¡SON UNOS CAM­PEO­NES!

NO ES UNA PE­LÍ­CU­LA es la reali­dad de to­dos es­tos chi­cos, que for­man par­te del equi­po «genuine» del Dé­por y que son unos cracs. «Lo me­jor de ju­gar al fút­bol son los com­pa­ñe­ros». En ca­da una de sus fra­ses nos me­ten un gol

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FA­GI­NAS

EL EQUI­PO GENUINE DEL DÉ­POR NOS ME­TE GO­LES DE HU­MA­NI­DAD

An­xo le diag­nos­ti­ca­ron de ni­ño un dé­fi­cit de aten­ción, tie­ne una mi­nus­va­lía del 33 % y des­de que su abue­lo le in­cul­có la afi­ción por el ba­lón, sue­ña con ju­gar al fút­bol. Cuan­do su ma­dre le di­jo que el De­por­ti­vo lo ha­bía con­vo­ca­do pa­ra for­mar par­te del equi­po genuine so­lo se atre­vió a de­cir­le una co­sa: «¿Me es­tás va­ci­lan­do?». Por­que An­xo, co­mo mu­chos otros com­po­nen­tes de es­te equi­po de cam­peo­nes, es­tá acos­tum­bra­do a so­ñar al­to, pe­ro tam­bién a que mu­chos de sus sue­ños no se cum­plan. Una vez se lo di­jo muy cla­ro a su ma­dre, Mónica, que se que­dó viu­da ha­ce tres años y ade­más tie­ne otra hi­ja con una mi­nus­va­lía de más del 80 %, y se emo­cio­na aho­ra al re­cor­dar­lo: «Ma­má, la gen­te di­ce que te­ne­mos dis­ca­pa­ci­dad in­te­lec­tual, ¿se creen que so­mos ton­tos?». An­xo no es so­lo ca­paz, sino muy ca­paz de lle­var a ca­bo to­do aque­llo que se le me­te en la ca­be­za, tie­ne una vo­lun­tad a prue­ba de fra­ca­sos y no es de los que ti­ra la toa­lla. «Le lle­va­rá más tiem­po con­se­guir­lo —me di­ce su ma­dre mien­tras él le da a la pe­lo­ta en los cam­pos de la To­rre—, pe­ro al fi­nal lo ha­ce».

Con An­xo es­tán Se­nén, Ál­va­ro, Juan, Víc­tor, Ga­briel, Da­niel, Álex y to­do un equi­po enor­me de futbolistas (son ca­si 30), que por se­gun­do año per­te­ne­cen a un De­por­ti­vo ge­nuino y úni­co, que ha per­mi­ti­do que es­ta can­te­ra ha­ga lo que más le gus­ta. «El fút­bol les ha cam­bia­do la vi­da», ex­pli­ca Pa­blo Ba­rros (a la de­re­cha de la ima­gen), coor­di­na­dor de es­ta Li­ga en la que se com­pi­te a ni­vel na­cio­nal y que es­te año tie­ne co­mo se­de A Co­ru­ña (Abe­gon­do, del 1 al 3 de fe­bre­ro).

«El fút­bol les ha ayu­da­do a que ten­gan unas re­la­cio­nes per­so­na­les es­pec­ta­cu­la­res. Va mu­cho más allá del he­cho de ju­gar me­jor o peor, su amis­tad y los va­lo­res que apren­den y que nos en­se­ñan es lo que real­men­te cuen­ta», in­di­ca. An­te ini­cia­ti­vas co­mo es­ta, las ma­dres y pa­dres de to­dos es­tos chi­cos no pue­den más que sen­tir agra­de­ci­mien­to, han for­ma­do una pi­ña y no se pier­den un en­treno, en ese otro equi­po que se ha for­ma­do en la gra­da. «Aquí hay al­gu­na di­fe­ren­cia —ex­pli­ca Mai­te, la ma­dre de Ál­va­ro, que tie­ne el sín­dro­me de X frá­gil y una mi­nus­va­lía del 68 %—, aquí nin­guno le gri­ta al ár­bi­tro, ni es­tá ob­se­sio­na­do con que su hi­jo jue­gue en tal o cual po­si­ción, sa­be­mos lo que cues­ta que te abran una puer­ta co­mo es­ta, por eso le da­mos las gra­cias al De­por­ti­vo».

