Manguitos ¿al agua?

Hay ma­le­tas que pe­san me­nos que el equi­pa­je de la pla­ya. Y si los ni­ños aún no na­dan so­los, más va­le que pien­ses bien lo que te lle­vas. ¿Manguitos, chu­rro o flo­ta­dor? Esa es la cues­tión.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - DENIÑOS - TEX­TO: NOELIA SILVOSA

Qué di­le­ma. Que si manguitos, que si chu­rros, que si flo­ta­dor... Ca­da ve­rano la es­tam­pa es la mis­ma, pero no aca­ba­mos de sa­ber cuál se­rá el me­jor mé­to­do pa­ra que el sus­to se re­duz­ca a tra­gar so­lo un po­co de agua. Y no, lo pri­me­ro no es ti­rar de pul­mo­nes. ¿Es­ta­bas a pun­to de po­ner­te a so­plar? Pri­mer error. Pero em­pe­ce­mos por el prin­ci­pio. El mé­to­do más fia­ble pa­ra los pe­ques de has­ta tres años es tam­bién el más em­ble­má­ti­co: los manguitos. Sí, esos sal­va­vi­das que lle­van los ni­ños en los bra­zos son los más in­di­ca­dos. Así lo con­fir­ma Pa­tri­cia To­bío, coor­di­na­do­ra de la pis­ci­na mu­ni­ci­pal das Tra­ve­sas en Vi­go. «Los re­co­mien­do pa­ra los pa­dres que lle­van a los ni­ños a la pla­ya o a la pis­ci­na, por­que im­pi­den que se den la vuel­ta”, se­ña­la la pro­fe­sio­nal, que tam­bién desecha los que te­ne­mos el co­mún de los mor­ta­les: “Los me­jo­res son los rí­gi­dos, los hin­cha­bles no son tan re­co­men­da­bles”, apun­ta. ¿Y qué fue del flo­ta­dor co­mún y del cha­le­co? Pues que más bien son co­sa del pa­sa­do. Han caí­do en desuso y tam­po­co los re­co­mien­da. “El cha­le­co tie­ne que que­dar muy bien ajus­ta­do al cuer­po, por­que si no se sube, y no per­mi­te dis­po­ner de de­ma­sia­da mo­vi­li­dad”, se­ña­la.

PA­RA MO­VER­SE, CHU­RROS

Eso sí, el te­ma del man­gui­to es pro­vi­sio­nal. En los cur­sos de na­ta­ción, To­bío op­ta por sus­ti­tuir­los por los chu­rros a par­tir de los tres años. “El chu­rro les sir­ve pa­ra ir des­pla­zán­do­se, por­que im­pi­de que se hun­dan, pero al mis­mo tiem­po les de­ja los bra­zos li­bres pa­ra po­der na­dar. Ade­más, en el ca­so de que aún no se sien­tan pre­pa­ra­dos, se pue­de ce­rrar y sir­ve de flo­ta­dor que ro­dea la cin­tu­ra”, in­di­ca. En lo que in­ci­de tan­to ella co­mo Juanjo, res­pon­sa­ble de los cur­si­llos del Club Na­ta­ción Co­ru­ña, es en que lo más pe­li­gro­so es el ex­ce­so de con­fian­za. Y es­to in­clu­ye a ni­ños y a pa­dres. “Que lle­ven un sis­te­ma de flo­ta­ción no sig­ni­fi­ca que no pue­dan aho­gar­se. Hay ni­ños que me­ten la ca­ra en el agua y tra­gan agua. Es una con­fian­za que no es real”, se­ña­lan.

Am­bos di­cen que eso de ti­rar al alumno al agua y echar­le al­go pa­ra que se aga­rre, en plan ins­tin­to de su­per­vi­ven­cia, ya no se es­ti­la. “Tie­nen que ir fa­mi­lia­ri­zán­do­se con el agua. Pa­ra eso ha­ce­mos jue­gos de con­tac­to y de res­pi­ra­ción, pa­ra que en­tien­dan que aun­que en al­gún mo­men­to les en­tre al­go de agua no pa­sa na­da. Lue­go ya vie­ne la in­mer­sión y, un po­co más cre­ci­dos, las ap­neas”, di­ce la ex­per­ta.

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