An­tía Fran­cis­co, gra­dua­da en Tra­duc­ción e In­ter­pre­ta­ción: «Me de­tec­ta­ron As­per­ger a raíz del aco­so es­co­lar»

La Voz de Galicia (Ferrol) - Ferrol local - - PORTADA - ANA F. CU­BA

An­tía Fran­cis­co Gue­rre­ro (Vi­go, 1995) ya tie­ne las ma­le­tas pre­pa­ra­das para via­jar a Du­blín, don­de com­pa­gi­na­rá un cur­so de ocho meses de in­glés con otro del Ins­ti­tu­to Cer­van­tes que le per­mi­ta im­par­tir cla­ses de cas­te­llano a ex­tran­je­ros. Re­cién gra­dua­da en Tra­duc­ción e In­ter­pre­ta­ción por la Uni­ver­si­da­de de Vi­go, le apa­sio­na via­jar y as­pi­ra a en­se­ñar es­pa­ñol en Es­ta­dos Uni­dos, uno de los paí­ses que más le in­tere­san, jun­to a Co­rea del Sur. De he­cho, se ini­ció en el es­tu­dio del chino y el co­reano en Ga­les, du­ran­te el año de Eras­mus que cur­só en la Uni­ver­si­dad de Ban­gor.

«La ex­pe­rien­cia en el Reino Uni­do fue lo mejor que me pu­do pa­sar [...], aun­que en co­mi­da, como Es­pa­ña no hay, me sal­va­ron las tor­ti­llas y los fri­jo­les de mi ma­dre, que es me­xi­ca­na», cuen­ta esta jo­ven, a la que diag­nos­ti­ca­ron sín­dro­me de As­per­ger con 16 años, an­tes de re­la­tar las vi­ven­cias del verano. La ON­CE le con­ce­dió una be­ca de prác­ti­cas re­mu­ne­ra­das por tres meses. «Ha si­do ma­ra­vi­llo­so —co­men­ta Rocío, su ma­dre—, para la uni­ver­si­dad re­sul­tó com­pli­ca­do en­con­trar una em­pre­sa que acep­ta­ra a una per­so­na con dis­ca­pa­ci­dad [tie­ne re­co­no­ci­do un gra­do del 34 %], pe­ro el Con­ce­llo de Pon- te­deu­me le dio la opor­tu­ni­dad».

Y An­tía ha sa­bi­do apro­ve­char­la, aten­dien­do a los vi­si­tan­tes de la ofi­ci­na de turismo eu­me­sa del 5 de ju­nio al 31 de agos­to. «Me ha gus­ta­do mu­cho, los As­per­ger no so­mos muy em­pá­ti­cos y me ha ayu­da­do a co­nec­tar y a tra­tar con las per­so­nas; y he apren­di­do a vi­vir so­la, có­mo mo­ver­te, in­clu­so có­mo aho­rrar [...]. Quie­ro mu­cho a mis pa­dres, pe­ro ne­ce­si­tas tu in­de­pen­den­cia», re­cal­ca.

Pon­te­deu­me no fi­gu­ra­ba en el ma­pa de esta vi­gue­sa, que aho­ra ha­bla con sol­tu­ra de la vi­lla. «Me en­can­ta el pue­blo, en la ofi­ci­na me pu­sie­ron un tu­tor muy bueno, ten­go que agra­de­cer­le lo que ha he­cho por com­pren­der­me», sub­ra­ya. ¿Qué les con­ta­ba a los tu­ris­tas? «Les ha­bla­ba del to­rreón, el an­ti­guo pa­zo dos An­dra­de; la pla­za Real, con las te­rra­ci­tas para to­mar al­go; el Ca­mi­ño In­glés; la igle­sia de San­tia­go, muy bo­ni­ta; el an­ti­guo con­ven­to de los

La jo­ven vi­gue­sa ha pa­sa­do ca­si tres meses en la ofi­ci­na de turismo de Pon­te­deu­me con una be­ca de la ON­CE

agus­ti­nos, aho­ra Ca­sa da Cultura; la ala­me­da de Ra­xoi... Na­da que ver con el pre­si­den­te», de­ta­lla, con voz de experta.