Los pa­dres vi­ven el éxi­to de sus hi­jos co­mo pro­pio y com­par­ten el subidón con los cha­va­les, por eso son una afi­ción que ja­más se en­fren­ta con los equi­pos con­tra­rios. «Ima­gí­na­te, cuan­do ju­ga­mos con­tra el Cel­ta, es­tá­ba­mos to­dos jun­tos, los vi­gue­ses y los co­ru­ñe­ses ani­man­do», se-

ña­la Mai­te. A su la­do, Ga­briel, mi­tad uru­gua­yo y mi­tad ga­lle­go, me cuen­ta lo que su­pu­so que su hi­jo Juan en­tra­se en el Dé­por. «Des­de chi­qui­to nos pe­día ju­gar al fút­bol, era su sue­ño, y yo le de­cía a mi es­po­sa: ‘¿Qué va­mos a ha­cer? ¿Dón­de lo va­mos a apun­tar? ¿Quién va a que­rer a un ni­ño con su mi­nus­va­lía?’. Es­tos chi­cos son ma­ra­vi­llo­sos, son sin­ce­ros, trans­pa­ren­tes, no tie­nen hi­po­cre­sía, si te quie­ren dar un abra­zo, ese abra­zo sa­bes que es de ver­dad, no se an­dan con vuel­tas pa­ra de­cir­te al­go. Los que nos cree­mos ‘nor­ma­les’ te­ne­mos mu­cho que apren­der».

«QUIE­RO SER CO­MO LIA­ÑO» So­lo ha­ce fal­ta em­pe­zar a sa­lu­dar­los pa­ra sen­tir ese ca­ri­ño y no­tar có­mo se des­vi­ven por con­tar lo que su­po­ne pa­ra ellos for­mar par­te de es­te equi­po. El pri­me­ro que ha­bla es Da­niel, el por­te­ro: «Yo des­de que ten­go 5 años era muy fan del Su­per­dé­por, siem­pre me ima­gi­na­ba co­mo Pa­co Lia­ño, así que pen­sa­ba: ’Quie­ro ser igual que Lia­ño, y si no pue­de ser, se­ré Be­be­to’». Jun­to a él es­tá Se­nén, que jue­ga por la ban­da iz­quier­da, y ex­pli­ca que pa­ra él lo me­jor de ju­gar al fút­bol «son los com­pa­ñe­ros y el tiem­po de com­par­tir en el ho­tel, cuan­do ha­cen las sa­li­das [es­te año son cua­tro] a otros cam­pos».

¿Hay al­gún crac en es­te equi­po? ¿Uno que so­bre­sal­ga?, le pre­gun­to a Álex, que me ex­tien­de su mano pa­ra sa­lu­dar­me: «Aquí lo que hay es de­por­ti­vi­dad, or­gu­llo y mu­cho res­pe­to por el otro equi­po. Si te­ne­mos que ga­nar, ga­na­mos; y si no, lo asu­mi­mos. No hay que te­ner ma­los ro­llos, nos lle­va­mos bien, y yo no creo a na­die más crac». «¿Ni si­quie­ra a Car­me­la, que es la úni­ca chi­ca del equi­po?», le re­pli­co. «Car­me­la es bue­na y nos man­da mu­cho», bro­mea.

Por­que Car­me­la, que fue ca­pi­ta­na el año pa­sa­do, es la en­car­ga­da de que na­da les fal­te en los par­ti­dos, de que to­do es­té en su si­tio. Ella tie­ne ves­tua­rio pro­pio, y cuan­do se en­fun­da la equi­pa­ción del en­tre­na­mien­to, se di­ri­ge al ves­tua­rio de los chi­cos por­que hoy uno de ellos cum­ple años. Des­de fue­ra se oye có­mo le can­tan, el ba­ru­llo que ar­man, y al sa­lir Car­me­la me atien­de co­mo la je­fa­za que es: «Ellos se por­tan bien con­mi­go, a ve­ces me ha­cen ca­so y otras no; a mí me gus­ta más el fút­bol sa­la, jue­go de de­lan­te­ra, pe­ro to­da­vía no he mar­ca­do un gol. Eso sí, cuan­do pier­do lo lle­vo fa­tal», se con­fie­sa.

