El pe­que­ño gran co­mer­cio

La Voz de Galicia (Deza) - - Opinión - CÉ­SAR CA­SAL

Si ha­ce­mos ca­so de los co­men­ta­rios sur­gi­dos a raíz de la cam­pa­ña del pe­que­ño co­mer­cio con­tra el aban­dono que su­fren, to­dos los ten­de­ros de es­te país ten­drían que es­tar fo­rra­dos. Y no es así. Hoy Aman­cio Or­te­ga no po­dría ha­ber em­pe­za­do con su tien­da de ba­tas. Así de cla­ro. Lo ha­brían freí­do a im­pues­tos, a exi­gen­cias. Ser au­tó­no­mo e in­ten­tar ti­rar de un ne­go­cio es so­lo pa­ra hé­roes.

Si ha­ce­mos ca­so de las reac­cio­nes a la jus­ta y ne­ce­sa­ria cam­pa­ña que gri­ta El pe­que­ño co­mer­cio di­ce bas­ta ya, las tien­das de las ciu­da­des es­ta­rían aba­rro­ta­das de clien­tes a los que no les im­por­ta pa­gar un po­co más a cam­bio de un tra­to cer­cano y cá­li­do, mu­chas ve­ces en­tra­ña­ble, por­que el que te ven­de es tu ve­cino, al que lue­go ves to­man­do un ca­fé en el bar.

Si ha­ce­mos ca­so de lo que se ha oí­do des­de la pro­tes­ta de tan­tos es­for­za­dos em­pren­de­do­res que han di­cho que son in­vi­si­bles en es­ta so­cie­dad de la com­pra anó­ni­ma y a dis­tan­cia, re­sul­ta que no hay un ga­lle­go que no com­pre en esa tien­da de la es­qui­na, en su ba­rrio. Na­die sa­be lo que es Ama­zon. No hay ni un com­pra­dor que no bus­que gan­gas sin in­ter­me­dia­rios por In­ter­net. No exis­ten cul­pa­bles en lo que les pa­sa a los pe­que­ños co­mer­cios que no pue­den com­pe­tir con las re­ba­jas per­pe­tuas co­mo las nie­ves del Hi­ma­la­ya de las gran­des ca­de­nas o de la pan­ta­lla del mó­vil.

Lo que pa­sa es que ha­blar es gra­tis y las men­ti­ras no pe­san. Pe­ro en los ba­rrios nos co­no­ce­mos to­dos. Y sa­be­mos que en el pe­que­ño co­mer­cio si­guen com­pran­do cua­tro, de las que tres son abue­las o abue­los que no pue­den des­pla­zar­se.

Des­pre­cia­mos a nues­tros es­for­za­dos ve­ci­nos que tie­nen el ne­go­cio al pie de nues­tras ca­lles. Lo de fa­vo­re­cer la eco­no­mía cer­ca­na es muy poé­ti­co pe­ro muy po­cos lo prac­ti­can. Hay al­gu­nos va­lien­tes que re­co­no­cen que pre­fie­ren la com­pra fa­bu­lo­sa por In­ter­net pa­ra mi­rar por su eco­no­mía. Pe­ro que no mien­tan. Que no di­gan que tam­bién les gus­ta vi­vir el ba­rrio.

La tra­ge­dia del pe­que­ño co­mer­cio es la mis­ma que la de las al­deas. To­dos ha­blan ma­ra­vi­llas, pe­ro muy po­cos las pi­san. Y cuan­do van es­tán un ra­to y sa­len hu­yen­do pa­ra po­ner­se a la co­la del atas­co ha­cia una su­per­fi­cie co­mer­cial o pa­ra que­mar­se los ojos en la pan­ta­lla com­pran­do por In­ter­net. Dan tra­ba­jo, sí. A los re­par­ti­do­res. Pien­sen que ca­da vez que vean cre­cer el ejér­ci­to de re­par­ti­do­res mal pa­ga­do, más tien­das de su ba­rrio ce­rra­rán sus puer­tas y ten­dre­mos a otro ve­cino con la vi­da es­tra­ga­da.

La tra­ge­dia de los ten­de­ros es la mis­ma que la de las al­deas. To­dos di­cen que ado­ran la al­dea y la tien­da de la es­qui­na, pe­ro ca­si na­die las pi­sa

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