Soy mo­nár­qui­ca, ca­tó­li­ca, so­cia­lis­ta y del Real Madrid

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - EN POR­TA­DA . ENTREVISTA -

mien­tras ha­cía Rei­na Jua­na, él me iba man­dan­do co­sas que iba es­cri­bien­do y me par­tía de la ri­sa, me ser­vían de te­ra­pia al lle­gar a ca­sa.

—¿Có­mo es tra­ba­jar con tu hi­jo?

—Es di­fí­cil, por­que es muy es­tric­to, muy se­rio, pe­ro lo que es­cri­be es muy di­ver­ti­do y gra­cio­so. Él tie­ne una ca­pa­ci­dad de imi­ta­ción in­creí­ble. Cuan­do era pe­que­ño yo le de­cía: ‘¿Por qué no te de­di­cas a ser ac­tor imi­tan­do a la gen­te?’, pe­ro a me­di­da que ha ido pa­san­do el tiempo, tie­ne aho­ra 42 años, se ha vuel­to más se­rio. Ade­más, tie­ne el com­ple­jo de que se van a me­ter con él, y a mí no me de­ja ni una mor­ci­lla.

—¿No te per­mi­te nin­gún pri­vi­le­gio?

—Nada, nin­guno, y yo se lo agra­dez­co. Te­ne­mos tres ac­to­res jó­ve­nes que es lo pri­me­ro que ha­cen, él quie­re que vean el ejem­plo de que la ac­triz ma­yor, la gran di­va que es su ma­dre, se atie­ne al tex­to, a la po­si­ción en el es­ce­na­rio.

—¿Si opi­nas di­fe­ren­te, le co­men­tas?

—Si lo hi­cie­ra mal no hu­bie­ra per­mi­ti­do que di­ri­gie­ra, eh... No, no, que yo soy de las que me car­go a los di­rec­to­res. Me car­gué a un di­rec­tor cua­tro días an­tes de es­tre­nar una obra de Antonio Ga­la en Bil­bao. Me di­jo una or­di­na­riez y le di­je: ‘Te vas por esa puer­ta’, y me di­ce: ‘Me voy y aho­ra vuel­vo’. Y yo: ‘No, te vas y no vuel­ves’. Y no vol­vió. Yo no he per­mi­ti­do nada, eso que di­cen aho­ra del aco­so, a mí un di­rec­tor me da un gri­to y no me da el se­gun­do. Pe­ro ni cuan­do yo em­pe­za­ba, qué es eso de que te gri­ten, te chi­llen y te mal­tra­ten. Manuel es muy res­pe­tuo­so y si no fue­ra así, no hu­bie­ra per­mi­ti­do que di­ri­gie­ra. ¡Que yo era pro­ta­go­nis­ta con 18 años! Y ten­go 78. A mí no me ha da­do un gri­to na­die en la vi­da.

—¿Al­gu­na vez has he­cho de muer­ta?

—No. Mo­rir­me sí, que lo he he­cho di­vi­na­men­te. Yo siem­pre pongo el ejem­plo del tan de­nos­ta­do Ke­vin Spa­cey, yo no he de­ja­do de ver a Ke­vin Spa­cey, a mí me ha pa­re­ci­do un ac­tor ma­ra­vi­llo­so. ¿Que se ha equi­vo­ca­do en la vi­da? Pues que lo pa­gue pe­ro, ¿que nos prohí­ban ver su tra­ba­jo? ¡Có­mo se atre­ven! O a Mar­lon Bran­do, en El úl­ti­mo tan­go en Pa­rís, eso se lo he co­pia­do yo en Pim, pam, pum... ¡fue­go! Cuan­do me pe­ga el ti­ro Fer­nán Gó­mez yo abro los ojos co­mo él.

—Que la gen­te no se asus­te, apa­re­ces muer­ta so­bre el es­ce­na­rio.

—Sí, sí, me tu­vie­ron cin­co ho­ras pa­ra ha­cer­me la más­ca­ra. Yo ya me ha­bía he­cho una más­ca­ra pa­ra el per­so­na­je de San­ta Te­re­sa y lue­go me qui­sie­ron ha­cer una pa­ra el Mu­seo de Ce­ra, pe­ro yo di­je que no, por­que ahí depende de quien man­de te po­nen o te qui­tan. El pú­bli­co sube, me ve muer­ta y es­cri­be en el li­bro de fir­mas y me de­jan co­sas pre­cio­sas.

—¿No te da mal ro­llo?

—No, no me da nin­gún mal ro­llo, hi­ja mía. Yo creo que a la muer­te hay que mi­rar­la de fren­te cuan­do se tie­ne cer­ca co­mo la ten­go yo. Soy ma­yor, he es­ta­do muy en­fer­ma, yo lo úni­co que pi­do es que me dé tiempo a con­fe­sar­me. Cuan­do me ope­ra­ron ha­ce cua­tro años, hu­bo un mo­men­to en que me tu­vie­ron que dar la ex­tre­maun­ción y mis hi­jos, que es­ta­ban pre­sen­tes, se lo to­ma­ron muy en se­rio por­que yo lo hi­ce con una se­rie­dad, y el mé­di­co lo per­mi­tió. An­tes de ba­jar a qui­ró­fano, yo di­je: ‘¿Hay un sa­cer­do­te?’. ‘Sí’. ‘Pues que pa­se’. So­lo pi­do te­ner la cla­ri­dad y te­ner tiempo pa­ra que Dios me per­do­ne, que sé que me per­do­na­rá.

—He leí­do has­ta que has vi­sua­li­za­do tu en­tie­rro y que quie­res que te me­tan con to­dos los pre­mios. No ca­ben.

—No ca­ben, (ri­sas), pe­ro es­to se lo voy a co­piar yo a Gua­da­lu­pe Muñoz Sam­pe­dro que cuan­do mu­rió su hi­ja, co­mo vi­vían en una ca­sa en la que no ha­bía as­cen­sor ba­ja­mos en­tre to­dos la ca­ja por la es­ca­le­ra, y aque­llo so­na­baaa. Y le di­ji­mos: ‘¿Pe­ro qué has me­ti­do den­tro? Y di­ce: ‘To­do. Sus fotos, sus pre­mios, el rosario, las bra­gas con las que se ca­só...’. Yo ya les he di­cho a mis hi­jos que me pon­gan con to­do, pe­ro ten­go un Go­ya de Ho­nor que es tan gran­de, que va a qui­tar mu­cho si­tio.

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