PA­BLO ESCOBAR TES­TI­GOS DEL MAL

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Portada - POR JAN CHRISTOP WIECHMANN

MIEN­TRAS EL CI­NE Y LAS SE­RIES LO CON­VIER­TEN EN ICONO, HA­BLA­MOS CON SU HER­MANO, SU LU­GAR­TE­NIEN­TE, SU AMAN­TE Y SU 'CAZADOR' PA­RA TRA­ZAR EL VER­DA­DE­RO RE­TRA­TO DEL NAR­CO

Nar­co­tra­fi­can­te, ase­sino... y aho­ra hé­roe. Ali­men­ta­do por se­ries, pe­lí­cu­las y bio­gra­fías, el mi­to del co­lom­biano Pa­blo Escobar –uno de los ma­yo­res cri­mi­na­les del si­glo XX– es­tá más vi­vo que nun­ca. Quie­nes lo co­no­cie­ron, sin em­bar­go, no es­tán de acuer­do con to­do lo que se cuen­ta por ahí. Ha­bla­mos con su her­mano, su si­ca­rio fa­vo­ri­to, su 'cazador' y su aman­te.

EL HER­MANO

Cuan­do se tra­ta de des­cu­brir al ver­da­de­ro Pa­blo Escobar –al au­tén­ti­co, no al de la se­rie Nar­cos ni al de la pe­lí­cu­la Loving Pa­blo ni al de to­dos esos li­bros so­bre el gran cri­mi­nal co­lom­biano–, no hay me­jor ex­per­to que su her­mano ma­yor. Eso es, al me­nos, lo que ase­gu­ra el pro­pio Ro­ber­to Escobar. Es­te hom­bre ba­ji­to y del­ga­do nos re­ci­be en la par­te al­ta de Me­de­llín, en un bun­ga­ló que el cár­tel de su her­mano usó en su día co­mo es­con­di­te. Lle­va pan­ta­lo­nes acam­pa­na­dos, co­mo si vi­nie­ra di­rec­ta­men­te de los se­ten­ta. El re­fu­gio es uno de los mu­chos que los Escobar te­nían por la ciu­dad, con ca­jas fuer­tes y pa­sa­di­zos. «23 pa­sa­di­zos se­cre­tos –di­ce con or­gu­llo–. Y te­nía­mos tan­to efec­ti­vo que po­dría­mos ha­ber al­qui­la­do va­rios gran­des al­ma­ce­nes en­te­ros. A los 38, mi her­mano era el se­gun­do hom­bre más ri­co del mun­do. En su co­mu­nión ya se lo di­jo a nues­tra ma­dre: ma­má, voy a ser mi­llo­na­rio». –Esa vi­da de jet set apa­re­ce bien re­fle­ja­da en la se­rie Nar­cos –le di­go. «¿Nar­cos? –re­pli­ca con­tra­ria­do–. To­do men­ti­ra. Se ve a Pa­blo llo­ran­do, y un Escobar no llo­ra. He pre­sen­ta­do una de­man­da con­tra Net­flix por 1000 mi­llo­nes de dó­la­res. Soy el úni­co su­per­vi­vien­te que co­no­ce to­da la ver­dad». Ro­ber­to Escobar, de 71 años y co­no­ci­do co­mo el Osito, se en­fa­da cuan­do le ha­cen las pre­gun­tas equi­vo­ca­das. Por ejem­plo, si Pa­blo Escobar fue en reali­dad un ge­no­ci­da. Él lo ve, más bien, co­mo Pa­blo Escobar el so­li­da­rio hom­bre de fa­mi­lia. «¿Co­no­céis a un je­fe me­jor que Pa­blo?», pre­gun­ta a sus cua­tro bi­go­tu­dos go­ri­las, tam­bién sa­li­dos