LA AVEN­TU­RA DE LOS MO­LI­NOS DE VIEN­TO

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de la Escuela - - EL PANEL DE LA 2 -

En es­to, des­cu­brie­ron trein­ta o cua­ren­ta mo­li­nos de vien­to que hay en aquel cam­po y, así como don Qui­jo­te los vio, di­jo a su es­cu­de­ro:

Q. La ven­tu­ra va guian­do nues­tras co­sas me­jor de lo que acer­tá­ra­mos a desear; por­que ves allí, ami­go San­cho Pan­za, don­de se des­cu­bren trein­ta o po­cos más des­afo­ra­dos gi­gan­tes, con quien pien­so ha­cer ba­ta­lla y qui­tar­les a to­dos las vi­das, con cu­yos des­po­jos co­men­za­re­mos a en­ri­que­cer, que es­ta es bue­na gue­rra, y es gran ser­vi­cio de Dios qui­tar tan ma­la simiente de so­bre la faz de la tie­rra. S. ¿Qué gi­gan­tes? Q. Aque­llos que allí ves, de los bra­zos lar­gos, que los sue­len te­ner al­gu­nos de ca­si dos le­guas.

S. Mi­re vues­tra mer­ced que aque­llos que allí se pa­re­cen no son gi­gan­tes, sino mo­li­nos de vien­to, y lo que en ellos pa­re­cen bra­zos son las as­pas, que, vol­tea­das del vien­to, ha­cen an­dar la pie­dra del mo­lino.

Q. Bien pa­re­ce que no es­tás cur­sa­do en es­to de las aven­tu­ras: ellos son gi­gan­tes; y si tie­nes mie­do quí­ta­te de ahí, y pon­te en ora­ción en el es­pa­cio que yo voy a en­trar

con ellos en fie­ra y de­sigual ba­ta­lla.

Y, di­cien­do es­to, dio de es­pue­las a su ca­ba­llo Ro­ci­nan­te, sin aten­der a las vo­ces que su es­cu­de­ro San­cho le da­ba, ad­vir­tién­do­le que sin du­da al­gu­na eran mo­li­nos de vien­to, y no gi­gan­tes, aque­llos que iba a aco­me­ter. Pe­ro él iba tan pues­to en que eran gi­gan­tes, que ni oía las vo­ces de su es­cu­de­ro San­cho ni echa­ba de ver, aun­que es­ta­ba ya bien cer­ca, lo que eran, an­tes iba di­cien­do en vo­ces al­tas:

Q. Non fu­ya­des, co­bar­des y vi­les cria­tu­ras, que un so­lo caballero es el que os aco­me­te.

Le­van­tó­se en es­to un po­co de vien­to, y las gran­des as­pas co­men­za­ron a mo­ver­se, lo cual, vis­to por don Qui­jo­te, di­jo:

Q. Pues, aun­que mo­váis más bra­zos que los del gi­gan­te Bria­reo, me lo ha­béis de pa­gar.

Y en di­cien­do es­to, y en­co­men­dán­do­se de to­do co­ra­zón a su se­ño­ra Dul­ci­nea, pi­dién­do­le que en tal tran­ce le so­co­rrie­se, bien cu­bier­to de su ro­de­la, con la lan­za en el ris­tre, arre­me­tió a to­do el ga­lo­pe de Ro­ci­nan­te y em­bis­tió con el pri­me­ro mo­lino que es­ta­ba de­lan­te; y dán­do­le una lan­za­da en el as­pa, la vol­vió el vien­to con tan­ta fu­ria, que hi­zo la lan­za pe­da­zos, lle­ván­do­se tras

sí al ca­ba­llo y al caballero, que fue ro­dan­do muy mal­tre­cho por el cam­po. Acu­dió San­cho Pan­za a so­co­rrer­le, a to­do el co­rrer de su asno, y cuan­do lle­gó ha­lló que no se po­día me­near: tal fue el gol­pe que dio con él Ro­ci­nan­te.

S. ¡Vá­la­me Dios! ¿No le di­je yo a vues­tra mer­ced que mi­ra­se bien lo que ha­cía, que no eran sino mo­li­nos de vien­to, y no lo po­día ig­no­rar sino quien lle­va­se otros ta­les en la ca­be­za?

Q. Ca­lla, ami­go San­cho, que las co­sas de la gue­rra más que otras es­tán su­je­tas a con­ti­nua mudanza; cuan­to más, que yo pien­so, y es así ver­dad, que aquel sa­bio Fres­tón que me ro­bó el apo­sen­to y los li­bros ha vuel­to es­tos gi­gan­tes en mo­li­nos, por qui­tar­me la glo­ria de su ven­ci­mien­to: tal es la ene­mis­tad que me tie­ne; mas al ca­bo al ca­bo han de po­der po­co sus ma­las ar­tes con­tra la bon­dad de mi es­pa­da.

S. Dios lo ha­ga como pue­de. («El in­ge­nio­so hi­dal­go don Qui­jo­te de la Man­cha», pri­me­ra par­te, ca­pí­tu­lo VIII. «Del buen su­ce­so que el va­le­ro­so don Qui­jo­te tu­vo en la es­pan­ta­ble y ja­más ima­gi­na­da aven­tu­ra de los mo­li­nos de vien­to»)

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