"No bus­co que me que­ráis más: he co­me­ti­do mu­chos erro­res por agra­dar "

Na­cí en Ca­ra­cas, Venezuela, en 1965. Soy es­cri­tor, guio­nis­ta y co­la­bo­ro en pren­sa, ra­dio y te­le­vi­sión. Aca­bo de pu­bli­car 'Tiem­po de tor­men­tas' (Pla­ne­ta), una no­ve­la muy au­to­bio­grá­fi­ca.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Ella & Él -

Xl­se­ma­nal. ¿Pen­só que su vi­da era una bue­na his­to­ria que con­tar? Bo­ris Izaguirre. To­do el mundo cree que su vi­da es una bue­na no­ve­la, pe­ro en mi ca­so es ver­dad: la ca­sa que mi ma­dre cons­tru­yó en Venezuela era un show con per­so­na­jes muy po­ten­tes. XL. Pue­de ser in­clu­so un li­bro de au­to­ayu­da pa­ra ma­dres que no sa­ben có­mo reac­cio­nar an­te un hi­jo gay. B.I. Me en­can­ta que lo di­gas por­que mi ma­má se to­mó muy en se­rio ser ma­dre de un gay. Si yo ten­go 30 ami­gos gais, hay 30 ma­dres que pi­die­ron ayu­da. XL. Con lo que ha su­fri­do –dis­le­xia, za­pa­tos or­to­pé­di­cos, vio­la­ción gru­pal, mob­bing–, ¿con­se­gui­rá que lo que­ra­mos más? B.I. No es mi de­seo: he co­me­ti­do mu­chos erro­res por agra­dar. Pre­fie­ro que el lec­tor co­noz­ca la re­la­ción con mi ma­dre, que siem­pre qui­so que no me cam­bia­ran. XL. Ha di­cho: «Pa­sé de leer a Marx a leer el ¡Ho­la!». B.I. Me equi­vo­qué que­rien­do ser un in­te­lec­tual pre­coz, creo que me lo in­ven­té y fui pre­coz en mi pos­tu­reo. Lue­go vi que el ¡Ho­la! era lo que más me ser­vía en mi edu­ca­ción.

XL. Se re­co­no­ce un men­ti­ro­so com­pul­si­vo: nun­ca sa­bre­mos si es cier­to lo que es­cri­be. B.I. Es­te li­bro no es una bio­gra­fía, es una no­ve­la. Hay co­sas do­lo­ro­sa­men­te rea­les que re­la­to aquí, aun­que lue­go pien­se que dar ex­pli­ca­cio­nes es un error y que la men­ti­ra es siem­pre me­jor pun­to de con­ver­sa­ción que la ver­dad. XL. Su ex­hi­bi­cio­nis­mo en Cró­ni­cas mar­cia­nas no gus­tó en el am­bien­te gay. B.I. En­ton­ces en­ten­dí lo que me di­jo mi ma­má: «No lla­mes la aten­ción por­que ya la lla­mas bas­tan­te». Nun­ca sa­bes qué in­qui­na pue­des pro­vo­car en quien te mi­ra. Yo creo que se sin­tie­ron agre­di­dos cuan­do vie­ron en mí esa reali­dad por la que ellos lle­va­ban años lu­chan­do: tan ex­plo­si­va, rui­do­sa, sim­pá­ti­ca, tro­pi­cal, exi­to­sa y fas­ci­nan­te. Pe­ro, aho­ra, el or­gu­llo gay me ha con­ver­ti­do en su es­tan­dar­te: no hay otro con to­dos esos in­gre­dien­tes. XL. Fue el pri­me­ro en en­se­ñar el tra­se­ro en te­le­vi­sión, pe­ro tam­bién co­no­ce­mos ya el de Jor­ge Ja­vier Váz­quez. ¿Creó ten­den­cia? B.I. Me en­can­ta Jor­ge Ja­vier y nos cae­mos muy muy bien. No he vis­to aún su cu­lo por­que no es­ta­ba acá, pe­ro se­gu­ro que tie­ne más car­ne que el mío [ríe]. XL. ¿Por qué de­jó de tra­ba­jar en Es­pa­ña? B.I. A lo me­jor mi éxi­to ge­ne­ró sus pro­pios enemi­gos o me equi­vo­qué di­cien­do al­go. Mi des­pi­do de la SER fue muy du­ro y me di cuen­ta de que el tren se es­ta­ba des­ca­rri­lan­do. Cuan­do me lla­ma­ron de Mia­mi, me fui por­que mi his­trio­nis­mo tie­ne más vi­da por de­lan­te y quie­ro se­guir dis­fru­tán­do­lo.

'Brunch' in­fi­ni­to «Los do­min­gos me to­mo un brunch sin fin: con to­ci­ne­ta, hue­vos, ja­món york, sal­chi­chas, ter­ne­ra, queso bre­sao­la, to­ma­tes, sal­món… y al­go dul­ce de pos­tre».

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