CAR­MEN TAL

Su in­tui­ción y su tra­ba­jo son la cla­ve del éxi­to de Mo­roc­ca­noil, una fir­ma que en ape­nas 10 años ha triun­fa­do en 68 paí­ses. Es­ta chi­le­na re­si­den­te en Nue­va York nos ha­bla de éxi­to, rein­ven­cio­nes y tin­tes mal apli­ca­dos...

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Belleza Vip - Por GERVASIO PÉ­REZ Fo­to­gra­fía: RYAN AN­DER­SON

MO­ROC­CA­NOIL SE HA CON­VER­TI­DO en un fe­nó­meno glo­bal. En los 10 años que aho­ra cum­ple, la fir­ma ha pa­sa­do de en­con­trar­se so­lo en al­gu­nos sa­lo­nes de Nue­va York y Que­bec a con­tar con mi­les de pun­tos de ven­ta en 68 paí­ses; de te­ner 10 em­plea­dos a con­tar con los 400 ac­tua­les; y de ser la úni­ca fir­ma de be­lle­za en uti­li­zar acei­te de ar­gán (en­ton­ces un in­gre­dien­te ca­si anec­dó­ti­co en la cos­mé­ti­ca oc­ci­den­tal, aun­que en Ma­rrue­cos se usa des­de ha­ce si­glos) a con­ver­tir­se en una au­tén­ti­ca re­fe­ren­cia en la in­dus­tria cos­mé­ti­ca. La chi­le­na Car­men Tal es la ar­tí­fi­ce de es­te éxi­to. Emi­gró ha­ce más de 30 años a Ca­na­dá y aho­ra re­si­de en Nue­va York, des­de don­de di­ri­ge la com­pa­ñía.

Mu­jer­hoy. Es cu­rio­so que to­do em­pe­za­ra por el error de una pe­lu­que­ra. Cuén­te­nos qué le pa­só, có­mo creó la em­pre­sa. Car­men Tal. Yo no te­nía ni idea de pe­lu­que­ría, ni de co­lor, de cor­te o de es­ti­lis­mo, pe­ro ha­ce 12 años abrí un sa­lón de be­lle­za en Mon­treal por­que un ami­go es­ti­lis­ta me pro­pu­so crear ese negocio y le apo­yé. Fue en­ton­ces cuan­do una chi­ca que tra­ba­ja­ba con­mi­go me hi­zo un tin­te y me de­jó el pe­lo co­lor na­ran­ja. Me lo des­tro­zó, fue un desas­tre to­tal. Y el arre­glo fue aún peor... Me ha­bía ma­cha­ca­do el pe­lo. Yo te­nía una bo­da en Is­rael po­co des­pués, de un fa­mi­liar de mi en­ton­ces ma­ri­do. A pe­sar del desas­tre, de­ci­dí no cor­ta­me el pe­lo por­que ya te­nía pen­sa­do có­mo iría y no ha­bía tiem­po pa­ra cam­biar.

En­to­ces, en Is­rael, su cu­ña­da obró el mi­la­gro.

Me lle­vó a un pe­que­ño sa­lón y me pu­sie­ron acei­te de ar­gán. Me lo lle­vé y, des­pués de unos días, mi pe­lo se em­pe­zó a re­cu­pe­rar. Apli­can­do so­lo unas go­tas, vi que la tex­tu­ra, el co­lor, to­do... se re­cu­pe­ra­ban in­me­dia­ta­men­te. No da­ba cré­di­to.

“El éxi­to es cues­tión de suer­te o de mu­cha suer­te”

Y en­ton­ces se pu­so a in­ves­ti­gar.

Pen­sé: “Aquí hay al­go bueno...”, así que le di­je a mi en­ton­ces ma­ri­do, que ha­bla he­breo, que lla­ma­ra a la em­pre­sa que lo co­mer­cia­li­za­ba pa­ra re­pre­sen­tar­la en Ca­na­dá. El no que­ría, no es­ta­ba na­da se­gu­ro, me de­cía que có­mo íba­mos a me­ter­nos en un negocio que no co­no­cía­mos... Pe­ro yo no pa­ra­ba de dar­le vuel­tas. Seis me­ses des­pués, mi ma­ri­do te­nía que ir de nue­vo a Is­rael y en­ton­ces les co­no­ció, vio có­mo fun­cio­na­ban y acor­da­mos la dis­tri­bu­ción en Amé­ri­ca del Nor­te.

¿Les ayu­dó el bo­ca a bo­ca en la ex­pan­sión ini­cial?

Sí, íba­mos a los sa­lo­nes de pe­lu­que­ría pa­ra dar­lo a co­no­cer. Los es­ti­lis­tas lo usa­ban con sus clien­tas y, cuan­do lo pro­ba­ban, nos lla­ma­ban sin pa­rar. A los pe­lu­que­ros les gus­tó des­de el pri­mer mo­men­to, por­que les fa­ci­li­ta mu­cho el tra­ba­jo pa­ra de­jar a sus clien­tas más gua­pas.

