EN LOS LI­BROS... O EN LA CA­LLE DÓN­DE SE APREN­DE ME­JOR LO QUE ES LA VI­DA?

Unos se sa­ben bien la teo­ría; los otros han apren­di­do de la ex­pe­rien­cia. Su for­ma de afron­tar si­tua­cio­nes co­ti­dia­nas es muy di­fe­ren­te... pe­ro nin­gu­na es per­fec­ta. ¿Te re­co­no­ces en al­gún ban­do?

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - En Di­rec­to - Por E. CAS­TE­LLÓ Ilus­tra­cio­nes: MA­NO­LO HI­DAL­GO

¿ Pue­den en­con­trar­se to­dos los co­no­ci­mien­tos pa­ra la vi­da real en los li­bros? La res­pues­ta es no. En­ton­ces, ¿hay que apun­tar­se a la “es­cue­la de la vi­da” pa­ra sa­lir ade­lan­te con ven­ta­ja? Pues la ver­dad es que tam­po­co. La cla­ve es sa­ber adap­tar­se... y eso so­lo lo con­se­gui­rás com­bi­nan­do am­bas co­sas. En Es­ta­dos Uni­dos los lla­man book smarts (los que apren­den en los li­bros) y street smarts (los que se edu­can en la ca­lle). El es­te­reo­ti­po di­ce que los pri­me­ros son “ra­to­nes de bi­blio­te­ca”: cul­tos y bue­nos teó­ri­cos (siem­pre y cuan­do su aba­ni­co de lec­tu­ras y de in­tere­ses de es­tu­dio sea am­plio y abar­que ma­te­rias, con­te­ni­dos, ideo­lo­gías y pun­tos de vis­ta di­ver­sos), pe­ro con fre­cuen­cia in­ge­nuos e in­ca­pa­ces de re­sol­ver pro­ble­mas prác­ti­cos. Por su par­te, los se­gun­dos son más “ra­to­nes ca­lle­je­ros”, si man­te­ne­mos el si­mil. Son de los que no pu­die­ron o no qui­sie­ron es­tu­diar, pe­ro han apren­di­do de la ex­pe­rien­cia. Tie­nen un gran sen­ti­do co­mún e in­te­li­gen­cia emo­cio­nal, pe­ro ca­re­cen del back­ground su­fi­cien­te pa­ra en­fren­tar­se a re­fle­xio­nes com­ple­jas. Aun­que, eso sí, su pres­ti­gio ha cre­ci­do en los úl­ti­mos años gra­cias al éxi­to de los em­pren­de­do­res di­gi­ta­les he­chos a sí mis­mos. ¿Tu in­fan­cia ha es­ta­do mar­ca­da por la lec­tu­ra o por la im­pro­vi­sa­ción? ¿Tus tar­des han si­do más de ca­lle o de bi­blio­te­ca? Re­pa­sar y lle­var al ex­tre­mo con hu­mor có­mo se desen­vuel­ve ca­da gru­po en el día a día nos po­ne fren­te al es­pe­jo de las ven­ta­jas y las ca­ren­cias de alis­tar­se al 100% en uno u otro ban­do. Y tam­bién nos con­ven­ce de que, co­mo en ca­si to­do en es­ta vi­da, en el tér­mino me­dio se en­cuen­tra la vir­tud.

PLA­NES EN­TRE AMI­GOS

Si so­lo crees en lo que di­cen los li­bros... Tus opi­nio­nes siem­pre es­tán bien ar­gu­men­ta­das y nun­ca ha­blas por ha­blar, no im­por­ta si se tra­ta de vi­nos, de po­lí­ti­ca in­ter­na­cio­nal o de ele­gir un des­tino pa­ra unas va­ca­cio­nes en pan­di­lla. Lo tu­yo son los da­tos y las re­fe­ren­cias his­tó­ri­cas, bi­blio­grá­fi­cas y cul­tu­ra­les, que has ido apren­di­do y ano­tan­do me­ticu­losa­men­te en tu me­mo­ria. Ni si­quie­ra las char­las so­bre fút­bol te pi­llan fue­ra de jue­go. Y es­tás acos­tum­bra­da a te­ner siem­pre la ra­zón. EL FU­TU­RO. Si no­tas que tus ami­gos 1) re­pri­men un bos­te­zo ca­da vez que to­mas la pa­la­bra, o 2) asien­ten me­cá­ni­ca­men­te a tu dis­cur­so y pro­cu­ran cam­biar de te­ma, án­da­te con ojo y apún­ta­te a un cur­si­llo ace­le­ra­do de fri­vo­li­dad. Por­que lo si­guien­te pue­de ser que pla­neen su pró­xi­ma es­ca­pa­da sin con­tar con­ti­go. Si so­lo te fías de tu ins­tin­to... Las anéc­do­tas so­bre las aven­tu­ras que has vi­vi­do y las per­so­nas que has co­no­ci­do (ba­sa­das en he­chos reales pe­ro a ve­ces, ad­mí­te­lo, en­ri­que­ci­das con una piz­ca de fan­ta­sía) en­tre­tie­nen cual­quier so­bre­me­sa. Con­ti­go el abu­rri­mien­to lo tie­ne di­fí­cil pe­ro, ay, qué mal lo lle­vas cuan­do la con­ver­sa­ción se po­ne pro­fun­da y re­fle­xi­va o cuan­do to­ca se­guir los pla­nes a ra­ja­ta­bla. EL FU­TU­RO. An­tes o des­pués, a tus ami­gos les ten­ta­rá en­tre­gar­se a cier­to ni­vel de apol­tro­ne. La im­pro­vi­sa­ción no siem­pre en­ca­ja bien en sus vi­das y no­ta­rás que tus sor­pre­sas y no sa­ber por dón­de vas a sa­lir, ya no les ha­ce tan­ta gra­cia.

