¿Quién te­me al lo­bo fe­roz?

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Firmas - por Car­men Po­sa­das www.xl­se­ma­nal.com/fir­mas

abue­la, ¿exis­ten los ma­los?». La pre­gun­ta me co­gió com­ple­ta­men­te des­pre­ve­ni­da. Mi nie­ta Car­men que­ría sa­ber al­go que nin­gún ni­ño de otras ge­ne­ra­cio­nes hu­bie­se pre­gun­ta­do ja­más. Por­que los niños de ge­ne­ra­cio­nes an­te­rio­res, la mía, la su­ya, la de mis hi­jas in­clu­so, sa­bían que ha­bía ma­los y bue­nos. Ni si­quie­ra ha­cía fal­ta que se los asus­ta­ra con de­ta­lles san­grien­tos co­mo los que apa­re­cen en los cuen­tos tra­di­cio­na­les pa­ra que es­tu­vie­ran so­bre avi­so de los pe­li­gros que po­dían en­con­trar por ahí. Se di­ce siem­pre que los cuen­tos cum­plen –o al me­nos cum­plían– esa fun­ción, uti­li­zar un mi­to pa­ra que los niños com­pren­die­ran la reali­dad. El pro­ble­ma es que, en sus ver­sio­nes ori­gi­na­les, es­tas na­rra­cio­nes son te­rri­bles. El lo­bo se co­me a la abue­li­ta, Piel de Asno hu­ye por­que su pa­dre quie­re ca­sar­se con ella (sic) y Pul­gar­ci­to es aban­do­na­do en el bos­que por sus pa­dres, que tie­nen ya otros sie­te hi­jos y no pue­den ali­men­tar tan­tas bo­cas. Sí, los cuen­tos clá­si­cos son crue­les. Ni si­quie­ra es­ta­ban pen­sa­dos pa­ra el pú­bli­co in­fan­til, sino que re­co­gían vie­jas na­rra­cio­nes y le­yen­das que iban pa­san­do de pa­dres a hi­jos. Sin em­bar­go, cum­plían una fun­ción. Se­gún Bruno Bet­tel­heim, cé­le­bre au­tor de Psi­coa­ná­li­sis de los cuen­tos de ha­das, los cuen­tos ayu­dan a en­ten­der la vi­da. ¿Có­mo? Se­gún él, dán­do­nos he­rra­mien­tas pa­ra re­sol­ver problemas y con­flic­tos psi­co­ló­gi­cos en el plano sim­bó­li­co. Otros ex­per­tos han ob­ser­va­do que en los pri­me­ros diez años de la vi­da la men­te apren­de más y me­jor a tra­vés de la na­rra­ción de cuen­tos, pues­to que los arquetipos y la na­tu­ra­le­za má­gi­ca de es­tos ha­cen más fá­cil la com­pren­sión de con­flic­tos hu­ma­nos que el ni­ño no al­can­za a en­ten­der de otro mo­do. Yo, por mi par­te, pien­so que es­tas vie­jas na­rra­cio­nes son una es­pe­cie de va­cu­na. El ni­ño, pro­te­gi­do en bra­zos de sus pa­dres mien­tras leen jun­tos un li­bro, 'vi­ve' las di­fi­cul­ta­des, las pe­nu­rias e in­clu­so los te­rro­res que ex­pe­ri­men­tan los per­so­na­jes apren­dien­do así y de for­ma vi­ca­ria que en el mundo pa­san co­sas malas, que no to­do es Dis­ney­lan­dia, co­mo aho­ra ha­cen creer a los pe­que­ños. Es­tá muy ex­ten­di­do ese afán de pre­ser­var a los niños de to­do lo 'feo', no sea que se trau­men. De ahí que se les di­ga que el do­lor no exis­te, tam­po­co las in­jus­ti­cias ni la muer­te; to­do el mundo es bueno. Y eso de pin­tar la vi­da de rosa es­ta­ría muy bien si no fue­ra por­que la reali­dad va por otro la­do y ellos lo ven to­dos los días. En las no­ti­cias de la te­le, por ejem­plo, que ha­blan de niños des­apa­re­ci­dos o muer­tos; tam­bién en el co­le­gio don­de co­no­cen –o tal vez in­clu­so su­fren– ca­sos de bull­ying o abu­sos. Des­pués de que se su­pie­ra que Ga­briel Cruz ha­bía en­con­tra­do la muer­te a ma­nos de la pa­re­ja de su pa­dre, di­ver­sos es­pe­cia­lis­tas ex­pli­ca­ron en los me­dios de co­mu­ni­ca­ción có­mo ha­bía que ha­blar a los pe­que­ños de lo su­ce­di­do. Ca­si to­dos re­co­men­da­ban de­cir a los niños que la au­to­ra de la muer­te era una per­so­na «en­fer­ma», que se tra­ta­ba de un ca­so muy ra­ro, que no se preo­cu­pa­ran, que nun­ca les iba a pa­sar a ellos. Acon­se­ja­ban, ade­más, que los pe­que­ños no vieran la te­le­vi­sión, mi­sión no so­lo imposible, sino que trans­mi­te un men­sa­je am­bi­guo a los niños. Por un la­do se les di­ce que to­do el mundo es bueno y por otro no se los pre­pa­ra pa­ra el mo­men­to cuan­do, inevi­ta­ble­men­te, des­cu­bran que no es así. Por eso yo, que no soy psi­có­lo­ga ni ex­per­ta en edu­ca­ción in­fan­til, pien­so que es más efi­caz el mé­to­do an­te­rior, el del lo­bo fe­roz. Si edu­car es pre­pa­rar a los niños pa­ra lo que ha de ve­nir, ¿por qué no usar los mi­tos y las le­yen­das pa­ra ha­blar de lo que es tan di­fí­cil abor­dar de otro mo­do? De­cir­les, por tan­to, que sí exis­ten los lo­bos y que, si ya no se zam­pan a las abue­li­tas co­mo an­tes

Es­tá muy ex­ten­di­do ese afán de pre­ser­var a los niños de to­do lo 'feo', no sea que se trau­men

(tam­po­co hay que po­ner­se tan go­re), desde lue­go no nos in­vi­ta­rán a ir al bos­que a co­ger pe­tu­nias. O a lo me­jor re­sul­ta que sí nos lo pro­po­nen, pe­ro no hay que creer­les, por­que los lo­bos son ma­los. Más aún, la ma­yo­ría vis­te piel de cor­de­ro, de mo­do que uno nun­ca sa­be quién es una co­sa u otra. ¿Que el ni­ño se trau­ma, se ra­ya, se po­ne tris­te al oír eso? ¿Es­tá us­ted muy tris­te/ ra­ya­do/trau­ma­do por los cuen­tos que le con­ta­ron de ni­ño? Yo tam­po­co.

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