“He per­di­do la cuen­ta de los años que ten­go”

HOY ES SU GRAN NO­CHE Y tie­ne to­do or­ga­ni­za­do pa­ra que los ni­ños re­ci­ban los re­ga­los a tiem­po. «Lo que más me pi­den es La Pa­tru­lla Ca­ni­na, Pep­pa Pig y Sen­do­kai YES ha­bla en ex­clu­si­va con Pa­pá Noel, que nos cuen­ta to­dos los de­ta­lles de su tra­ba­jo

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA, SAN­DRA FAGINAS FO­TOS: MARCOS MÍ­GUEZ

Hoy es su día gran­de, y por eso ya tie­ne to­do pre­pa­ra­do pa­ra lle­gar pun­tual a las ca­sas y re­par­tir los re­ga­los que ha ido re­co­pi­lan­do y or­ga­ni­zan­do des­de La­po­nia con to­dos sus ayu­dan­tes. Con los ner­vios pre­vios a la que se­rá su gran no­che, Pa­pá Noel ha­ce un hue­co en su apre­ta­da agen­da y re­ci­be a YES en una tar­de fría en una en­tre­vis­ta ex­clu­si­va que he­mos es­ta­do pe­lean­do va­rios años.

—¡Por fin nos abres las puer­tas de tu ca­sa!

—Sí, sí. Es que es­tos días son muy com­pli­ca­dos, y por eso no ten­go ape­nas tiem­po.

—¿Có­mo te or­ga­ni­zas en es­tos días? Es muy di­fí­cil...

—Sí, es muy di­fí­cil or­ga­ni­zar­se pa­ra es­tos días, pe­ro por suer­te en La­po­nia hay seis me­ses de día y seis me­ses de no­che. Y los seis me­ses de día son to­do Na­vi­dad. Des­de los seis me­ses de día em­pe­za­mos a pre­pa­rar­lo to­do mis ayu­dan­tes y yo.

—¿Cuán­ta gen­te tra­ba­ja con­ti­go?

—¡Uy! Mu­chí­si­mos. To­dos vi­ven en ca­si­tas pe­que­ñi­tas, cer­ca del po­bla­do don­de vi­vo yo y to­dos tra­ba­ja­mos co­do con co­do muy du­ro pa­ra que la Na­vi­dad sea la fies­ta más im­por­tan­te del año.

—Cla­ro, tie­nes que leer to­das las car­tas.

—Es muy, muy la­bo­rio­so leer to­das las car­tas. Y en eso, no voy a de­cir que no, tam­bién ten­go al­gún ayu­dan­te que me echa una mano. Por­que ya soy un po­co ma­yor y ten­go que re­co­no­cer que la vis­ta tam­bién se me can­sa.

—Ca­da vez tie­nes más tra­ba­jo, por­que pa­re­ce que los ni­ños te pi­den más o tú de­bes an­dar bien de pas­ta...

—Sí que es cier­to que ca­da vez los ni­ños me pi­den más ju­gue­tes. Por eso yo siem­pre que me vie­nen a ver les di­go que se acuer­den de que lo más im­por­tan­te de la Na­vi­dad no es el re­ga­lo del fi­nal, sino pa­sar­la con to­dos nues­tros ami­gos y nues­tra fa­mi­lia com­par­tien­do siem­pre to­das nues­tras co­sas y, so­bre to­do, nues­tras son­ri­sas.

—¿Qué es lo que más te pi­den?

—Los ju­gue­tes que más me pi­den es­te año son los de La Pa­tru­lla Ca­ni­na, Star Wars, Pep­pa Pig, que les gus­ta mu­chí­si­mo, y Sen­do­kai.

—Tam­bién los ni­ños pi­den paz en el mun­do.

—Hay al­gu­nos a los que se les ol­vi­da un po­co, pe­ro los que más com­par­ten, los que más se acuer­dan de to­dos los ami­gos y fa­mi­lia siem­pre pi­den al­go pa­ra ellos y la paz en el mun­do.

