«Si­ria es una mi­ni­gue­rra mun­dial en la que to­dos sa­can ta­ja­da me­nos los si­rios»

«Nin­gún re­por­ta­je va­le la vi­da de un pe­rio­dis­ta», ase­gu­ra el «free­lan­ce», que na­rra en un li­bro su do­lo­ro­so cau­ti­ve­rio

La Voz de Galicia (Deza) - - Internacional - MAR­TA OTERO

Antonio Pampliega es­cri­bió de me­mo­ria el tes­ti­mo­nio de su cau­ti­ve­rio en Si­ria, don­de vi­vió ca­si 300 días se­cues­tra­do por Al Qaida, una gran par­te de ellos en ais­la­mien­to, lu­chan­do por man­te­ner su dig­ni­dad en me­dio de gol­pes, ame­na­zas y hu­mi­lla­cio­nes. Se ali­men­ta­ba de acei­tu­nas y em­pe­zó a ha­blar so­lo con Dios el día que sus cap­to­res «ju­ga­ron» a es­ce­ni­fi­car su eje­cu­ción. En la os­cu­ri­dad (Pe­nín­su­la) es el dia­rio de un pe­rio­dis­ta que sin­tió du­ran­te me­ses los ojos de la muer­te cla­va­dos en los su­yos. Pampliega ha pro­me­ti­do a su familia no vol­ver a Si­ria, que a su jui­cio «se ha con­ver­ti­do en una mi­ni gue­rra mun­dial don­de to­dos es­tán sa­can­do ta­ja­da me­nos los si­rios, de di­fe­ren­tes for­mas: Ru­sia, Irán, Irak, Ara­bia Sau­dí, in­clu­so EE. UU. o Fran­cia». —No de­be ser fá­cil sa­car to­do eso fue­ra, de me­mo­ria, y po­ner­lo so­bre el papel. —Bueno yo em­pe­cé a es­cri­bir allí y lo que em­pe­zó sien­do una car­ta a mi her­ma­na se aca­bó con­vir­tien­do en un dia­rio don­de iba re­co­gien­do los mo­men­tos más ten­sos, más tris­tes y al­guno nos­tál­gi­co. Guar­da­ba las ho­jas pe­ro me lo aca­bé me­mo­ri­zan­do por­que ellos ya me de­cían que no lo iba a po­der sa­car nin­gún papel. —Es­cri­bir­lo to­do te sir­vió en cier­to mo­do de te­ra­pia, aun­que ima­gino Pampliega me­mo­ri­zó su dia­rio y lo re­pro­du­jo en un li­bro.

que tie­nes que vi­vir con ello. —To­da­vía ten­go que vi­vir con ello, voy a vi­vir con ello to­da mi vi­da y es una lec­ción que tam­po­co quie­ro ol­vi­dar. No quie­ro ol­vi­dar es­tos diez me­ses que he es­ta­do se­cues­tra­do por­que me han ayu­da­do a cam­biar cier­tas par­tes de mi vi­da. Ha si­do una te­ra­pia por­que ten­go que se­guir con mi vi­da, pe­ro hay que po­ner pun­to y apar­te. Me he des­nu­da­do pa­ra que la gen­te en­cuen­tre un re­la­to mu­cho más cer­cano y fran­co. Al fi­nal la gen­te pien­sa que los co­rres­pon­sa­les de gue­rra so­mos hé­roes, y eso es men­ti­ra. So­mos per­so­nas nor­ma­les: yo te­nía 33 años y estaba ate­rro­ri­za­do por­que pen­sa­ba que me iban a ma­tar to­dos los días.

—Con tan­ta hu­mi­lla­ción y al ver la muer­te tan de cer­ca, ¿có­mo lo­gras­te man­te­ner la dig­ni­dad? —Has­ta que me se­pa­ra­ron de mis com­pa­ñe­ros el tra­to era digno. Des­pués me lo qui­ta­ron ab­so­lu­ta­men­te to­do. Lo úl­ti­mo que in­ten­té con­ser­var de la me­jor ma­ne­ra que pu­de fue la dig­ni­dad, y lo hi­ce por­que me acor­da­ba mu­cho de mi ami­go Jim Fo­ley, esa ima­gen de él an­tes de ser ejecutado por el Es­ta­do is­lá­mi­co, de ro­di­llas. No su­pli­ca­ba cle­men­cia, no se de­rrum­bó, no se pu­so a llo­rar. Yo pen­sa­ba: «lle­ga­do el mo­men­to yo quie­ro te­ner esa dig­ni­dad y que mis pa­dres y mis her­ma­nos se sien­tan or­gu­llo­sos de mi». —A pe­sar de que in­sis­tie­ron en con­ver­tir­le, pre­ci­sa­men­te allí cam­bió tu idea de Dios. —Mi re­la­ción con Dios cam­bió el día des­pués de que si­mu­la­ron mi eje­cu­ción. Yo estaba allí so­lo y en ese mo­men­to, no se si por de­s­es­pe­ran­za, al­go me mo­vió a ha­blar con él, y du­ran­te los 205 días que es­tu­ve ais­la­do no fal­té a mi ci­ta. Nun­ca le pe­dí que me sa­ca­ra de allí, pe­ro yo sé que él me cui­dó. —¿Lo que más due­le es ver lo que pa­só tu familia? —Sí, ver lo que han su­fri­do, có­mo les ha pa­sa­do fac­tu­ra. Cuan­do me fui a Irak en Na­vi­dad mi her­ma­na no qui­so dar­me un be­so por­que de­cía que la úl­ti­ma vez que lo ha­bía he­cho es­tu­vo a pun­to de no vol­ver a ver­me. Ese sen­ti­mien­to de cul­pa te per­si­gue du­ran­te mu­chos, mu­chos me­ses. —En el cau­ti­ve­rio te plan­teas­te si que­rías se­guir sien­do pe­rio­dis­ta. —Me lo pre­gun­té, pe­ro la ver­dad es que si­go ha­cien­do mi tra­ba­jo, y mi familia no me ha he­cho nin­gún ti­po de re­pro­che. Al fi­nal pa­ra mi es lo más im­por­tan­te. —Pe­ro sí que hay una pro­me­sa de no vol­ver a Si­ria. —Sí, eso es ver­dad, pe­ro es que tam­po­co me­re­ce la pe­na. Me hu­bie­ra gus­ta­do se­guir na­rran­do la gue­rra de Si­ria por­que creo que se me­re­cen que al­guien va­ya allá a con­tar el ho­rror, pe­ro nin­gún re­por­ta­je va­le la vi­da de un pe­rio­dis­ta y muer­to no sir­ves pa­ra na­da. —En el li­bro in­ten­tas ex­pli­car­te las ra­zo­nes que lle­van a los se­cues­tra­do­res a ac­tuar así. ¿Les has per­do­na­do? —Yo no los odio, y eso es una co­sa que he te­ni­do que tra­ba­jar mu­chí­si­mo. Lo que no ha­go es per­do­nar­los, pe­ro no por lo que me han he­cho a mí, sino por lo que le han he­cho su­frir a mi familia. No les per­dono. Pe­ro tam­po­co tie­ne sen­ti­do odiar, hay que avan­zar en la vi­da y se­guir, por­que ellos se ali­men­tan de nues­tro odio. Ma­cri abra­za a Mal­co­rra tras anun­ciar su re­le­vo.

A. BAULUZ EFE

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