Si­go sien­do el ‘ta­rao’ que un día de­jó su ca­sa ha­ce 20 años”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: ANA ABELENDA

Di­ce que la per­fec­ción es un tér­mino pe­li­gro­so. Fele pre­fie­re ha­blar de me­dias ver­da­des, que tie­nen más que ver con la vi­da. La su­ya cam­bió ha­ce 20 años, cuan­do le des­cu­bri­mos en «Te­sis». Hoy re­ve­la su pa­la­bra fa­vo­ri­ta: re­tre­te. Y al­gu­nas co­sas más...

«Ay, los in­hi­bi­do­res de Ma­drid», sus­pi­ra Fele Mar­tí­nez (Ali­can­te, 22 de fe­bre­ro de 1975) cuan­do la con­ver­sa­ción se in­te­rrum­pe de pron­to. Nos que­da­mos col­ga­dos al apa­ra­to con un chi­co al que des­cu­bri­mos en Te­sis, que en­se­gui­da res­ta­ble­ce la co­ne­xión. Es fá­cil co­nec­tar con él. Han pa­sa­do ca­si vein­te años des­de que re­ci­bió, por el fil­me de Ame­ná­bar, el Go­ya al ac­tor re­ve­la­ción. ¿Qué ha pa­sa­do en es­tos 20 años? «Pues mu­chas co­sas, pero bá­si­ca­men­te... ¡si­go sien­do la mis­ma pero ya no su­fro por tu que­reeer! —se arran­ca él con una de Ca­me­la— Si­go sien­do el mis­mo ta­rao que se fue de Ali­can­te pa­ra ha­cer ci­ne en Ma­drid». A Che­ma el de Te­sis ya no te pa­re­ces tan­to, Fele. «No, aho­ra ten­go me­nos pe­lo... Pero an­tes era así. El ves­tua­rio, las ga­fas, el pe­lo, la pe­ri­lla de Che­ma eran los míos», con­fie­sa.

—En la co­me­dia «La noche que mi ma­dre ma­tó a mi pa­dre», de Inés Pa­rís, a ti te ha to­ca­do el muer­to. ¿Có­mo lo lle­vas, Fele?

—¡Pues lo más dig­na­men­te que pue­do! Mi per­so­na­je es Car­los, ex­pa­re­ja de Isa­bel. Car­los es un tío muy en­tra­ña­ble, el op­ti­mis­mo pu­ro y du­ro, le gus­ta be­ber­se la vi­da a gran­des tra­gos. Al­guien que qui­so ser ac­tor, pero al que la vi­da lle­vó por otros de­rro­te­ros... pero bueno... ¡Él es fe­liz! En un mo­men­to da­do acu­de a una ce­na que ha or­ga­ni­za­do Isa­bel, da una pé­si­ma no­ti­cia, a par­tir de ahí la co­sa se des­ma­dra... ¡y aca­bó fri­to!

—En cier­tas si­tua­cio­nes ca­si es me­jor aca­bar fri­to que su­frir­las, ¿no?

—Si ves la pe­li, pien­sas que sí, vien­do có­mo se van desa­rro­llan­do las co­sas pien­sas que lo me­jor es ¡es­tar muer­to!

—¿Te re­co­no­ces en es­te per­so­na­je?

—Sí, en que pro­cu­ro no for­zar las si­tua­cio­nes. No me pon­go me­tas inal­can­za­bles. In­ten­to dar­lo to­do en ca­da tra­ba­jo que ha­go. Y tra­tar las co­sas con hu­mor. El hu­mor es muy terapéutico.

—¿Có­mo te se­du­jo el ci­ne?

—To­do em­pe­zó en el ins­ti­tu­to, cuan­do em­pe­cé a ir a cla­ses de tea­tro. Des­de en­ton­ces, no he en­con­tra­do an­tí­do­to pa­ra es­te ve­neno.

—Di­ces que en la vi­da hay que po­ten­ciar el buen ro­llo. Eso ayuda, pero a ve­ces las co­sas se com­pli­can so­las...

—Sí. Pero si tie­nes un en­tre­na­mien­to op­ti­mis­ta es me­jor. No quie­ro de­cir que ten­ga que ser to­do el mun­do la ale­gría de la huer­ta... que se­ría muy abu­rri­do, pero si tie­nes esa pre­dis­po­si­ción de no aho­gar­te en un va­so de agua, es­to te ayuda a afron­tar las co­sas. To­dos vi­vi­mos si­tua­cio­nes do­lo­ro­sas y com­pli­ca­das. To­do son ra­chas que se pue­den lle­var me­jor o peor se­gún lo ges­tio­nes.

