Y EL ME­JOR ROS­CÓN ES...

LA CA­BAL­GA­TA MÁS DUL­CE VA DE A CO­RU­ÑA A VI­GO Y TIE­NE SOR­PRE­SA

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FA­GI­NAS

Se­gu­ro que si uno pien­sa en la co­mi­da de su ma­dre, en la tar­ta de su abue­la, no ima­gi­na otra me­jor. Y a mu­chos co­ru­ñe­ses les pa­sa eso mis­mo con el ros­cón de Flory, que por mu­cho que les di­ga­mos que hay uno me­jor no se lo creen. Lo sa­ben. Lo sa­bo­rean y no pue­den en­ten­der la Na­vi­dad, otra Na­vi­dad, sin po­ner­se a la co­la de es­ta pe­que­ña con­fi­te­ría pa­ra lle­vár­se­lo a ca­sa. Pa­ra los que no son de Co­ru­ña, les cuento que aquí la ten­sión se es­ta­ble­ce sobre to­do en­tre los par­ti­da­rios del ros­cón de Glac­cé y los de Flory, es una ri­va­li­dad de las tan­tas que te­ne­mos los de es­ta ciu­dad, tan da­dos a la bi­po­la­ri­dad hos­te­le­ra (que si los chu­rros de Bo­ni­lla o el Ti­món, o si los par­ti­da­rios de la tor­ti­lla de Be­tan­zos o la clá­si­ca de siem­pre). Nos van los de­ba­tes abier­tos, co­mo abier­ta es la re­ce­ta de es­te clá­si­co de Re­yes por­que nos la cuen­tan sin pro­ble­ma. Sa­be­mos que lle­va hue­vos, que lle­va ha­ri­na, que lle­va azú­car, que lle­va sal, que lle­va le­va­du­ra, man­te­ca, que lle­va... Y has­ta ahí pue­do leer: «Lo que lle­va es sobre to­do mu­cho, mu­cho ca­ri­ño y un ex­ce­len­te pro­duc­to na­tu­ral», me cuen­ta Isa­bel, que in­sis­te en que to­da la ma­te­ria pri­ma y la ma­ne­ra de ela­bo­rar es­ta ex­qui­si­tez es ar­te­sa­na.

RUNNERS CON UNA ME­TA

La re­ce­ta es una he­ren­cia de la per­so­na que fun­dó ha­ce más de cin­cuen­ta años la pas­te­le­ría, y hoy sus res­pon­sa­bles se en­car­gan de que si­ga sien­do fiel a la tradición, sobre to­do en la tradición en la que han con­ver­ti­do ha­cer co­la pa­ra com­prar uno de los mu­chos que ellos ha­cen esa no­che. Aun­que en Flory se ven­den ros­co­nes du­ran­te to­do el año, la vís­pe­ra de Re­yes, la ma­dru­ga­da del día 5, es una es­pe­cie de ma­ra­tón que le ha­ce com­pe­ten­cia a la San Sil­ves­tre del 31. Hay runners de Flory, es­pe­cia­lis­tas en pre­pa­rar­se to­do el año pa­ra lle­gar a tiem­po la ma­ña­na de Re­yes con su ri­quí­si­mo ros­cón. Tie­nen su me­ta y por eso son ca­pa­ces de dar vuel­tas a esa es­qui­na de Fran­cis­co Añón con el en­tu­sias­mo de un co­rre­dor de fon­do. Se lle­van su si­lla ple­ga­ble, se ar­man de ale­gría y por su­pues­to se co­no­cen. Ha­cer la co­la de Flory es una de las tan­tas co­sas que le po­ne a un co­ru­ñés (hay otros que pre­fie­ren ha­cer la de Glac­cé) pa­ra dar­le va­lor a ese trofeo con el que se ter­mi­nan ha­cien­do y que sa­be a glo­ria. Y que bien mo­ja­di­to en ca­fé con le­che o cho­co­la­te se man­tie­ne ju­go­si­to y lo su­fi­cien­te­men­te com­pac­to co­mo pa­ra lle­nar bien la bo­ca y que no se des­ha­ga an­tes por el ca­mino.

El ros­cón de Flory se pue­de mo­jar. O no, pe­ro pa­ra eso hay que po­ner­le mu­chas ga­nas y, co­mo di­cen Isa­bel y Ma­ri­luz (en la ima­gen) mu­cho ca­ri­ño. Por eso el día 5 no pa­ran de des­pa­char ros­co­nes du­ran­te to­do el día y la no­che pa­ra que los clien­tes que­den sa­tis­fe­chos. «No sa­bría cal­cu­lar cuántos ha­ce­mos, es im­po­si­ble lle­var el con­trol, pe­ro so­lo des­can­sa­mos pa­ra co­mer». En Flory los ha­cen de di­fe­ren­tes ta­ma­ños, pe­ro evi­tan la no­ve­dad de la na­ta, la cre­ma por den­tro (sí la lle­va por arri­ba) y el exceso de fru­tas con­fi­ta­das. Pre­fie­ren se­guir la re­ce­ta clá­si­ca y no in­no­var mu­cho por­que tie­nen una le­gión de Florys­tas es­pe­ran­do por su de­li­cia es­tre­lla. ¿Son siem­pre los mis­mos clien­tes los que vie­nen? «Sí, sí, hay de to­do, pe­ro des­pués de tan­tos años — cuen­ta Isa­bel— lo que sí pue­do de­cir­te es que de nues­tra co­la han sa­li­do has­ta ma­tri­mo­nios. Hay pa­re­jas que se han co­no­ci­do es­pe­ran­do por nues­tro ros­cón, y a ba­se de ver­se, año tras año, pues ter­mi­na­ron jun­tos». Ella nos ha­bla has­ta de dos (des­de aquí ya les di­go que nos afa­na­re­mos en en­con­trar­los) que ha uni­do es­te ros­cón. ¡Eso sí que es una sor­pre­sa! «Y tan­to, y tan­to, ima­gí­na­te qué ilu­sión nos ha­ce». «Eso es te­ner mano», le di­go. ¡Va­ya pun­to de coc­ción! Pe­ro Isa­bel no suel­ta más pren­da sobre la re­ce­ta má­gi­ca, así que pa­ra cuan­do me des­pi­do so­lo me re­cuer­da la pa­cien­cia y la ale­gría de su clien­te­la fiel, que re­pi­te to­dos los 5 de enero, y a los que han ter­mi­na­do co­no­cien­do. ¿Le po­néis un re­ga­li­to den­tro? «Sí, ese día tie­ne que lle­var al­go es­pe­cial, y al que le to­que que ven­ga a ha­cer la co­la el pró­xi­mo año», bro­mea. Va a ser que sí. Que es­te año me­jor me co­mo el ros­cón.

FOTO: MAR­COS MÍGUEZ

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