de los años se­ten­ta. Sus se­cua­ces sa­cu­den la ca­be­za con ener­gía. La mi­ra­da de Ro­ber­to se di­ri­ge ha­cia el va­lle. Me­de­llín, 2,5 mi­llo­nes de ha­bi­tan­tes, se ex­tien­de ba­jo la luz ro­ji­za del atar­de­cer. Des­de aquí, los Escobar te­nían vi­sión di­rec­ta del ae­ro­puer­to y de los avio­nes pri­va­dos car­ga­dos con fa­jos de dó­la­res pro­ce­den­tes del trá­fi­co de co­caí­na. «Co­mo ba­las de heno –di­ce Escobar–. Bien lo sé yo, que era el con­ta­ble. Diez per­so­nas tra­ba­ja­ban pa­ra mí». Su apa­rien­cia es, des­de lue­go, la de un con­ta­ble. Pe­ro ha­bla co­mo un ma­fio­so: «En­con­tra­ron muer­to a un localizador de ex­te­rio­res de Net­flix», di­ce. Y de­ja la fra­se en el ai­re. A los 24 años de la muer­te de Pa­blo Escobar ha sur­gi­do una ex­tra­ña moda en torno a su fi­gu­ra. Co­men­zó ha­ce dos años con la se­rie Nar­cos y con­ti­nuó con tres pe­lí­cu­las pro­ta­go­ni­za­das por es­tre­llas co­mo Br­yan Crans­ton (In­fil­tra­do), Tom Crui­se (Barry Seal: El tra­fi­can­te) y Ja­vier Bar­dem (Loving Pa­blo). En Me­de­llín, de he­cho, se ofer­tan hoy has­ta ocho ru­tas tu­rís­ti­cas so­bre Escobar. Los guar­daes­pal­das cu­ba­nos de Ro­ber­to Escobar, sin ir más le­jos, guían por la fin­ca a los tu­ris­tas que vie­nen a co­no­cer al ver­da­de­ro Pa­blo. Por 20 dó­la­res te en­se­ñan los co­ches 'tu­nea­dos' y los pa­sa­di­zos. Uno de ellos di­ce: «Es­ta es la mo­to acuá­ti­ca que usó Ja­mes Bond en una pe­lí­cu­la y que lue­go fue de Pa­blo. Es­te es el co­che clá­si­co que le com­pra­ron a Frank Si­na­tra». Así se sen­tían los Escobar, co­mo Frank Si­na­tra o Ja­mes Bond. El cu­bano nos lle­va a un pa­tio des­de el que se con­tro­la to­do el en­torno con vi­deo­vi­gi­lan­cia. Ro­ber­to aún te­me a sus vie­jos ri­va­les y a po­li­cías se­dien­tos de ven­gan­za. Pa­só 14 años en pri­sión. Al­guien le man­dó a la cár­cel una car­ta bom­ba que le ex­plo­tó en las ma­nos y le des­tro­zó un ojo. Hoy, ape­nas le que­dan es­te bun­ga­ló y una os­cu­ra bio­gra­fía que ex­pri­me pa­ra sa­car al­go de di­ne­ro con la mis­ma de­ses­pe­ra­ción con la que un can­tan­te ol­vi­da­do se afe­rra a sus vie­jos éxi­tos. De vuel­ta a su re­fu­gio con vis­tas a la ca­pi­tal an­tio­que­ña, Ro­ber­to pa­re­ce me­lan­có­li­co. «A es­ta me­sa se sen­tó Pa­blo tres días an­tes de su muer­te –di­ce–. Ya sa­ben que él mis­mo se ma­tó du­ran­te una ope­ra­ción po­li­cial, que no lo ma­tó la Po­li­cía».

