­do con el tea­tro, pe­ro yo, des­de muy pe­que­ñi­ta, era un show cons­tan­te. Me re­cuer­do vien­do pe­lí­cu­las; a mi ma­dre le en­can­ta­ban Bet­te Da­vis y Vic­to­ria Abril, y yo que­ría ser ac­triz. Me veía es­tu­dian­do una ca­rre­ra –Psi­co­lo­gía o Pe­rio­dis­mo– y lue­go en­tran­do en una es­cue­la de tea­tro; pe­ro no se dio así. Em­pe­cé muy pron­ti­to, en el Un, dos tres y lue­go otra co­sa, otra y otra… A los 18 in­gre­sé en el es­tu­dio de Juan Car­los Co­raz­za y has­ta aho­ra. Con él me si­go for­man­do con cur­sos in­ten­si­vos que me dan la vi­da. Son un re­to con­ti­nuo, un en­fren­tar­me a mis li­mi­ta­cio­nes, un no aco­mo­dar­me.

¿En un ac­tor hay más de ta­len­to in­na­to o de apren­di­za­je?

La pie­dra hay que te­ner­la, con eso se na­ce, pe­ro lue­go hay que pu­lir­la si se quie­re sa­car de ahí un dia­man­te. To­da for­ma­ción es po­ca. ¿Cuán­do es­tá pre­pa­ra­do, ti­tu­la­do o com­ple­to un ac­tor? Ja­más. Ca­da nue­vo tra­ba­jo es un re­to. Lo ma­ra­vi­llo­so de mi ofi­cio es que, si eres curiosa, con ca­da nue­vo per­so­na­je apren­des. Creo que la in­ter­pre­ta­ción, si es­tás bien asen­ta­da y amue­bla­da, es una pro­fe­sión que te hu­ma­ni­za y te ha­ce más com­pren­si­va, más com­pa­si­va con los de­más y con­ti­go mis­ma. Más em­pá­ti­ca y me­nos juez. Aho­ra, si es­tás un po­qui­to ines­ta­ble, tam­bién te pue­de ha­cer mu­cho da­ño, por­que el ma­te­rial con el que se tra­ba­ja –sus emo­cio­nes, sus mie­dos, sus in­se­gu­ri­da­des, su ego...– es muy de­li­ca­do.

¿Es­tá don­de le ape­te­cía es­tar en es­te mo­men­to de su vi­da?

Es­toy en un mo­men­to de co­ne­xión con mi ni­ña: enamo­ra­da de ella. Cuan­do un hi­jo te vie­ne sano, es el ma­yor re­ga­lo que hay; pe­ro es que ade­más ella vie­ne car­ga­da de un mon­tón de re­ga­los ex­tra. Es­toy en un mo­men­to de in­men­so agra­de­ci­mien­to a la vi­da. Siem­pre, in­clu­so en las eta­pas di­fí­ci­les, he sen­ti­do esa gra­ti­tud, por­que el sim­ple he­cho de po­der con­ti­nuar en la vi­da ya es ma­ra­vi­llo­so. En oca­sio­nes te ves en cir­cuns­tan­cias com­pli­ca­das, pe­ro es­toy re­con­ci­lia­da con eso: acep­to la vi­da con to­do lo que es, y eso in­clu­ye una par­te du­rí­si­ma y muy pe­rra. Hoy se le da mu­cha im­por­tan­cia a la for­ta­le­za: hay que lu­char, hay que ven­cer, hay que con­se­guir... Y yo creo que en la vi­da hay que fluir. Más que ser fuer­tes co­mo una ro­ca, hay que ser fle­xi­bles. Es uno de los me­jo­res ras­gos que pue­de te­ner una per­so­na por­que, tal y co­mo es la vi­da, con tan­tas olas, se tra­ta de sur­fear. Me vie­ne siem­pre la ima­gen de los jun­cos: se mue­ven con el vien­to y las cir­cuns­tan­cias, y es­tán en ese bai­le; pe­ro si­guen ahí, con su raíz.

LA ES­CUE­LA MAR­GI­NA EL TEA­TRO, LO VE CO­MO UN JUE­GO; PE­RO ES NUES­TRO JUE­GO MÁS SE­RIO”.

Sil­via lu­ce un ves­ti­do de Miu Miu y jo­yas de Tous.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.