El dic­ta­dor que creó la pri­me­ra «nar­co­clep­to­cra­cia» ame­ri­ca­na

Apro­ve­chó la tu­te­la de la CIA pa­ra sus ne­go­cios más os­cu­ros, dio un gol­pe de Es­ta­do y pa­só los últimos 26 años en la cár­cel

La Voz de Galicia (Deza) - - Internacional - FRAN­CIS­CO ESPIÑEIRA

Un tu­mor ce­re­bral aca­bó ayer con la vi­da de Ma­nuel Antonio No­rie­ga Mo­reno (Ciu­dad de Pa­na­má, 1934), de 83 años de edad, en la ca­ma de un hos­pi­tal. Era un fi­nal es­pe­ra­do por los más de dos me­ses que llevaba el ex­dic­ta­dor cen­troa­me­ri­cano en cui­da­dos in­ten­si­vos, pe­ro po­co acor­de con el es­pí­ri­tu de hom­bre de ac­ción que siem­pre acom­pa­ñó al que lle­gó a ser pre­si­den­te del país y uno de los hom­bres más po­de­ro­sos de Cen­troa­mé­ri­ca, has­ta que sus ne­go­cios con los cla­nes co­lom­bia­nos de la dro­ga aca­ba­ron con su repu­tación y le con­du­je­ron a pre­si­dio, don­de ha pa­sa­do los últimos 26 años de su vi­da.

Ca­sa­do y pa­dre de tres hi­jas, po­co que­da­ba del enér­gi­co mi­li­tar que fue. Ha­bía su­pe­ra­do dos ata­ques car­dio­vas­cu­la­res y un cáncer de prós­ta­ta, aun­que ha­bía per­di­do par­te de la vi­sión y se mo­vía en si­lla de rue­das. Atrás que­da­ba una vi­da mar­ca­da por la violencia ex­tre­ma y la de­lin­cuen­cia.

Cria­do por unos ami­gos de la familia en uno de los su­bur­bios de Ciu­dad de Pa­na­má, a es­ca­sa dis­tan­cia del ca­nal que da la vi­da eco­nó­mi­ca al país, apro­ve­chó la ayu­da de un her­ma­nas­tro pa­ra en­trar en el Ejér­ci­to y ha­cer ca­rre­ra. En 1968, con ape­nas 34 años, to­mó la de­ci­sión más tras­cen­den­tal de su ca­rre­ra al apo­yar de for­ma de­ci­di­da el gol­pe de Es­ta­do de Omar To­rri­jos. Se con­vir­tió en su hom­bre pa­ra to­do, en su je­fe de in­te­li­gen­cia, has­ta el pun­to de que el dic­ta­dor le lla­ma­ba, en pú­bli­co y en pri­va­do, «mi gáns­ter».

Al­gu­nos crí­ti­cos ase­gu­ran que fue el pro­pio No­rie­ga el que es­tu­vo de­trás de la muer­te de To­rri­jos en un ac­ci­den­te aé­reo en 1981. Pa­ra en­ton­ces, ya era el ver­da­de­ro po­der en la som­bra, el hom­bre de con­fian­za de la CIA pa­ra sus ope­ra­cio­nes en Cen­troa­mé­ri­ca. La tu­te­la de los es­ta­dou­ni­den­ses, an­sio­sos por fre­nar la ex­pan­sión de las re­vo­lu­cio­nes co­mu­nis­tas en El Sal­va­dor y Ni­ca- ra­gua, le per­mi­tió go­zar de car­ta blan­ca pa­ra ha­cer­se mi­llo­na­rio. Eli­gió co­mo so­cios a los prin­ci­pa­les cla­nes de nar­co­tra­fi­can­tes co­lom­bia­nos y ama­só una gran for­tu­na, al tiem­po que se­guía acu­mu­lan­do re­sor­tes de po­der en su país, qui­tan­do y po­nien­do di­ri­gen­tes a su an­to­jo.

Co­que­teó con al­gu­nas de las bes­tias ne­gras de EE.UU., co­mo Fi­del Cas­tro o Ga­da­fi. Y un sub­co­mi­té del Se­na­do es­ta­dou­ni­den­se lle­gó a de­fi­nir­le co­mo «el crea­dor de la pri­me­ra nar­co­clep­to­cra­cia de Amé­ri­ca». En 1984 fue acu­sa­do de frau­de elec­to­ral, en 1985, de ase­si­nar a Hu­go Spa­da­fo­ra, uno de sus crí­ti­cos. En 1988 dio un gol­pe de Es­ta­do y asu­mió la pre­si­den­cia de Pa­na­má has­ta que un año des­pués 28.000 sol­da­dos es­ta­dou­ni­den­ses in­va­die­ron su país y le de­tu­vie­ron en la se­de de la Nun­cia­tu­ra, tras va­rios días de si­tio en los que no pa­ra­ron de atro­nar can­cio­nes de rock y rap que el dic­ta­dor odia­ba. Fue con­de­na­do a 40 años de cár­cel en Mia­mi, ex­tra­di­ta­do a Fran­cia en el 2010, don­de fue juz­ga­do por blan­queo, y a fi­na­les del 2011 re­gre­só a Pa­na­má, a la pri­sión El Re­na­cer pa­ra aca­bar de cum­plir con­de­na. De allí sa­lió en enero pa­ra cum­plir arres­to do­mi­ci­lia­rio en casa de una

de sus tres hi­jas. Ca­pri­les de­nun­ció ha­ber si­do gol­pea­do por la po­li­cía.

MANOOCHER DEGHATI

M. GU­TIÉ­RREZ EFE

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