Se lo pre­gun­ta­ba por­que ha­ce nue­ve o 10 años, en un ir y ve­nir en­tre des­fi­le y des­fi­le en la se­ma­na de la mo­da de Nue­va York, lo com­pré en una pe­que­ña per­fu­me­ría cer­ca de Ti­mes Squa­re. Me ha­bían re­co­men­da­do no ir­me sin él. Fue un éxi­to in­me­dia­to. ¡Una tor­men­ta! En agos­to con­tra­ta­mos un pe­que­ño stand en una feria de be­lle­za en Nue­va York y en­con­tra­mos al pri­mer dis­tri­bui­dor en la Cos­ta Oes­te. En una se­ma­na no pa­ra­ban de lla­mar dis­tri­bui­do­res de to­das par­tes... Y en un año cam­bió to­do y com­pra­mos la fá­bri­ca en Is­rael.

Sue­na muy fá­cil, pe­ro su­pon­go que no lo se­ría tan­to.

Bueno, tu­vi­mos que es­ta­ble­cer un plan de negocio y unas prio­ri­da­des, por su­pues­to. Reu­bi­ca­mos la fá­bri­ca en el nor­te de Is­rael, con ins­ta­la­cio­nes ma­yo­res y una tec­no­lo­gía más mo­der­na; y em­pe­za­mos a pro­du­cir no­so­tros mis­mos pa­ra abas­te­cer esa de­man­da cre­cien­te. Tu­vi­mos que es­ta­ble­cer un plan de negocio con nue­vos pro­duc­tos pa­ra el de­sa­rro­llo in­ter­na­cio­nal... Yo lo com­pa­ro con ser ma­dre: cuan­do tie­nes un hi­jo, y yo ten­go tres, no sa­bes adón­de vas; sa­bes cuál es el co­mien­zo, pe­ro no sa­bes dón­de lle­ga­rás... Lo po­nes to­do: em­pe­ño, ca­ri­ño, de­di­ca­ción, es­fuer­zo, en­tu­sias­mo y em­pie­zas a ca­mi­nar.

Han edu­ca­do muy bien a ese hi­jo...

Se­pa­ra­mos muy bien la par­te crea­ti­va y la ges­tión empresarial. Mi en­ton­ces ma­ri­do se ocu­pó de las fi­nan­zas y yo de la crea- ti­vi­dad. Y nos ro­dea­mos de per­so­nas con ta­len­to, que es al­go fun­da­men­tal; si no, no lle­gas a nin­gún si­tio.

¿Hay que de­jar de la­do egos e in­se­gu­ri­da­des?

Sin du­da. No­so­tros lo tu­vi­mos cla­ro. Nos di­mos cuen­ta de que lo que es­ta­ba su­ce­dien­do era muy especial, que no pa­sa mu­chas ve­ces en la vi­da... Hu­bo una con­fluen­cia de fac­to­res que lo hi­zo po­si­ble: lle­ga­mos en el mo­men­to jus­to con el pro­duc­to pre­ci­so, y tu­vi­mos suer­te y la ayu­da de Dios. Fue una com­bi­na­ción de co­sas; unas de­pen­dían de no­so­tros y otras, no.

¿El azar siem­pre in­flu­ye?

Los ami­gos se ríen cuan­do les di­go que el éxi­to es so­lo una cues­tión de te­ner suer­te o mu­cha suer­te.

Aun­que lo vio ve­nir...

Su­pe que es­te pro­yec­to era muy especial. Y siem­pre hay que es­tar abier­tos a la in­tu­ción, a lo que la vi­da te mues­tre.

¿Se­rán más fá­ci­les los pró­xi­mos 10 años de Mo­roc­ca­noil?

Qui­zá sí, qui­zá no. Hay que se­guir tra­ba­jan­do con la mis­ma ilu­sión que el pri­mer día. La in­dus­tria de la be­lle­za es muy di­ná­mi­ca y eso siem­pre su­po­ne un ali­cien­te más. Se­gu­ro que no se­rá más fá­cil, pe­ro se­rá más en­tre­te­ni­do, ab­so­lu­ta­men­te.

¿En qué quieren cre­cer?

Aho­ra mis­mo, en el negocio di­gi­tal y en de­vol­ver a la co­mu­ni­dad par­te de lo que la so­cie­dad nos da. In­ci­dir en los as­pec­tos me­dioam­bien­ta­les, en la ca­li­dad de los in­gre­dien­tes na­tu­ra­les que uti­li­za­mos... Re­no­var­se es fun­da­men­tal en la vi­da. Ali­men­tar­se bien, arre­glar­se... Si no te rein­ven­tas, no avan­zas. Y la vi­da es siem­pre avan­ce.

¿Sus ob­je­ti­vos per­so­na­les?

Te­ner más tiem­po pa­ra mí y desa­rro­llar otras cues­tio­nes que tam­bién me sen­si­bli­li­zan. Ayu­dar a la edu­ca­ción de co­mu­ni­da­des de mu­je­res, por­que gra­cias a la edu­ca­ción el im­pac­to de las mu­je­res en la so­cie­dad es mu­cho ma­yor. Y quie­ro ayu­dar a mis hi­jos, que tie­nen 19, 21 y 23 años, a en­con­trar su pro­pio ca­mino. Si quieren in­cor­po­rar­se a la em­pre­sa, se­rán bien­ve­ni­dos. Y si no, hay que ayu­dar­los a en­con­trar su pro­pia voz, su es­pa­cio y su tiem­po.

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