"'NAR­COS' ES TO­DO MEN­TI­RA. SE VE A PA­BLO LLO­RAN­DO, Y UN ESCOBAR NO LLO­RA. HE DE­MAN­DA­DO A NET­FLIX POR 1000 MI­LLO­NES" –RO­BER­TO ESCOBAR– "YO FUI EL PRIN­CI­PAL SI­CA­RIO DEL PA­TRÓN: MA­TÉ A 257 PER­SO­NAS, PU­SE 250 BOM­BAS; DESPEDAZÁBAMOS CA­DÁ­VE­RES" –PO­PE­YE–

–La Po­li­cía no lo ve igual –re­pli­co. «Lo que le di­go es la ver­dad. Pa­blo era un zo­rro. No so­lo iba siem­pre un pa­so por de­lan­te de la CIA, tam­bién de sus ase­si­nos». –¿Y qué me di­ce de sus víc­ti­mas? «¿Qué víc­ti­mas?». –Los mi­les de muer­tos. «Las ver­da­de­ras víc­ti­mas so­mos no­so­tros. El Es­ta­do per­si­guió a nues­tra fa­mi­lia». –Po­pe­ye, uno de los si­ca­rios de Escobar, ad­mi­tió ha­ber ase­si­na­do, so­lo él, a más de 250. «Po­pe­ye es un men­ti­ro­so», res­pon­de Ro­ber­to. Po­pe­ye, Jhon Jai­ro Ve­lás­quez en reali­dad, es uno de los hom­bres que me­jor co­no­ció al mi­to. Siem­pre es­tu­vo más cer­ca de to­do que el pro­pio Ro­ber­to. A lo lar­go de diez años pa­só ca­da día al la­do del 'pa­trón' y lle­vó a ca­bo, por or­den su­ya, cien­tos de ase­si­na­tos. Por al­guno de esos en­car­gos lle­gó a re­ci­bir un millón de dó­la­res.

EL SI­CA­RIO

Po­pe­ye pa­só 23 años en una cár­cel de máxima se­gu­ri­dad. Aho­ra, al te­lé­fono des­de su pi­so en Me­de­llín, di­ce mis­te­rio­so: «Es­toy cer­ca del ba­rrio La Es­tre­lla. En­tren por el ga­ra­je. Más in­di­ca­cio­nes, allí». El edi­fi­cio re­cuer­da a una pri­sión; jus­to la pri­va­ci­dad y el ano­ni­ma­to que Po­pe­ye bus­ca tras pa­sar en­tre re­jas «23 años, tres me­ses y tres días», pre­ci­sa. Nos guía des­de el apar­ca­mien­to sub­te­rrá­neo has­ta un apar­ta­men­to en el pi­so 12 con te­le­vi­sor de pan­ta­lla pla­na y un es­tu­dio don­de gra­ba ví­deos pa­ra su ca­nal de You­tu­be. Po­pe­ye, de 55 años, lu­ce ta­tua­jes por to­do el cuer­po y el pe­lo blan­co cor­ta­do a ce­pi­llo. Con su as­pec­to de ma­fio­so, nos re­ve­la que lle­vó su pro­pia con­ta­bi­li­dad con ma­ca­bra pre­ci­sión: «Yo fui el prin­ci­pal si­ca­rio del pa­trón: 257 ase­si­na­tos, 250 ata­ques con bom­ba; en el mo­men­to ál­gi­do lle­ga­mos a ma­tar a 540 po­li­cías. Era la guerra. Y la guerra exi­ge es­ta men­ta­li­dad».