—¿Có­mo ha­ces con los Re­yes? ¿Os po­néis de acuer­do?

—Siem­pre, siem­pre, siem­pre es­ta­mos en con­tac­to sus ma­jes­ta­des y yo.

—¿Os ha­béis vis­to du­ran­te el año?

—¡Por su­pues­to! Te­néis que te­ner en cuen­ta que al fi­nal ellos y yo so­lo tra­ba­ja­mos un día al año. To­do el res­to po­de­mos es­tar en con­tac­to y cru­zar la in­for­ma­ción de to­dos los ni­ños que se por­tan bien, y tam­bién la de to­dos los ni­ños que se por­tan re­gu­lar.

—Es un cho­llo tra­ba­jar un día al año.

—Sí, y no me di­gáis na­da. Ellos ade­más son fun­cio­na­rios, que son mo­nar­cas.

—A ve­ces el mis­mo re­ga­lo lo pue­de pe­dir un ni­ño pa­ra los Re­yes y otro pa­ra ti. ¿Có­mo sa­bes tú que es­te es el

Ce­na­ré pron­to y li­ge­ri­to, que ten­go mu­cho tra­ba­jo”

re­ga­lo del Pa­bli­to que vi­ve en ca­sa y no el de otro Pa­blo?

—Es muy fá­cil. To­dos los re­ga­los vie­nen muy bien eti­que­ta­dos con la ayu­da de nues­tros ayu­dan­tes, y se­gún a la ca­sa que va­mos vie­ne su di­rec­ción, co­mo si fué­se­mos tra­ba­ja­do­res de Co­rreos. No sue­le ha­ber con­fu­sio­nes. Una vez hu­bo un error, pe­ro fue so­lo una vez, fue al­go muy pun­tual.

—¿Qué pa­só? ¿Pue­des con­tár­nos­lo?

—Sí, por su­pues­to. Fue aque­lla vez que en ca­sa de Andrés yo le lle­vé un Exin Cas­ti­llos por­que le en­can­ta­ban las cons­truc­cio­nes. Los Re­yes sus Ma­jes­ta­des tam­bién le lle­va­ron un Exin Cas­ti­llos, pe­ro Andrés no se pu­so tris­te, sino que hi­zo un cas­ti­llo mu­cho más gran­de con las dos cons­truc­cio­nes.

—¿Có­mo te vas a or­ga­ni­zar es­ta no­che? ¿A qué ho­ra ce­nas?

—Eso es un po­co com­ple­jo. In­ten­to ce­nar un po­co an­tes, so­bre las ocho y me­dia, y al­go li­ge­ri­to por­que ten­go mu­cho tra­ba­jo por de­lan­te. Son mu­chí­si­mas, mu­chí­si­mas ho­ras.

—Pe­ro los ni­ños siem­pre te de­jan al­go pa­ra ti y pa­ra tus com­pa­ñe­ros, ¿no? Pa­ra los duen­des, los re­nos... Agra­de­ce­rás mu­cho esos de­ta­lles.

—Es cier­to que sue­lo desa­yu­nar li­ge­ri­to, pe­ro a lo lar­go de la tar­de no me pue­do re­sis­tir a los tu­rro­nes, al bom­bón y a los ma­za­pa­nes. Son mi de­bi­li­dad. Y siem­pre hay al­guien que le de­ja al­gu­na za­naho­ria a Ru­dolf.

—Hay que de­cir que se te no­ta bien, tie­nes buen as­pec­to.

—¡Uy! Es­toy her­mo­so ho, ho, ho.

—¡No se­rás de los que pre­ten­den po­ner­se a die­ta el pró­xi­mo año!

—Ho, ho, ho. Es una pre­ten­sión que nun­ca con­si­go.

—Una de las du­das que tie­nen los ni­ños es cuán­tos años tie­nes.

