No hay quien vi­va sin él

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FAGINAS

Lle­va años sa­cán­do­nos la son­ri­sa en te­le­vi­sión, pe­ro su vi­da no ha si­do una comedia. A los 14 años tra­ba­ja­ba en la pes­ca­de­ría de sus pa­dres y a esa edad se re­en­con­tró con ellos por­que fue cria­do con una tía abue­la. Aho­ra es­tá en un mo­men­to «muy bueno», con una nue­va pa­re­ja, y dis­fru­tan­do del éxi­to en el tea­tro con la obra «At­chuússs!» jun­to a los Al­te­rio, su otra fa­mi­lia.

Na­da en Fer­nan­do Te­je­ro (Cór­do­ba, 1967) es lo que pa­re­ce, si lo que te pa­re­ce es que por ser un ac­tor de comedia co­mo la co­pa de un pino va por la ca­lle re­par­tien­do chis­tes. «A ve­ces he ido con el co­ra­zón des­tro­za­do, re­ci­bien­do el ca­ri­ño del pú­bli­co y he pen­sa­do: ¿y a mí quién me ha­ce reír?». Por­que Fer­nan­do es so­bre to­do un ser sen­si­ble al que la vi­da lo ha pues­to mu­chas ve­ces en una en­cru­ci­ja­da. Na­ció ac­tor pe­ro su des­tino era ser pes­ca­de­ro y se re­be­ló has­ta que lo con­si­guió. ¿Cons­tan­cia? «Bueno, yo creo que si al­guien te­nía ga­nas, yo te­nía mu­chas más». Su pa­sión era y es el tea­tro, pe­ro gra­cias a la te­le­vi­sión pue­de su­bir­se al es­ce­na­rio y desa­rro­llar esa fa­ce­ta: «Yo la mi­tad de lo que gano lo in­vier­to en ha­cer tea­tro y mi sue­ño es for­mar com­pa­ñía pro­pia». Emo­ti­vo y vis­ce­ral, Fer­nan­do se des­cor­cha co­mo el cham­pán: «Soy ex­plo­sión, es­pu­ma y lue­go me di­si­po».

—Eres una de las per­so­nas más co­no­ci­das de es­te país. ¿Qué te ha da­do la po­pu­la­ri­dad?

—He in­ten­ta­do que me afec­te lo me­nos po­si­ble, pe­ro gra­cias a ella vie­ne gen­te al tea­tro que se­gu­ra­men­te no hu­bie­ra ve­ni­do. Y la po­pu­la­ri­dad me ha da­do cor­du­ra. Yo en un mo­men­to de mi vi­da muy flo­jo a ni­vel psi­co­ló­gi­co era una de las per­so­nas más po­pu­la­res de es­te país con «Aquí no hay quien vi­va». En esa eta­pa se me mu­rió un fa­mi­liar y yo mi­ra­ba mi ca­sa y te­nía to­do el éxi­to, pe­ro a mí lo que me im­por­ta­ba era lo que ha­bía per­di­do. En­ton­ces di­je: ¡pa­ra qué quie­ro to­do es­to! La po­pu­la­ri­dad me hi­zo pi­sar fuer­te y dar­me cuen­ta de cuál es la reali­dad de mi vi­da.

—Mi­llán, de Mar­tes y Tre­ce, con­fe­só el otro día que tu­vo que de­jar­lo por ese bu­cle de la gen­te, que te re­cla­ma, te pa­ra por la ca­lle so­lo pa­ra un mo­men­to.

—Sí, te sien­tes más so­lo. Yo he ido por la ca­lle con el co­ra­zón des­tro­za­do y a mí me han di­cho: «Gra­cias por ha­cer­me reír», «gra­cias por­que mi pa­dre es­ta­ba en­fer­mo en el hos­pi­tal y tú eras el úni­co que le sa­ca­ba una son­ri­sa». Eso me ha emo­cio­na­do mu­chí­si­mo, pe­ro tam­bién te ha­ce pen­sar: ¿Y a mí quién me ha­ce reír? Es una con­tra­dic­ción muy gran­de. Que cons­te, que a mí si el éxi­to me hu­bie­ra lle­ga­do con 20 años me hu­bie­ra vuel­to lo­co, afor­tu­na­da­men­te fue mu­cho más tar­de. Y eso que yo a los 14 años ya es­ta­ba tra­ba­jan­do.

FOTO: JA­VIER NAVAL

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