La co­ru­ñe­sa que lle­va la mú­si­ca a to­das par­tes

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - DEGENTE - TEX­TO: ANA ABELENDA

Ella es una or­ques­ta en gi­ra. En el úl­ti­mo mes vo­ló a Te­ne­ri­fe, Ma­drid, Pa­rís, Ní­ger, Las Pal­mas y Bruselas. Nos ve­mos en ca­sa de es­ta mu­jer con alas y raí­ces que una vez, cuen­ta, per­dió la me­mo­ria: «No sa­bía mi nom­bre, pe­ro sí que era de Ga­li­cia»

Una

vez ol­vi­dó quién era, pe­ro nun­ca el nom­bre de su tie­rra. «Yo ha­go can­tar en ga­le­go a to­do el mun­do», di­ce Ly­dia Bo­ta­na (A Co­ru­ña, 1984), que lle­va su acento y su mú­si­ca fu­sión a to­das par­tes. Y en to­das par­tes en­cuen­tra al me­nos un ga­lle­go. «¡Sí! En Ní­ger [uno de sus úl­ti­mos des­ti­nos] me abrie­ron la puer­ta de la em­ba­ja­da di­cién­do­me: ‘Boa tar­de!’», cuen­ta. La mú­si­ca le va en los ge­nes a es­ta ar­tis­ta mes­ti­za que em­pe­zó a can­tar en el co­le con un lá­piz en la mano, ha­cien­do las ve­ces de mi­cro, y vie­ne de ha­cer un lar­go via­je. Nos ve­mos en un pub ir­lan­dés de Co­ru­ña. Sue­na Ala­nis Mo­ris­set­te. «Ven­go de un mes en que hi­ce Co­ru­ña-Te­ne­ri­fe, Te­ne­ri­fe-Ma­drid, Ma­drid-Pa­rís, des­pués fui a Ní­ger 15 días, de Ní­ger vol­ví a Te­ne­ri­fe, lue­go a Las Pal­mas, ¿me si­gues?... ja­ja­ja. Des­pués a Bruselas, ¡y aho­ra es­toy aquí!», son­ríe. ¿Y có­mo lo lle­va tu gen­te? «Mi ma­dre tu­vo que ha­cer­se un Fa­ce­book pa­ra se­guir­me, la po­bri­ña... Se que­ja­ba di­cien­do: ‘Mis ami­gas sa­ben de ti más que yo», bro­mea.

Ly­dia Bo­ta­na es hi­ja de emi­gran­tes ga­lle­gos: «Mis pa­dres son los dos de Pa­la­vea, pe­ro se co­no­cie­ron en Lon­dres. Es una his­to­ria de amor muy lin­da. Mi pa­dre es mú­si­co de or­ques­ta y se fue allí de­trás de los Beatles, tra­tan­do de ga­nar­se la vi­da cum­plien­do su sue­ño de de­di­car­se a la mú­si­ca. Y mi ma­má se fue de ado­les­cen­te, con 13 años. Se co­no­cie­ron en el Cen­tro Ga­le­go de Lon­dres, mi ma­dre bai­lan­do y mi pa­dre to­can­do. Yo sé que el amor eterno exis­te por­que vi­ve en mi ca­sa. Mis pa­dres son ami­gos, com­pa­ñe­ros, aman­tes, to­do», di­ce ca­si en un sus­pi­ro. Sue­na

Pretty Wo­man, de Roy Or­bi­son. Cuan­do es­ta­ba en la ba­rri­ga, su pa­dre ya to­ca­ba pa­ra ella. «Y me en­se­ñó muy pe­que­ña dón­de es­ta­ba el Do cen­tral del piano. Em­pe­cé a dar­le pron­to a las te­clas. Mi pa­dre me en­se­ñó De­ba­jo

un bo­tón que en­con­tró Mar­tín y la can­ción me per­si­guió siem­pre». ¿A quién no? Ly­dia Bo­ta­na, Bol­bo­re­ta, es una gran or­ques­ta en gi­ra. Hi­zo la ca­rre­ra de piano y de per­cu­sión en A Co­ru­ña, pe­ro em­pe­zó pron­to, a los 18, con la gui­ta­rra, «pa­ra com­po­ner y can­tar mis pro­pias can­cio­nes», ex­pli­ca.