—He per­di­do la cuen­ta ha­ce mu­chí­si­mo mu­chííííííííí­si­mo tiem­po. To­dos los ni­ños han dis­fru­ta­do de mí, des­de que em­pe­cé a re­par­tir re­ga­los he per­di­do la cuen­ta.

—Los ni­ños es­ta no­che tie­nen que es­tar des­can­sa­dos...

—Y dor­mi­di­tos. Es muy im­por­tan­te que se acues­ten pron­to por­que co­mo ya he di­cho, ten­go mu­chí­si­mo tra­ba­jo. Lo im­por­tan­te es que hoy los ni­ños se por­ten bien y se va­yan tem­prano pa­ra la ca­ma, y los ni­ños que se por­tan bien son tam­bién los que tie­nen me­jo­res re­ga­los. No co­mo aque­lla vez Mar­ti­ño...

—¿Qué le pa­só a Mar­ti­ño?

—Mar­ti­ño te­nía mu­chí­si­mas ga­nas de ha­cer pis por la no­che y se le­van­tó muy des­pa­ci­to por el pa­si­llo. Pe­ro al fi­nal yo sa­bía que Mar­ti­ño se por­ta­ba bien, así que le de­jé el de­ta­lle que él me ha­bía pe­di­do.

—A lo lar­go de to­do el año tú irás ha­cien­do re­cuen­to de que efec­ti­va­men­te esos ni­ños sí que se es­tán por­tan­do bien. No es una cues­tión de los úl­ti­mos quin­ce días...

—No, no. Es muy im­por­tan­te por­tar­se bien to­dos los días del año, pe­ro so­bre to­do lo más im­por­tan­te es in­ten­tar por­tar­se ca­da día un po­qui­to me­jor. Si al­gu­na vez se te ol­vi­da o te sa­le un po­co re­gu­lar y al día si­guien­te te por­tas ge­nial, has com­pen­sa­do. Pe­ro los ni­ños de Ga­li­cia nor­mal­men­te no tie­nen pro­ble­mas. Ga­li­cia es uno de los lu­ga­res con me­jor es­pí­ri­tu na­vi­de­ño.

—¿Y tú que les pi­des a los Re­yes? ¡No te pe­di­rás a ti mis­mo!

—No, a mí mis­mo no me voy a pe­dir. Pe­ro a sus Ma­jes­ta­des sí que les pi­do al­gu­na co­si­ta. A mí me en­can­tan las de­co­ra­cio­nes del ár­bol de Na­vi­dad, y to­dos los años pro­cu­ro cam­biar­la de co­lo­res. Siem­pre les pi­do un co­lor nue­vo y que no ten­ga. Y, so­bre to­do, la paz en el mun­do.

—¿Al­gún ca­pri­chi­to? Tu­rrón de cho­co­la­te, tu­rrón blan­do... ¿Cuál es tu pre­fe­ri­do?

—Humm... Me en­can­ta el tu­rrón de cho­co­la­te, y el blan­do, y el de ye­ma de hue­vo. Y el que tie­ne fru­ti­tas pe­que­ñi­tas por den­tro, y el ma­za­pán. ¡Ooooii! Y los hi­gos, y las ga­rra­pi­ña­das... ¡Ho, ho, ho!

—¿Le das un po­qui­to al cham­pán tam­bién esa no­che? Por­que es­tá el te­ma de la con­duc­ción...

—Los con­tro­la­do­res aé­reos es­tán muy es­tric­tos úl­ti­ma­men­te y te ha­cen con­tro­les en cual­quier si­tio, no po­de­mos be­ber na­da de na­da.

—¿Al­gu­na vez te han mul­ta­do o co­mo eres Pa­pá Noel ya no te pa­ran?

—Una vez le eché un po­co de ca­ra, me que­rían mul­tar, pe­ro co­mo vie­ron un tri­neo rojo y a los re­nos hi­cie­ron la vis­ta gor­da.

—¿Dón­de lo apar­cas?

