ROGER MOO­RE

HA SI­DO EL TER­CER JA­MES BOND PE­RO EL PRI­ME­RO EN MO­RIR. SIR ROGER MOO­RE EN­CAR­NÓ AL AGEN­TE CREA­DO POR IAN FLE­MING EN SIE­TE OCA­SIO­NES: TO­DA UNA SE­ÑAL PA­RA UN 007 AL QUE HOLLY­WOOD CO­LO­CÓ SU ES­TRE­LLA EN EL NÚ­ME­RO 7007 DEL MÍ­TI­CO PA­SEO DE LA FA­MA. EMBAJADOR D

La Voz de Galicia (A Coruña) - Hoy Corazón - - SUMARIO - POR ANTONIO AL­BERT

Adiós al Bond ‘gentle­man’.

Fa­lle­ció en Sui­za a los 89 años, víc­ti­ma de un cán­cer, tras ha­ber­se en­tre­ga­do en sus úl­ti­mos años a cau­sas hu­ma­ni­ta­rias y ha­ber pro­ta­go­ni­za­do dos de las sa­gas de aven­tu­ras más po­pu­la­res de su tiem­po: El

San­to, en te­le­vi­sión, y Ja­mes Bond, en el ci­ne. Fue el éxi­to de su per­so­na­je de Si­mon Tem­plar el que le per­mi­ti­ría con el tiem­po sus­ti­tuir a Sean Con­nery. Aunque en la vi­da real era la an­tí­te­sis del hé­roe de ac­ción: pa­só un tiem­po en el ejér­ci­to de su ma­jes­tad, pe­ro ad­qui­rió una fo­bia in­su­pe­ra­ble a las ar­mas tras un per­can­ce. Así, fue po­si­ble­men­te el que más ve­ces re­cu­rrió a un es­pe­cia­lis­ta du­ran­te la sa­ga. Ross Ka­nan­ga, quien fue­ra su do­ble de ac­ción en Vi­ve y de­ja mo­rir, pro­ta­go­ni­zó una de la es­ce­nas más fa­mo­sas: una fu­ga sal­tan­do so­bre el lomo de co­co­dri­los. Pue­de ver­se en in­ter­net el do­cu­men­to en el que Ka­nan­ga cae en­tre ellos mien­tras Roger Moo­re so­lo po­nía su ca­ra bo­ni­ta.

Sus ojos azu­les y su son­ri­sa re­ba­ja­ron el tono de su Bond, más fle­má­ti­co, bur­lón, ca­si pa­ró­di­co. In­glés hasta la mé­du­la, lu­ció la fle­ma junto al es­mo­quin con­du­cien­do co­ches de lu­jo pe­ro abs­te­nién­do­se de to­mar Mar­ti­nis, ya fue­ran mez­cla­dos o agi­ta­dos. EL DE LA CE­JA ARQUEADA Fue el más mu­je­rie­go, el que vi­vió las aven­tu­ras más lo­cas y dis­pa­ra­ta­das, el que me­nos se cre­yó que por­ta­ba ‘li­cen­cia pa­ra ma­tar’. Por su ca­ma de pe­lí­cu­la pa­sa­ron Ja­ne Sey­mour, Lois Chi­les, Ca­ro­le Bou­quet, Britt Ekland o Maud Adams, pe­ro tam­bién fue aco­sa­do por Grace Jo­nes y se las tu­vo que ver con vi­lla­nos co­mo Ti­bu­rón, el ba­rón Sa­me­di o Sca­ra­man­ga.

Nun­ca fue un ac­tor de grandes re­cur­sos in­ter­pre­ta­ti­vos: su ce­ja arqueada co­mo ges­to de sor­pre­sa, do­lor o ale­gría pron­to se con­vir­tió en mar­ca de la casa (y le sir­vió de ins­pi­ra­ción a Carlos So­be­ra) pe­ro

tam­po­co pre­ten­dió dár­se­las de gran in­tér­pre­te: asu­mió con hu­mor sus li­mi­ta­cio­nes. De he­cho, cuan­do he­re­dó el pa­pel de 007, el pú­bli­co le co­no­cía por sus aven­tu­ras te­le­vi­si­vas de un la­drón de guan­te blanco, Si­mon Tem­plar, una suer­te de Ro­bin Hood de los años se­sen­ta que en ca­da epi­so­dio es­ca­pa­ba sin que le echa­ran el guan­te. La ca­be­ce­ra se hi­zo fá­cil­men­te re­co­no­ci­ble en to­do el mun­do.

Hi­jo de un po­li­cía y una ama de casa, se in­tere­só des­de niño por las ar­tes y la in­ter­pre­ta­ción. En 1984, de­nun­ció el mal­tra­to psi­co­ló­gi­co que su­frió a ma­nos de su pri­me­ra es­po­sa, la pa­ti­na­do­ra Door Van Steyn. Tam­bién lle­gó a las ma­nos, agre­dién­do­le en dis­tin­tas con la te­te­ra. Es un te­ma se­rio, aunque el ar­ma sue­ne a bro­ma in­gle­sa. Las co­sas no me­jo­ra­ron con su se­gun­da es­po­sa, la can­tan­te nor­te­ame­ri­ca­na Do­rothy Squi­res, quien le abrió las puer­tas de Holly­wood y la cabeza con una gui­ta­rra. Al­go pa­re­ci­do a la paz lle­gó con Luisa Mat­tio­li, ma­dre de sus tres hijos, a la que de­jó tras su­pe­rar un cán­cer de prós­ta­ta. El ma­tri­mo­nio du­ró un cuar­to de si­glo, pe­ro Moo­re se de­jó se­du­cir por una ve­ci­na sui­za que ve­ra­nea­ba en la Ri­vie­ra Fran­ce­sa. Con Kris­ti­na Thols­trup, Ki­ki pa­ra los amigos, se de­di­có a es­cri­bir su li­bro, Bond on Bond, y a tra­ba­jar co­mo embajador de Uni­cef en la lu­cha por los de­re­chos de los ni­ños. Con ella a su la­do, Roger Moo­re fue más el San­to que 007. ♥

ANTIARMAS Sen­tía fo­bia a las ar­mas de­bi­do a un per­can­ce que su­frió en una pier­na cuan­do es­ta­ba en el ejér­ci­to de su ma­jes­tad.

A la iz­da., la portada de ‘El San­to’, la se­rie que le hi­zo sal­tar a la fa­ma. Al la­do, en su la­bor co­mo embajador de Uni­cef.

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