La ola via­je­ra de Ly­dia em­pe­zó con su pa­sión por el surf. Era una sur­fis­ta bus­can­do olas. «Y aún si­go... Lo que ocu­rrió fue que tu­ve un ac­ci­den­te, el 11 de enero del 2014, per­dí la me­mo­ria de lo que pa­só. Es­tu­ve en­ca­ma­da dos me­ses. Me pre­gun­ta­ban ‘¿Quién eres?’, y yo de­cía: ‘No lo sé’. No sa­bía quién era. So­lo sa­bía que era de Ga­li­cia. Hi­ce una can­ción que di­ce ‘No sé ni dón­de vi­vo, so­lo sé de dón­de soy’».

AFOR­TU­NA­DA EN CA­NA­RIAS

Las is­las afor­tu­na­das son el se­gun­do ho­gar de Ly­dia. «Ca­na­rias fue la tie­rra que me per­mi­tió de­di­car­me a la mú­si­ca. Mi her­mano vi­vió allí, y fui un ve­rano a ver­lo con 16 años. Yo to­ca­ba el piano en la BBC [bo­das, bau­ti­zos y co­mu­nio­nes, acla­ra]. Te­nía un di­ne­ro ahorrra­do y me fui a Ca­na­rias». El pri­mer

tra­ba­jo lo tu­vo con 12 años, re­par­tien­do pu­bli­ci­dad. «Mi pa­dre me de­cía: ‘¡No tra­ba­jes, Ly­dia, que sien­do de fa­mi­lia hu­mil­de vas a te­ner tiem­po pa­ra tra­ba­jar to­da la vi­da!’, pe­ro yo ya que­ría mi in­de­pen­den­cia, mi li­ber­tad, di­ne­ro pa­ra com­prar co­sas, ins­tru­men­tos, ro­pas, via­jes, ta­blas de surf», cuen­ta.

Pa­ra ella el avión es co­mo un au­to­bús. Y pre­fie­re el ai­re al sue­lo, aun­que en su equi­pa­je hay cien­tos de ki­ló­me­tros de lu­ga­res y vi­ven­cias. Ly­dia hi­zo el Eras­mus de con­ser­va­to­rio en Ita­lia, en Bo­lo­nia; de he­cho ella fue de las pio­ne­ras que lo es­tre­na­ron. Y allí, co­mo la vi­da no da­ba pa­ra pa­gar el al­qui­ler, em­pe­zó a to­car en la ca­lle, aun­que ya ha­bía da­do el do de pe­cho a la in­tem­pe­rie en su Co­ru­ña. Ly­dia ha vi­vi­do en Vi­go, Ou­ren­se, Ma­llor­ca, Bia­rritz, Te­ne­ri­fe o Lan­za­ro­te. Y aca­ba de vol­ver de Ní­ger, su­bien­do a Bruselas an­tes de ate­rri­zar en Al­ve­dro. «Áfri­ca enamo­ra. A Ní­ger fui, por pri­me­ra vez, en abril y es­toy lle­van­do allí va­rios pro­yec­tos. El cón­sul de Ní­ger es ge­nial, no pa­ra­mos pa­ra po­ner en va­lor la cul­tu­ra del país». Ar­te en mo­vi­mien­to. «Es im­por­tan­te em­po­de­rar a las ni­ñas», sub­ra­ya quien vi­ve vo­lan­do cen­tra­da en dos gran­des pro­yec­tos: mú­si­ca in­fan­til y Bol­bo­re­ta, mes­ti­za. «Co­mo ins­tru­men­tis­ta ten­go el co­ra­zón par­tío, en­tre adul­tos y ni­ños; mú­si­ca de no­che y mú­si­ca de día», con­fie­sa.

«Bol­bo­re­ta es mi pa­la­bra fa­vo­ri­ta. Me em­pe­za­ron a lla­mar así, Bol­bo, des­de ado­les­cen­te, creo... Es co­mo ser al­go que no te es­pe­ras. Yo soy así, una ni­ña de clá­si­co pe­ro que to­ca punk con la ba­te­ría; ha­go mú­si­ca pa­ra ni­ños pe­ro no pier­do mi par­te reivin­di­ca­ti­va. Yo no soy, co­mo la bol­bo­re­ta, lo que se es­pe­ra, pe­ro na­die lo es... Un ser que se arras­tra, y des­pués re­ca­pa­ci­ta y vue­la, con una vi­da fu­gaz pe­ro ple­na. Al fi­nal, pa­ra mí es­te es el sen­ti­do de la vi­da. Y las ma­ri­po­sas dan fe­li­ci­dad al ver­las», ob­ser­va quien tra­ba­ja con­ta­gian­do ale­gría al mun­do.