ES­TÁS PEN­SAN­DO EN BO­DA?

Si so­lo crees en lo que di­cen los li­bros... Des­de el fi­nal de la ado­les­cen­cia, has ele­gi­do sin ce­sar a no­vios que les gus­tan a tus pa­dres. Tú que has leí­do las obras com­ple­tas de Jean Aus­ten sa­bes que ha­ce si­glos que que­dó cla­ro que en el amor no man­dan las con­ven­cio­nes, pe­ro siem­pre has sa­bi­do que lo que fun­cio­na­ría pa­ra ti se­ría ca­sar­te con al­guien de tu mis­ma cla­se so­cial y, a ser po­si­ble, su­pe­rior a la tu­ya. Y aho­ra que ha lle­ga­do el mo­men­to, has pre­pa­ra­do mi­nu­cio­sa­men­te tu bo­da se­gún los cá­no­nes tra­di­cio­na­les del “buen gus­to” con ves­ti­do de prin­ce­sa, vals y tar­ta clá­si­ca in­clui­dos. Hay otras op­cio­nes más ac­tua­les y tal vez más di­ver­ti­das, pe­ro no lo cier­to es que no son pa­ra ti.

EL FU­TU­RO. Tan­ta co­rrec­ción aca­ba con cual­quie­ra. Al ca­bo de sie­te años de vi­da en co­mún, nues­tro “ra­tón” se abu­rre. Ha pa­sa­do de ser un per­so­na­je de Edith Whar­ton –re­fi­na­da y con los va­lo­res muy cla­ros– a con­ver­tir­se en una ma­da­me Bo­vary sin ilu­sión y sin ho­ri­zon­te.

Si so­lo te fías de tu ins­tin­to... Des­de la ado­les­cen­cia, no te has guia­do por otra co­sa. El pro­ble­ma es que eso te ha lle­va­do siem­pre a hom­bres bohe­mios y en­can­ta­do­res de ser­pien­tes, ami­gos de la no­che o ca­sa­dos y con hi­jos. En tu afán por em­pa­re­jar­te con per­so­na­jes fue­ra de la nor­ma, has acu­mu­la­do ex­pe­rien­cias co­mo pa­ra es­cri­bir una guía.

EL FU­TU­RO. Tus de­sen­ga­ños te han em­pu­ja­do a desa­rro­llar un ra­dar pa­ra de­tec­tar a los ti­pos de los que es me­jor huir. El pro­ble­ma es que, a fuer­za de co­rrer en el sen­ti­do con­tra­rio, pue­des tar­dar 20 años en en­con­trar a tu al­ma ge­me­la y aca­bar en bra­zos de un in­ge­nie­ro cla­si­cón que jue­gue al pá­del con tu pa­dre.

BA­JO EL MIS­MO TE­CHO

Si so­lo crees en lo que di­cen los li­bros... Pa­ra ti, la pa­re­ja es co­mo una asig­na­tu­ra en la que hay que con­se­guir un so­bre­sa­lien­te. Has leí­do to­dos los li­bros de au­to­ayu­da, de desa­rro­llo per­so­nal y de psi­co­lo­gía de la pa­re­ja que se han pu­bli­ca­do en la úl­ti­ma dé­ca­da. Ade­más, tus prin­ci­pios son fir­mes: ab­so­lu­ta pa­ri­dad a la ho­ra de ocu­par­se de las ta­reas do­més­ti­cas, na­da de te­le­vi­sión en el dor­mi­to­rio, ce­na ro­mán­ti­ca cua­tros ve­ces al mes, se­xo dos ve­ces y me­dia a la se­ma­na y los em­ba­ra­zos, con un in­ter­va­lo de tres años. Na­da de bron­cas, por­que eres una au­tén­ti­ca rei­na del con­sen­so, de la ne­go­cia­ción y del “te­ne­mos que ha­blar”…

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