–¿Así lla­ma a la épo­ca del cár­tel: la guerra? «Era una guerra en mu­chos fren­tes. Con­tra el cár­tel de Cali. Con­tra la Po­li­cía. Con­tra el Es­ta­do. Con­tra Es­ta­dos Uni­dos. El pa­trón se en­fren­tó a to­dos...». Po­pe­ye se abre la ca­mi­sa y mues­tra con or­gu­llo cua­tro ci­ca­tri­ces, se­cue­las de un ti­ro­teo. Pa­ra él, son un re­cor­da­to­rio de que no ha­bía lle­ga­do su hora de via­jar al infierno. Le pre­gun­to por la vi­sión que Ro­ber­to Escobar tie­ne de su her­mano, co­mo una víc­ti­ma: «Ro­ber­to es un ca­pu­llo –sen­ten­cia Po­pe­ye–. Pa­blo era un te­rro­ris­ta, un ase­sino, un se­cues­tra­dor. Pe­ro era mi ami­go». –¿Tie­ne miedo? «No. Por re­des so­cia­les me lle­gan men­sa­jes ti­po: 'Te va­mos a ma­tar'. Yo les res­pon­do: 'Ha­ced­lo'». –¿Sa­le a la ca­lle? «Po­co. Quie­ro tran­qui­li­dad. En ca­sa ha­go mis ví­deos de You­tu­be y me be­bo unas cer­ve­zas. De vez en cuan­do voy al ba­rrio Pa­blo Escobar. El pa­trón lo cons­tru­yó pa­ra el pue­blo. Allí soy un hé­roe». Po­pe­ye re­gre­sa del dor­mi­to­rio con una Be­ret­ta 9 mm y ha­ce al­gu­nos mo­vi­mien­tos pa­ra de­mos­trar que no es­tá oxi­da­do. En su an­te­bra­zo des­ta­ca un ta­tua­je: «El ge­ne­ral de la ma­fia», un tí­tu­lo pro­fe­sio­nal y un ju­ra­men­to de fi­de­li­dad. Tam­bién es par­te de su es­tra­te­gia co­mer­cial. Si Ro­ber­to ve a su her­mano co­mo un Ro­bin Hood, Po­pe­ye lo ve co­mo una versión XXL de Al Ca­po­ne. «El pa­trón fue el ma­yor ma­fio­so de la his­to­ria. Sa­bía que en es­te co­rrup­to país ha­bía que ser el más co­rrup­to de to­dos. Te­nía más po­der que el pre­si­den­te». Un re­tra­to en el que él se di­bu­ja co­mo su más es­tre­cho co­la­bo­ra­dor. «Soy uno de los cua­tro si­ca­rios con vi­da. Y el úni­co que ha­bla. Soy la me­mo­ria co­lec­ti­va del cár­tel». Po­pe­ye tam­bién ha­ce ru­tas Escobar. Nos con­du­ce has­ta el an­ti­guo cuartel ge­ne­ral del cri­mi­nal, el edi­fi­cio Mó­na­co, don­de le lle­va­ban bai­la­ri­nas de sam­ba di­rec­ta­men­te des­de Río. Don­de ha­cían des­apa­re­cer cuer­pos usan­do áci­do. Don­de los pri­sio­ne­ros aca­ba­ban echa­dos a los co­co­dri­los. En reali­dad, más que co­mo Bond y Si­na­tra, Escobar se pa­re­cía más al sá­di­co dic­ta­dor ugan­dés Idi Amín o al ab­so­lu­tis­ta Luis XIV. Po­pe­ye res­pon­de a nues­tro co­men­ta­rio de for­ma la­pi­da­ria: «Así eran las co­sas. Éra­mos ase­si­nos. Sí, des­pe­da­za­mos ca­dá­ve­res. El Mó­na­co era nues­tro cam­po de con­cen­tra­ción y aquí ofrez­co una mi­ra­da a los rin­co­nes más os­cu­ros del al­ma hu­ma­na. Pa­ra que la gen­te lo en­tien­da». –Eso es ca­si tan ma­ca­bro co­mo si el co­man­dan­te de un cam­po de con­cen­tra­ción hi­cie­ra vi­si­tas guia­das por las cá­ma­ras de gas. La afir­ma­ción le ha­ce per­der los es­tri­bos. «La ciu­dad de­be­ría es­tar­le agra­de­ci­da –di­ce–. Me­de­llín no era na­da. Se hi­zo co­no­ci­da en to­do el mun­do gra­cias al pa­trón».