Es­te ha si­do su pri­mer año sin va­ca­cio­nes. «El verano fue muy in­ten­so —re­co­no­ce—, un fin de se­ma­na vi­nie­ron mis ami­gos de Vi­go y fui­mos a las Fra­gas do Eu­me, re­co­mien­do la ru­ta de los En­co­men­dei­ros; a ve­ces co­ci­na­ba y mi ma­dre me man­da­ba len­te­jas y yo ni me acor­da­ba y las te­nía un mes en el fri­go­rí­fi­co [ri­sas]».

An­tía no en­tien­de de ba­rre­ras. «Me diag­nos­ti­ca­ron As­per­ger cuan­do em­pe­cé a te­ner aco­so es­co­lar en el ins­ti­tu­to, aun­que ya lo ha­bía su­fri­do desde cuar­to de Pri­ma­ria. Mis pa­dres veían al­go raro, có­mo me ob­se­sio­na­ba con cosas, ha­bla­ba siem­pre de lo mis­mo, mi apa­ra­to psi­co­mo­tor era tor­pe y me en­tra­ban ga­nas de ha­cer mis es­te­reo­ti­pias [mo­vi­mien­tos re­pe­ti­ti­vos, ca­rac­te­rís­ti­cos de los Tras­tor­nos del Es­pec­tro Au­tis­ta, como el sín­dro­me de As­per­ger]». «Ya lo ha­cía de pe­que­ña —re­cuer­da su ma­dre—, em­pe­za­ba a mo­ver los co­dos ha­cia atrás, le de­cía­mos que no po­día ha­cer­lo en la ca­lle y al lle­gar a ca­sa lo ha­cía acos­ta­da en la ca­ma, como aho­ra, para desaho­gar sus emo­cio­nes y sus an­sie­da­des. Ha­blan en voz al­ta, co­rren al­re­de­dor del pa­tio del co­le­gio hablando y ges­ti­cu­lan­do, no en­tien­den las bro­mas... Como pa­dres fue un ali­vio sa­ber lo que era».

«Yo no sa­bía qué me pa­sa­ba, no era ca­paz de en­ten­der a la gen­te de mi edad, ni por qué ha­bla­ba siem­pre del mis­mo te­ma, y no con­se­guía in­te­grar­me en una con­ver­sa­ción», re­la­ta. Todo me­jo­ró al cam­biar de ins­ti­tu­to. «En el Ba­chi­lle­ra­to en­con­tré gen­te ma­ra­vi­llo­sa, que me apo­yó mu­chí­si­mo, allí hi­ce mis dos me­jo­res ami­gas, y ya con el Eras­mus el cam­bio fue de 180 gra­dos» Ade­más de via­jar, le apa­sio­na di­bu­jar e in­ven­tar his­to­rias en for­ma­to có­mic (el man­ga le fas­ci­na), y tie­ne especial fa­ci­li­dad para los idio­mas (tam­bién es­tu­dia fran­cés). De ni­ña so­lía mon­tar a ca­ba­llo —«sin sa­ber­lo me vino muy bien, la co­ne­xión con los ani­ma­les es im­por­tan­te, so­bre todo para gen­te con au­tis­mo»— y le gus­ta­ría ha­cer teatro. «Hay que ser po­si­ti­vo», re­pi­te, y vi­vir.

«Me diag­nos­ti­ca­ron As­per­ger cuan­do em­pe­cé a te­ner aco­so es­co­lar, en el ins­ti­tu­to»

Ade­más de via­jar, le apa­sio­na di­bu­jar có­mics y tie­ne especial fa­ci­li­dad para los idio­mas

An­tía re­co­no­ce que no co­no­cía Pon­te­deu­me y que aho­ra le en­can­ta.

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