“Ella es mi re­ga­li­to: el me­jor re­ga­lo del Día del Pa­dre”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - VAPOR ELLOS - TEX­TO: PA­TRI­CIA GAR­CÍA

Ca­sua­li­da­des de la vi­da, Ma­nuel Lu­bián se con­vir­tió en pa­dre… el Día del Pa­dre. «Eso es ha­cer las co­sas bien», bro­mea con su pe­que­ña-gran Mar­ti­na al la­do. Fue un 19 de mar­zo de ha­ce 22 años. Ni cor­ba­tas ni ca­mi­sas ni co­lla­res de ma­ca­rro­nes: Mar­ti­na fue un re­ga­la­zo que no cam­bia­ría por na­da. «Es mi re­ga­li­to: el me­jor re­ga­lo del Día Pa­dre. Y así le lla­mo de for­ma ca­ri­ño­sa en ca­sa: ‘re­ga­li­to’, mi pe­que­ña», confiesa Ma­nuel. El lu­nes en ca­sa de los Lu­bián es­ta­rán de do­ble ce­le­bra­ción. «Hay dis­cu­sio­nes a ver quién tie­ne prio­ri­dad: si es más im­por­tan­te mi cum­plea­ños o el Día del Pa­dre», cuen­ta Mar­ti­na con una son­ri­sa. «Po­de­mos ne­go­ciar con el re­ga­lo, quién re­ga­la a quién, la ver­dad es que es di­ver­ti­do. Pe­ro Mar­ti­na ya sa­be que pa­dre no hay más que uno», apun­ta Ma­nuel.

Al mar­gen de las bro­mas, pa­ra él se tra­ta de una fe­cha más que es­pe­cial. «Ser pa­dre es mu­cho más que un día mar­ca­do en el ca­len­da­rio. No hay na­da com­pa­ra­ble a es­to y es al­go que te mar­ca y te cam­bia la vi­da pa­ra siem­pre», ase­gu­ra. Com­par­tir día de ce­le­bra­ción les ha uni­do. Los dos tie­nen un ca­rác­ter fuer­te, son fans de Ella Fitz­ge­rald y un gran gus­to por el ar­te. «To­das las tar­des me lle­va­ba a cla­se de mú­si­ca y me es­pe­ra­ba a la sa­li­da. Era muy pun­tual, no fa­lla­ba, es­ta­ba siem­pre en la puer­ta cin­co mi­nu­tos an­tes», re­cuer­da Mar­ti­na con una son­ri­sa.

UN VÍNCU­LO DI­FÍ­CIL DE ROM­PER

Tam­bién era Ma­nuel el que con­se­guía cal­mar­la cuan­do se po­nía a llo­rar. «Me acuer­do que una vez le te­nían que ha­cer una prue­ba mé­di­ca y no pa­ra­ba. Le di­je a la en­fer­me­ra: dé­ja­me­la a mí que ya ve­rás có­mo se cal­ma. Me pu­se a can­tar y a con­tar­le ton­te­rías y al ra­to de­jó de llo­rar. Siem­pre con­se­guí ha­cer­la reír in­ven­tán­do­me his­to­rias y can­cio­nes», re­la­ta con ter­nu­ra. Un víncu­lo di­fí­cil de rom­per. In­clu­so aun­que a Mar­ti­na, cuan­do era pe­que­ña, no le gus­ta­sen los in­ten­tos de su pa­dre por cui­dar de su ali­men­ta­ción. «Siem­pre me preo­cu­pé de que co­mie­se bien. Y creo que al­go con­se­guí. Sé que aho­ra no lo en­tien­de, pe­ro ya me lo agra­de­ce­rá cuan­do sea ma­yor. Al fi­nal son co­sas que que­dan, un es­fuer­zo que me­re­ce, y mu­cho, la pe­na», confiesa Ma­nuel. Mar­ti­na asien­te a su la­do. Eso es amor de pa­dre e hi­ja, y vi­ce­ver­sa.

Ser pa­dre es mu­cho más que un día mar­ca­do en el ca­len­da­rio, es al­go que te cam­bia pa­ra siem­pre”

MA­NUEL LU­BIÁN (PA­DRE, 57 años) MAR­TI­NA (HI­JA, 22 años)

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