“Yo no ha­ría los chis­tes de Ró­ber Bo­de­gas, pe­ro es­toy de acuer­do con

Ci­ta a Aris­tó­te­les y a Fer­nán Gó­mez. Ha­bla igual de fí­si­ca en un pla­tó que de me­ta­fí­si­ca en un es­ce­na­rio. Es ca­paz de pro­cla­mar­se «ex­per­to en asun­tos ame­ri­ca­nos» sin ha­ber pues­to un pie allí. Y, aun­que pro­cu­ra no ofen­der, no es de los que se ca­llan

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - ESCENA . HUMOR - CÓ­MI­CO TEX­TO: CAR­LOS CRES­PO

n el Olim­po de la co­me­dia so­lo hay si­llón pa­ra unos po­cos. El de Goyo Jiménez se­me­ja in­to­ca­ble. Su doc­ta eru­di­ción —im­pa­ga­ble he­ren­cia de los clá­si­cos—, su co­ti­dia­na pers­pi­ca­cia, el de­li­cio­so ab­sur­do de su na­rra­ti­va y un ta­lan­te a prue­ba de ha­ters, lo con­sa­gran. Es­tos días vi­si­ta Ga­li­cia pa­ra pre­sen­tar Ai­guan­tu­li­vi­na­mé­ri­ca 2. «Que no es una se­cue­la sino una pre­cue­la», ad­vier­te, en la que ex­pli­ca el por­qué de su ob­se­sión por los ame­ri­ca­nos.

—No me di­rá que no hay alu­sio­nes a la reali­dad ac­tual de EE. UU.

—Cla­ro que las hay. Trump apa­re­ce pe­ro no es el eje cen­tral. Tra­to de ex­pli­car qué ha pa­sa­do pa­ra lle­gar a él.

—Pue­de ade­lan­tar­nos un par de claves, a ver si así lo en­ten­de­mos.

—Ellos pre­ten­den re­cu­pe­rar una Ar­ca­dia fe­liz, que real­men­te no ha exis­ti­do nun­ca. Es fru­to de esa in­fan­ti­li­za­ción por par­te de la so­cie­dad en la que es­ta­mos ca­yen­do en to­do el mun­do.

—¿Có­mo se com­por­ta us­ted cuan­do es­tá allí?

—¿En Amé­ri­ca? No he es­ta­do nun­ca.

—¡!

—Ten­go un pro­yec­to pa­ra ir por pri­me­ra vez y ha­cer un pro­gra­ma en el que ir com­pro­ban­do in si­tu si son cier­tos to­dos esos tó­pi­cos que he ido ver­tien­do so­bre ellos du­ran­te es­tos años.

—¿Cuál es la cos­tum­bre más ab­sur­da que he­mos asi­mi­la­do de EE. UU.?

—El ex­ce­so de co­rrec­ción po­lí­ti­ca. Yo con­fia­ba en que la vie­ja y so­se­ga­da Eu­ro­pa, con su ca­pa­ci­dad cí­ni­ca de des­con­fiar de to­do, se sal­va­se de eso pe­ro no, la mo­da nos ha lle­ga­do y nos es­ta­mos vol­vien­do unos san­tu­rro­nes.

—Apro­ve­cho el pie. ¿Qué re­fle­xión ha­ce de lo su­ce­di­do con Ró­ber Bo­de­gas?

—Que los có­mi­cos no po­de­mos es­tar so­me­ti­dos en fun­ción de la fu­ria con la que un gru­po se ma­ni­fies­te. Yo per­so­nal­men­te no ha­bría he­cho esos chis­tes pe­ro es­toy ab­so­lu­ta­men­te de acuer­do con que él los ha­ga. Es hu­mor. Es fic­ción. Yo soy el pri­me­ro que lu­cho por que las mi­no­rías de­jen de es­tar opri­mi­das. Pe­ro no pa­ra que se con­vier­tan en opre­so­ras.

—¿Se ha sen­ti­do al­gu­na vez ame­na­za­do?

—Hoy a tra­vés de las re­des so­cia­les cual­quier ener­gú­meno pue­de in­sul­tar­te y no pa­sa na­da. ¿Cuál se­rá el si­guien­te pa­so? Que nos agre­dan, que nos dis­pa­ren. ¿Por qué no? Yo co­mo có­mi­co sé que es­toy ex­pues­to a que me cri­ti­quen, se rían o se bur­len de mí. A que me lla­men cal­vo, po­lla vie­ja, lo que sea. De acuer­do, haz de mí los chis­tes que quie­ras. Pe­ro no me di­gas lo que pue­do ha­cer y lo que no. Y, por su­pues­to, no me ame­na­ces.

—¿Has­ta qué pun­to si­tua­cio­nes co­mo es­ta pue­den ge­ne­rar au­to­cen­su­ra?

—Cla­ro que la ge­ne­ra. Mu­chí­si­ma. La gen­te quie­re tra­ba­jar y evi­tar­se pro­ble­mas y va a lo se­gu­ro. Uno se lo pien­sa dos ve­ces an­tes de de­cir se­gún qué co­sas. Por eso yo gra­bo tan po­ca te­le­vi­sión. Por­que lo que el pú­bli­co va a ver allí no es lo que yo ha­go.

—Us­ted siem­pre ha de­ja­do cla­ro que ha­bía que di­so­ciar po­lí­ti­ca y hu­mor.

—Hoy la po­lí­ti­ca se pa­re­ce a un pro­gra­ma de te­le­vi­sión. Lleno de ana­lis­tas que es­tu­dian las au­dien­cias y lo que se de­be de­cir y lo que no. Yo creo que los se­res hu­ma­nos so­mos ca­pa­ces de en­ten­der­nos sin tan­tos in­ter­me­dia­rios que nos di­ri­jan. So­bran po­lí­ti­cos y, so­bre to­do, so­bran ase­so­res. Son la pes­te de nues­tro tiem­po.

—Ha pre­sen­ta­do un pro­gra­ma de cien­cia en te­le­vi­sión. ¿Le in­tere­sa más la fí­si­ca o la me­ta­fí­si­ca?

—Me in­tere­sa que vuel­van a es­tar uni­das. Has­ta el si­glo XVIII los fi­ló­so­fos eran los cien­tí­fi­cos y vi­ce­ver­sa. Des­pués a los cien­tí­fi­cos se les em­pe­zó a cri­ti­car si iban más allá de la fí­si­ca y se po­nían a es­pe­cu­lar so­bre otro ti­po de co­sas. Hoy de nue­vo unos y otros se es­tán ro­zan­do. Y eso es po­si­ti­vo. Gran par­te de los pro­ble­mas que vi­vi­mos es por la au­sen­cia de me­ta­fí­si­ca. He­mos de­ja­do de creer en na­da que no sea el so­por­te ma­te­ria­lis­ta y he­do­nis­ta en el que vi­vi­mos y así nos va. DES­DE 19,50 EU­ROS

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