ACO­SO ES­CO­LAR

«De la mú­si­ca afri­ca­na sa­le to­do, to­da la mú­si­ca», sub­ra­ya. «Áfri­ca me si­túa en lo que son pro­ble­mas de ver­dad y pro­ble­mas de Pri­mer Mun­do. A ve­ces los de aquí me pa­re­cen ton­te­rías. Aquí es­ta­mos a ve­ces con el ‘Y me di­jo, y no me di­jo’. Allí es to­do más ani­mal, más

na­tu­ral y de fren­te, no hay do­bles sen­ti­dos», di­ce. Tam­po­co le­yes de trá­fi­co.

En Áfri­ca ha da­do un ta­ller de có­mo usar los ins­tru­men­tos tra­di­cio­na­les en la mú­si­ca mo­der­na. «Lo que les lle­vé allí es la fu­sión que yo soy. Mú­si­ca de for­ma­ción clá­si­ca, hi­ja de mú­si­co de or­ques­ta, que to­ca en igle­sias y tam­bién en gru­pos punk. Mez­clé la mú­si­ca ni­ge­ri­na, que es in­creí­ble, con la ga­le­ga, reg­gae, elec­tró­ni­ca y cu­ba­na. Y en un mo­men­to me vi co­mo una blan­ca ga­le­ga del Nor­te en­se­ñán­do­le a un afri­cano un rit­mo que, se­gu­ra­men­te, lo in­ven­tó un ta­ta­ra-ta­ta­ra­bue­lo su­yo que lo creó en Cu­ba. ¡Guau!», ex­pre­sa ce­rran­do un círcu­lo.

La mú­si­ca aman­sa y ale­gra a la vez, une mu­cho, ad­vier­te Ly­dia. «Ten­go la suer­te de es­tar en­con­trán­do­me con mu­chas bol­bo­re­tas en el via­je», di­ce con emo­ción. Qui­zá por­que su ale­gría de­bió ha­cer fren­te, de ni­ña, a una si­tua­ción adul­ta. «Su­frí aco­so es­co­lar y tu­ve que cam­biar­me de cen­tro. Su­frí aco­so por par­te de las ni­ñas. Los ni­ños eran mis ami­gos, con los que ju­ga­ba al fút­bol. Yo no te­nía ni no­vio, so­lo me de­di­ca­ba a es­tu­diar y a ju­gar. Su­pon­go que se­rían ce­los, en­vi­dia. Lo sé por­que lo he ana­li­za­do con el tiem­po. Ya pa­só, pe­ro fue du­ro. Con los años, cuan­do es­ta­ba de ca­ma­re­ra en un pub, una de esas ni­ñas vino y me di­jo: ‘Lo sien­to, eras bue­na ni­ña, y te tra­ta­mos mal’. En ese mo­men­to no po­día per­do­nar to­da­vía», ad­mi­te. «En mi ca­sa siem­pre vi­vi­mos la igual­dad de ma­ne­ra na­tu­ral. El del man­di­lón y la sar­tén en mi ca­sa era pa­pá. A mí me cos­tó, por el do­lor, ser fe­mi­nis­ta, pe­ro veo que la unión es ne­ce­sa­ria. Ten­go una can­ción que se lla­ma So­ro­ri­dad, aca­bo de pu­bli­car­la con una co­lom­bia­na que co­no­cí en Po­lo­nia y la gra­ba­mos en Di­na­mar­ca», cuen­ta. Sue­na Wal­king on Suns­hi­ne.Y llue­ve a ma­res. «Yo soy una mu­jer de mar», re­fres­ca.

Ly­dia tie­ne alas y raí­ces. «El ár­bol sin raí­ces se lo lle­va la co­rrien­te», di­ce quien to­ca to­das las te­clas, ba­te­ría, piano, gui­ta­rra, uke­le­le. Lle­vó el acor­deón has­ta el de­sier­to del Sáha­ra, y a Bruselas el pei­to­que, «un ins­tru­men­to que a la gen­te le fli­pa, y que yo le com­pro a un ami­go ga­le­go que vi­ve en Te­ne­ri­fe, en una cue­va». En ca­da fra­se de Bol­bo­re­ta hay una his­to­ria. «Pe­ro es­toy muy ocu­pa­da vi­vien­do pa­ra sen­tar­me a con­tar­las», se ex­cu­sa. Y vue­la.

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