—Nor­mal­men­te cuan­do es en ciu­dad lo apar­co en los par­ques más cer­ca­nos a las ca­sas, por­que no me de­jan vo­lar en­tre los edi­fi­cios muy al­tos.

—Al­gu­na vez al­gún ni­ño te ha­ría esa pre­gun­ta, ¿no?

—Iria, que vi­vía en A Co­ru­ña cer­ca del Pa­seo de Los Puen­tes, me pre­gun­tó có­mo ha­bía lle­ga­do has­ta allí. Tu­ve que apar­car el tri­neo cer­qui­ta, en una zo­na ver­de bas­tan­te am­plia don­de Ru­dolf, Lá­ti­go y Co­me­ta que­da­ron co­mien­do hier­ba mien­tras yo subía los re­ga­los a las ca­sas. —¿Có­mo ha­ces pa­ra re­par­tir los re­ga­los a to­dos los ni­ños del mun­do en una so­la no­che? —Lo que no sa­ben mu­chos ni­ños es que la Tie­rra es­tá di­vi­di­da en hu­sos ho­ra­rios, y si vas en el sen­ti­do con­tra­rio siem­pre es el mis­mo día. Siem­pre tie­nes tiem­po pa­ra dar la vuel­ta. —Por cier­to, tie­nes una ca­sa muy aco­ge­do­ra. ¿Vi­ves so­lo du­ran­te to­do el año? —No, nor­mal­men­te vi­vo tam­bién con la se­ño­ra Noel, pe­ro ella pre­fie­re per­ma­ne­cer así en el ano­ni­ma­to.

—¡No sa­bía­mos que exis­tía la se­ño­ra Noel! ¿Te ayu­da? Bueno, per­do­na por­que te he­mos tra­ta­do de tú.

—De tú, de tú, que ya son mu­chos años que nos co­no­ce­mos. Des­de que érais pe­que­ñi­tas.

—Sí, ten­go que de­cir que siem­pre nos tra­jis­te lo que que­ría­mos. Aho­ra los ni­ños de nues­tras ca­sas es­tán muy preo­cu­pa­dos, pe­ro su­po­ne­mos que les vas a traer to­do lo que te pi­die­ron, ¿ver­dad?

—Por su­pues­to, si se si­guen por­tan­do así de bien co­mo el año pa­sa­do, les se­gui­ré lle­van­do los de­ta­lles que ellos quie­ran.

—¿No hay un lí­mi­te? Hay ni­ños que pi­den mu­chí­si­mas co­sas.

—To­do no se pue­de, te­ne­mos que in­ten­tar ele­gir un re­ga­lo que nos ha­ga mu­chí­si­ma ilu­sión a no­so­tros, so­bre to­do ilu­sión. No so­lo que nos gus­te, sino que nos ha­ga ver­da­de­ra ilu­sión por den­tro. Y des­pués te­ne­mos que te­ner en cuen­ta lo im­por­tan­te de la Na­vi­dad, que es com­par­tir­la con to­dos los de­más. Hay mu­chos ni­ños en el mun­do que tie­nen muy po­qui­tas co­sas y las Na­vi­da­des es el úni­co mo­men­to en el que se pue­den li­be­rar un po­co, te­ner al­gún de­ta­lle o al­go que les ha­ga ver­da­de­ra ilu­sión. Y esos son los ni­ños por los que te­ne­mos que pen­sar los de­más, so­bre to­do en es­tas fe­chas.

—Un de­seo pa­ra el 2017.

—Me gus­ta­ría que to­dos los ni­ños con­ser­ven la ilu­sión, la ilu­sión por la Na­vi­dad, la ilu­sión has­ta que tu­vie­sen cin­cuen­ta años y si­guie­sen sien­do ni­ños.

Siem­pre.

—No­so­tras te desea­mos que ten­gas un día tran­qui­lo, que la no­che va­ya bien ¡y que nos trai­gas lo que he­mos pe­di­do en to­das las ca­sas!

—Pues a dor­mir mu­cho, y se­guir por­tán­doos bien el año que vie­ne.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.