Lu­ces y som­bras de Mahat­ma Gand­hi, a 70 años de su muer­te. Por Juan Es­la­va Ga­lán.

Mahat­ma Gand­hi fue ra­cis­ta y cla­sis­ta en su ju­ven­tud. Y de an­ciano fue acu­sa­do de dor­mir con jo­ven­ci­tas des­nu­das. Son las som­bras del hom­bre que lo­gró de­rro­tar sin vio­len­cia a to­do un im­pe­rio.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR JUAN ES­LA­VA GA­LÁN

AN­DÉN DE LA ES­TA­CIÓN de fe­rro­ca­rril de Pie­ter­ma­ritz­burg, la ca­pi­tal del an­ti­guo reino zu­lú de Na­tal en Su­dá­fri­ca. Gand­hi, un mu­cha­chi­to de cor­ta es­ta­tu­ra muy moreno, ves­ti­do co­mo un pe­ti­me­tre, tra­je de lino cru­do y som­bre­ro, aguar­da­ba la lle­ga­da del tren. En su ros­tro ate­za­do de ras­gos ama­bles des­ta­ca­ban unos ojos al­men­dra­dos de mi­ra­da vi­vaz, unas ore­jas de so­ple­te y un bi­go­ta­zo con el que in­ten­ta­ba com­pen­sar la par­ve­dad de su fi­gu­ra. Lle­gó el tren, en­tre nu­bes de va­por, y los via­je­ros subie­ron a los va­go­nes. Gand­hi se ins­ta­ló en uno de los asien­tos acol­cha­dos del va­gón de pri­me­ra. –¡Lar­go de aquí, sa­mi! –lo in­ter­pe­ló el re­vi­sor, un ti­po for­ni­do, de ele­va­da es­ta­tu­ra–. No pue­des sen­tar­te ahí. 'Sa­mi' era el tér­mino des­pec­ti­vo con que los blan­cos de­sig­na­ban a los in­dios en Su­dá­fri­ca. –Ten­go bi­lle­te de pri­me­ra –re­pli­có Gand­hi mos­tran­do su bo­le­to de car­tón. –No im­por­ta. Eres in­dio y es­te va­gón es pa­ra los blan­cos. Iba a ar­gu­men­tar al­go, ha­cien­do uso de sus co­no­ci­mien­tos le­ga­les, pe­ro el re­vi­sor lo em­pu­jó al an­dén. De­trás de él arro­jó su ele­gan­te ma­le­ta de cue­ro. –¡Los in­dios y los ne­gros, atrás! –le gri­tó. Los es­pec­ta­do­res, to­dos ellos via­je­ros blan­cos, no po­dían es­tar más de acuer­do a juz­gar por sus ac­ti­tu­des. El je­fe de es­ta­ción to­có el sil­ba­to y le­van­tó la ban­de­ro­la ro­ja. El tren iba a par­tir. Gand­hi no po­día per­der­lo. Lo es­pe­ra­ban en Pre­to­ria pa­ra fir­mar unos con­tra­tos. Ca­biz­ba­jo, re­co­gió su equi­pa­je y se aco­mo­dó en el ates­ta­do va­gón tra­se­ro del con­voy, el de ter­ce­ra. Aco­mo­da­do en un ban­co de lis­to­nes de ma­de­ra, Gand­hi se sen­tía ob­ser­va­do iró­ni­ca­men­te por sus com­pa­ñe­ros de via­je y de ra­za, los co­lou­red, los ne­gros e in­dios. Así que un ener­gú­meno cu­yo úni­co mé­ri­to con­sis­tía en ser blan­co lo ha­bía hu­mi­lla­do, a él, un bri­llan­te abo­ga­do. Sus pre­jui­cios se­gre­ga­cio­nis­tas co­men­za­ron a de­rrum­bar­se en cuan­to los sin­tió en pro­pia car­ne. La afren­ta de Pie­ter­ma­ritz­burg per­ma­ne­ce­ría vi­va en su re­cuer­do de por vi­da. El jo­ven Gand­hi te­nía con­cien­cia de cla­se. Ha­bía na­ci­do hi­jo del pri­mer mi­nis­tro de Por­ban­dar, un prin­ci­pa­do al no­roes­te de la In­dia. Per­te­ne­cía a la cas­ta de los ba­nias, apre­cia­da por la in­na­ta elo­cuen­cia de sus miem­bros, ca­si siem­pre de­di­ca­dos al co­mer­cio. Si­guien­do la cos­tum­bre in­dia, la fa­mi­lia lo ca­só a los 13 años, con una chi­ca a la que lo ha­bían pro­me­ti­do des­de los 6, y po­co des­pués, ya pa­dre de su pri­mer hi­jo, lo en­vió a Lon­dres pa­ra que cur­sa­ra los es­tu­dios de De­re­cho. En la me­tró­po­li del im­pe­rio vic­to­riano, el jo­ven Gand­hi se to­pó con la du­ra reali­dad del ra­cis­mo bri­tá­ni­co. En su Por­ban­dar na­tal po­día ser un

Sus pre­jui­cios ra­cia­les ca­ye­ron cuan­do el jo­ven Gand­hi los vi­vió en pro­pia car­ne

miem­bro de la cla­se pri­vi­le­gia­da, pe­ro en Lon­dres so­lo era un in­dio de piel oli­vá­cea, por más que vis­tie­ra con ele­gan­cia eu­ro­pea y se to­ca­ra con un bom­bín. Gand­hi reac­cio­nó re­fu­gián­do­se en su he­ren­cia cul­tu­ral y se en­tre­gó a la lec­tu­ra del Bha­ga­vad Gi­ta, la bi­blia del hin­duis­mo, lo que lo con­du­jo, por ex­ten­sión, al es­tu­dio del cris­tia­nis­mo, al bu­dis­mo y a la no­ve­do­sa teo­so­fía, la nue­va re­li­gión en­ton­ces de mo­da.

DE­RE­CHOS DE LA MI­NO­RÍA

Vuel­to a la In­dia, el por­ve­nir del jo­ven abo­ga­do no pa­re­cía ha­la­güe­ño. Sus pa­dres ha­bían muer­to y la fa­mi­lia ya no era tan in­flu­yen­te co­mo so­lía. Acep­tó un em­pleo co­mo agen­te co­mer­cial de una em­pre­sa ex­por­ta­do­ra y mar­chó a Su­dá­fri­ca con su fa­mi­lia, que mien­tras tan­to ha­bía au­men­ta­do a cua­tro miem­bros. En Su­dá­fri­ca, el des­pre­cio pa­de­ci­do en la es­ta­ción de Pie­ter­ma­ritz­burg uni­do a otros agra­vios lo mo­vió a preo­cu­par­se por la de­fen­sa de los de­re­chos de la mi­no­ría in­dia, lo que lo re­tu­vo en aquel país 22 años. Cuan­do

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