Si en al­go es­tán de acuer­do to­dos los pa­dres es en que ju­gar en un equi­po co­mo el Dé­por, en re­pre­sen­ta­ción de su ciu­dad, les ha da­do a los chi­cos mu­cha au­to­es­ti­ma y se­gu­ri­dad. «Mi hi­jo se sien­te un su­per­hom­bre», di­ce la ma­dre de Víc­tor. «Yo a Se­nén lo veo más or­de­na­do, tie­ne las equi­pa­cio­nes im­pe­ca­bles, las bo­tas... A ve­ces me suel­ta: ‘¿Ma­má, me quie­res más por­que es­toy en el De­por­ti­vo?’. Y yo le di­go: ‘Se­nén, hi­jo, yo te quie­ro igual’».

«Es­tán emo­cio­na­dos, el fút­bol les ha ge­ne­ra­do una ilu­sión y una res­pon­sa­bi­li­dad que an­tes no te­nían, o no la ha­bían ma­ni­fes­ta­do co­mo aho­ra, que se les re­co­no­ce, se les ve y se les tie­ne en cuen­ta», apun­ta Mon­tse, la ma­dre de Ga­briel. «El día que los fue­ron a des­pe­dir los Ria­zor Blues fue inol­vi­da­ble —di­ce Mónica—, to­dos can­tán­do­les, ani­mán­do­los, des­ple­ga­ron una pan­car­ta que po­nía: ‘A vo­sa ilu­sión, o no­so or­gu­llo’, eso fue pa­ra ellos lo má­xi­mo, es­ta­ban flo­tan­do». «Mi hi­jo cuan­do mar­có el otro día dos go­les, se qui­tó la ca­mi­se­ta y se vol­vía lo­co, él es­tá fe­liz so­bre to­do por los com­pa­ñe­ros, tie­ne su gru­po de What­sApp, han he­cho ami­gos, es mu­cho más que el fút­bol», abun­da Mai­te.

To­dos son unos au­tén­ti­cos cam­peo­nes, co­mo los pro­ta­go­nis­tas de la pe­lí­cu­la de Javier Fes­ser, que Es­pa­ña pre­sen­ta a los Os­car y que to­do el equi­po ha vis­to. Tam­bién su en­tre­na­do­ra, Lu­cía Ote­ro (en la fo­to, la se­gun­da por la iz­quier­da), que se re­co­no­ce en el pa­pel que in­ter­pre­ta Javier Gu­tié­rrez. «Pa­ra ellos ver la pe­li fue una ex­pe­rien­cia bru­tal, y hay mu­chas si­tua­cio­nes que son exac­ta­men­te igua­les, co­mo ese mo­men­to en que uno se po­ne las bo­tas al re­vés. Eso nos pa­só aquí tam­bién, pe­ro so­bre to­do ellos te ha­cen re­plan­tear­te la for­ma de en­tre­nar por­que a ve­ces crees que di­ces las co­sas muy cla­ras y no es así. Ellos tie­nen su ló­gi­ca y por tan­to su ra­zón, por eso apli­can li­te­ral­men­te lo que les es­tás man­dan­do».

«Son muy obe­dien­tes, quie­ren ha­cer­lo to­do bien y apren­den a la pri­me­ra. Yo he no­ta­do su evo­lu­ción fí­si­ca, al prin­ci­pio sí ha­bía al­gu­na des­coor­di­na­ción y el mie­do ló­gi­co de ir al cho­que, al ba­lón, pe­ro co­mo cual­quier per­so­na que em­pie­za en es­to», con­clu­ye Lu­cía, que por si aca­so, mien­tras entrena, ex­pli­ca los mo­vi­mien­tos con de­ta­lle. «¿Sal­ta­mos con las dos pier­nas?», pre­gun­ta uno de los futbolistas. «Pri­me­ro una y lue­go la otra», res­pon­de Lu­cía. An­tes de des­pe­dir­me, es­te equi­po uni­do y úni­co po­sa pa­ra la fo­to con los bra­zos en al­to, pe­ro a es­tas al­tu­ras del par­ti­do no ha­ce fal­ta ani­mar­los, les sa­le a ellos so­los el gri­to de den­tro, co­mo los au­tén­ti­cos cam­peo­nes que son: «¡For­za Dé­por, oé!’».

FO­TO: GON­ZA­LO BA­RRAL

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