—Di­cen que no hay mal que cien años du­re... ¡ni cuer­po que lo re­sis­ta!

—¡No, por Dios! Se­ría te­rri­ble...

—Coin­ci­des de nue­vo con Eduar­do No­rie­ga en «Nues­tros aman­tes», con un per­so­na­je que ha he­cho que tu­vie­ses que ra­par­te la ca­be­za.

—¡Me he te­ni­do que afei­tar! Nues­tros aman­tes es una his­to­ria ro­mán­ti­ca de en­cuen­tros y des­en­cuen­tros. Có­mo dos per­so­nas se van des­cu­brien­do una a otra, al prin­ci­pio to­do pa­re­ce muy bo­ni­to, pero ca­da uno tie­ne su vi­da. Pa­ra mí, es el me­jor guion de La­ma­ta. A mí me re­cuer­da a Woody Allen. Aquí me to­ca otro ta­rao, Cris­tó­bal. Eduar­do y yo so­mos en la pe­li los guio­nis­tas de Me­ma y ler­da.

—Ja ja ja. He vis­to que en re­des han lle­ga­do a com­pa­rar a Che­ma y Bos­co con el di­le­ma Po­de­mos-Ciu­da­da­nos.

—[Ri­sas] Me sor­pren­dió un po­co y me hi­zo reír mu­chí­si­mo. ¡Aho­ra la cul­pa la va a te­ner Te­sis!

—Pues a al­guien ha­brá que echár­se­la, que siem­pre ali­via eso de en­con­trar un cul­pa­ble.

—Sí, sí, pues que le pre­gun­ten a Ame­ná­bar, que hi­zo la pe­li.

—«Los aman­tes del Círcu­lo Po­lar» nos des­cu­brió a Ot­to, un Fele pa­ra el re­cuer­do. ¿Qué de­cía el men­sa­je del avión de pa­pel?

—Ah, lo sien­to... es que si te lo di­go a lo me­jor no es lo que te es­pe­ras y en­ton­ces se pier­de la ma­gia.

—¿Pero hay pa­la­bras pa­ra to­do?

—Ab­so­lu­ta­men­te. Sí.

—¿Se­gu­ro?

—Bueno, de­ja que lo pien­se... Mmmm. Creo que sí, so­bre­to­do en un idio­ma co­mo el nues­tro. Lo que pa­sa es que no usa­mos mu­cho las pa­la­bras. Usa­mos ca­si siem­pre las mis­mas y to­do se que­da un po­co va­cío.

—¿Cuál es tu fa­vo­ri­ta?

—¡To­ma­te! Ma­ni­ve­la... Re­tre­te. Sí, creo que mi pa­la­bra fa­vo­ri­ta es, sin du­da, esa, re­tre­te.

—¿Por la for­ma o el sig­ni­fi­ca­do?

—Por su so­no­ri­dad, es con­sis­ten­te... sí, sí, sí.

—Y tan ne­ce­sa­rio en la vi­da...

—En la tu­ya no sé... En la mía, des­de lue­go que sí.

—Vol­vien­do al Círcu­lo Po­lar de Me­dem. ¿Ot­to sigue con­ti­go?

—Sí. Siem­pre que­dan res­tos. Al­go de to­dos y ca­da uno de los per­so­na­jes que he he­cho. Ca­da vez que pre­pa­ro un per­so­na­je em­pleo de dos a cua­tro me­ses de mi vi­da, en los que aun­que es­té plan­tan­do un ge­ra­nio ten­go el per­so­na­je en la ca­be­za. Es­toy en mo­do aler­ta.

—¿Te mo­les­ta que te pa­ren por la ca­lle y te pi­dan un «sel­fie»?

—No, pero de­pen­de de có­mo me pa­ren...

—O sea, que a ve­ces di­ces «no».

—Sí. Pero bueno, en ge­ne­ral sue­lo lle­var­lo bien, asu­mo que eso es par­te de es­te ofi­cio. Tra­ba­jo en al­go que me apa­sio­na. Con gen­te ex­tra­or­di­na­ria.

—¿Exis­te la per­fec­ción?

—La per­fec­ción es un tér­mino pe­li­gro­so, es utó­pi­ca. Lo hu­mano pue­de ser su­bli­me, pero no perfecto. Aún nos que­dan unas cuan­tas ge­ne­ra­cio­nes pa­ra con­se­guir­lo.

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