EL 'CAZADOR'

To­dos los do­min­gos, un hom­bre se sien­ta en una sen­ci­lla tumba del ce­men­te­rio de Mon­te­sa­cro, ro­dea­da de flo­res y con la ins­crip­ción: «Pa­blo Emi­lio Escobar Ga­vi­ria. 1.12.1948-2.12.1994». Allí ha­bla en voz ba­ja. «Te so­bre­vi­ví, ase­sino. Ese fue mi pri­mer triun­fo. El se­gun­do: soy más vie­jo de lo que lle­gas­te a ser. El día que te ma­ta­mos en tu es­con­dri­jo hi­ce una fies­ta sal­va­je, co­mo las que a ti te gus­ta­ban». Car­los Pa­lau es­tá vi­vo y, sin em­bar­go, es una de las víc­ti­mas de Escobar. Fue uno de los je­fes del Blo­que de Bús­que­da, la uni­dad es­pe­cial de­di­ca­da a la ca­za del nar­co. Pa­lau di­ce: «De los 152 hom­bres de mi uni­dad, so­lo vi­ven tres. Es­te hi­jo de pu­ta

"ES­TE HI­JO DE PU­TA MA­TA­BA A SEIS PO­LI­CÍAS AL DÍA. LA OFER­TA HA­BI­TUAL ERA: 'PLA­TA O PLO­MO'. OFRE­CIÓ CIN­CO MI­LLO­NES POR MI CA­BE­ZA" –CAR­LOS PA­LAU–

ma­ta­ba ca­da día a seis po­li­cías, mis ami­gos, mis her­ma­nos. Yo tam­bién re­ci­bí la ofer­ta ha­bi­tual: 'pla­ta o plo­mo'. In­ten­tó ma­tar­me cua­tro ve­ces. La úl­ti­ma, en 1992, el hi­jo de pu­ta ofre­ció cin­co mi­llo­nes de dó­la­res por mi ca­be­za». Siem­pre se re­fie­re a Escobar co­mo ase­sino o hi­jo de pu­ta. Pa­lau, de 48 años, si­gue con­ser­van­do la cons­ti­tu­ción fí­si­ca que dan 15 años en las uni­da­des es­pe­cia­les, pe­ro su ros­tro re­fle­ja can­san­cio. Du­ran­te 25 años no tu­vo un día de paz, su­fría sín­dro­me de es­trés pos­trau­má­ti­co, no de­ja­ba de pen­sar en los ami­gos que iban sien­do ase­si­na­dos. «No con­fia­ba en na­die. A mis pa­dres so­lo les con­té que fui po­li­cía ha­ce dos años». Hoy, por fin, ha en­con­tra­do una es­pe­cie de te­ra­pia: los 'tours Escobar'. «Lle­vo a los tu­ris­tas a los lu­ga­res don­de se co­me­tie­ron los crí­me­nes, y todas las ve­ces re­pi­to lo mis­mo: 'Yo so­bre­vi­ví, tú no. Y hoy vi­vo de ti, hi­jo de pu­ta'». Las ru­tas de Car­los Pa­lau lle­van a una co­mu­ni­dad mo­nás­ti­ca si­tua­da en las mon­ta­ñas, un lu­gar que en tiem­pos fue La Ca­te­dral, la cár­cel de lu­jo que Escobar se hi­zo cons­truir pa­ra cum­plir su con­de­na. El rey de la dro­ga pu­do se­guir go­ber­nan­do des­de allí a su an­to­jo; re­ci­bía la vi­si­ta de ami­gos y mu­je­res y se­guía en­car­gan­do ase­si­na­tos. «To­da­vía se en­cuen­tran hue­sos de sus víc­ti­mas», di­ce Pa­lau. En­tra en un só­tano don­de se con­ser­va la ca­ma ori­gi­nal de Escobar y don­de re­ci­bía a sus víc­ti­mas di­cién­do­les: «Te va­mos a ma­tar de to­dos mo­dos des­pués de in­te­rro­gar­te, pe­ro, si eres cul­pa­ble, an­tes te tor­tu­ra­re­mos». «Sien­to una ener­gía ne­ga­ti­va en es­te si­tio, ten­go que sa­lir –di­ce Pa­lau al ca­bo de unos ins­tan­tes–. El ase­sino ma­tó a más de 5000 per­so­nas, más que Bin La­den». Pa­ra él, el mi­to de Escobar es una far­sa. No fue más que un san­gui­na­rio. Un psi­có­pa­ta pe­dó­fi­lo que pa­ga­ba gran­des su­mas pa­ra acos­tar­se con vír­ge­nes. «La mi­tad de los

"DE­JÉ A PA­BLO EN 1988, CUAN­DO DES­CU­BRÍ QUE HA­BÍA RE­CLU­TA­DO A TE­RRO­RIS­TAS DE ETA PA­RA CO­ME­TER MA­TAN­ZAS" –VIR­GI­NIA VA­LLE­JO–

co­lom­bia­nos si­guen pen­san­do que no era tan ma­lo –di­ce con as­co–. Es­pe­cial­men­te en su ba­rrio».

EL BA­RRIO

Pa­blo Escobar, el ba­rrio, es una co­lec­ción de pe­que­ñas ca­sas don­de vi­ven 20.000 per­so­nas. En el cen­tro res­plan­de­ce un mu­ral que rinde ho­me­na­je a su promotor con un ges­to ca­si bon­da­do­so. «Aquí se res­pi­ra paz», re­za una le­yen­da. En el sue­lo hay ve­las, de­ja­das por los vecinos en me­mo­ria de su hé­roe. Al la­do, en la pe­lu­que­ría El Pa­trón, la due­ña ven­de lla­ve­ros de Escobar, ja­rras de cer­ve­za de Escobar, ca­fé de Escobar, in­clu­so ofre­ce cor­tes de pe­lo Escobar. Pa­blo Escobar fun­dó es­te asen­ta­mien­to a me­dia­dos de los años ochen­ta y re­ga­ló 330 ca­sas a fa­mi­lias po­bres. A cam­bio, se ase­gu­ró la leal­tad de los vecinos y cien­tos de vías de es­ca­pe. Cuan­do lle­ga­mos al mu­ral, unos jó­ve­nes nos mi­ran des­con­fia­dos. «¿Qué que­réis?», pre­gun­ta uno. –Ha­blar con al­gún re­pre­sen­tan­te de la co­mu­ni­dad. «Aquí no hay de eso». –¿Y qué hay aquí? «Un pa­trón», res­pon­de un jo­ven. El pa­trón, un an­ti­guo pan­di­lle­ro lla­ma­do Juan, lle­ga con dos ti­pos co­mo ar­ma­rios. «Co­no­cí a Pa­blo de niño, a fi­na­les de los años ochen­ta. Éra­mos po­bres, a mi pa­dre lo ma­ta­ron de un dis­pa­ro, mi ma­dre te­nía cin­co hi­jos. Lle­gó un ti­po y nos re­ga­ló una ca­sa, fi­gú­re­se. A mí me dio el di­ne­ro y el ma­te­rial de cons­truc­ción. Pa­ra no­so­tros, Pa­blo era un dios», di­ce. Juan tie­ne 36 años y has­ta ha­ce cin­co se de­di­ca­ba a la ven­ta de dro­ga. Hoy es el je­fe del ba­rrio. «En es­tos mo­men­tos, la co­sa es­tá tran­qui­la», di­ce. Ha­ce dos años, su ban­da ex­pul­só a otra ri­val. Les sa­can a los mo­ra­do­res 40.000 dó­la­res al mes en con­cep­to de pro­tec­ción, por ase­gu­rar la paz. La vio­len­cia de las ban­das ha vuelto a in­cre­men­tar­se en los úl­ti­mos años; en 2016 se re­gis­tra­ron 534 muer­tes, ca­si tan­tas co­mo en Nue­va York y Los Án­ge­les jun­tas. Da igual a quien pre­gun­tes, to­do el mun­do es­tá con Pa­blo Escobar. Lo ven co­mo a un li­ber­ta­dor de la ta­lla de Bo­lí­var. «Tras él lle­ga­ron las ban­das y los pa­ra­mi­li­ta­res –di­ce Juan–. Mu­cha gen­te cree que la vuel­ta al do­mi­nio de una so­la ban­da, co­mo en los tiem­pos de Pa­blo, es lo me­jor. An­tes que­rías ser co­mo Pa­blo: di­ne­ro, co­ches, mu­je­res. To­dos que­ría­mos lo mis­mo. Hoy ya no. Hoy so­lo quie­ro paz».

LA AMAN­TE

La gran aman­te de Pa­blo Escobar vi­ve hoy en Es­ta­dos Uni­dos. Nos en­con­tra­mos con ella en un pi­so de las afue­ras de Mia­mi. Ves­ti­do ele­gan­te, pe­lo te­ñi­do, edad… «Pon­ga que sin edad –di­ce Vir­gi­nia Va­lle­jo–. Una be­lle­za atem­po­ral». –¿Pro­fe­sión? «Pon­ga que es­cri­to­ra. Di­va. La mu­jer que des­ta­pó el ma­yor es­cán­da­lo de Co­lom­bia». Lo di­ce en se­rio. A comienzos de los ochen­ta, la por en­ton­ces re­por­te­ra de te­le­vi­sión y el rey de la dro­ga se enamo­ra­ron. Ella fue la pri­me­ra en en­tre­vis­tar­lo, con­si­guien­do así la ma­yor ex­clu­si­va de su carrera, un tes­ti­mo­nio que ayu­dó al ca­po a saltar al es­ce­na­rio mun­dial. Él co­rres­pon­dió con mu­cho di­ne­ro, ya­tes, re­lo­jes Car­tier y poe­sías. A cam­bio, ella es­cri­bi­ría su bio­gra­fía, la de un hom­bre que pa­só de hi­jo de cam­pe­sino a mul­ti­mi­llo­na­rio. Los cin­co años que pa­sa­ron jun­tos apa­re­cen re­crea­dos en Loving Pa­blo, la úl­ti­ma cin­ta de Fer­nan­do León de Ara­noa, pro­ta­go­ni­za­da por Ja­vier Bar­dem y Pe­né­lo­pe Cruz. «La re­la­ción con Pa­bli­to era muy ro­mán­ti­ca –di­ce Va­lle­jo–. Éra­mos jó­ve­nes e inocen­tes. Nues­tra vi­da era una versión nue­va de La be­lla y la bes­tia. Una his­to­ria in­creí­ble». Na­da que ver con la vi­sión que se mues­tra de ella en las pe­lí­cu­las y las se­ries. De­ma­sia­do odio­sa, de­ma­sia­do es­can­da­lo­sa, di­ce. «En Nar­cos me in­ter­pre­ta una mu­la­ta», re­ma­ta in­dig­na­da. –¿Qué le pa­re­ce la se­rie? «Mi abo­ga­do di­ce que no ha­ga co­men­ta­rios». –¿Y qué le pa­re­ce Loving Pa­blo? «Me­jor me ca­llo. A Ja­vier Bar­dem sí le di­je: 'Es el pa­pel de tu vi­da. Te van a dar el Os­car por él'». –No pa­re­ce que es­té yen­do de­ma­sia­do bien.

Car­los Pa­lau. Di­ri­gió la uni­dad es­pe­cial que ca­zó a Pa­blo Escobar. Hoy so­lo si­guen vi­vos tres de sus 152 in­te­gran­tes.

Ro­ber­to Escobar. Fue el con­ta­ble del cár­tel de Me­de­llín. Pa­só 14 años en pri­sión y hoy vi­ve de ex­plo­tar el le­ga­do de su her­mano.

Vir­gi­nia Va­lle­jo. La aman­te del ca­po vi­ve en Mia­mi. En 2007 pu­bli­có el su­per­ven­tas Aman­do a Pa­blo, odian­do a Escobar.

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