No­ti­cias le­ja­nas, no­ti­cias cer­ca­nas

El pe­rió­di­co en la es­cue­la no es so­lo pa­ra in­for­mar de lo que pa­sa ahí fue­ra, tie­ne que ir mu­cho más allá

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de la Escuela - - PORTADA -

«Hom­bre soy y na­da de lo hu­mano me es ajeno». Lo de­cía el poe­ta la­tino Pu­blio Te­ren­cio Afri­cano (190-159 an­tes de Cris­to) con esa fra­se que nos re­cuer­da el sub­tí­tu­lo y que con­fir­ma que to­da no­ti­cia, por más le­ja­na que pa­rez­ca, se vuel­ve cer­ca­na si lle­va con­si­go al­go hu­mano.

Le­jos vie­ne de la pa­la­bra la­ti­na la­xius, que sig­ni­fi­ca se­pa­ra­do, am­plio, suel­to, con dis­tan­cia en medio. En cam­bio, cer­cano vie­ne del la­tín cer­ca, pró­xi­mo o in­me­dia­to en el es­pa­cio o en el tiem­po, al­go que te ro­dea, y cons­ti­tu­ye la cer­ca o en­torno en el que se en­mar­ca tu reac­ción.

Pues bien. Exis­ten mu­chas cla­ses y gra­dos de le­ja­nías y cer­ca­nías, de no­ti­cias de le­jos y de no­ti­cias a pie de mano. No so­lo la cer­ca­nía-le­ja­nía geo­grá­fi­ca que se mi­de en gra­dos, fron­te­ras y dis­tan­cias. No so­lo la le­ja­nía–cer­ca­nía cro­no­ló­gi­ca que se ci­fra en tiem­pos, años y si­glos, más cer­ca o más le­jos. La no­ti­cia de cul­tu­ra que di­se­ña las di­fe­ren­tes for­mas de ser, pen­sar y vi­vir, de aquí y de allá. O la his­tó­ri­ca que mar­ca épo­cas y ges­tas an­ti­guas y nue­vas. La pro­fe­sio­nal, ca­da uno con su es­pe­cia­li­dad del sa­ber y ha­cer. La cer­ca­nía-le­ja­nía de la no­ti­cia so­cial que in­ten­tan pa­ten­tar la es­tú­pi­da

clasificación de per­so­nas y gru­pos. To­do, en cier­to sen­ti­do, pue­de pa­re­cer le­jano; pe­ro si al­go hu­mano es­tá en jue­go, to­da no­ti­cia so­bre geo­gra­fía, his­to­ria, pro­fe­sión, cien­cia o acon­te­ci­mien­to so­cial, por más le­ja­na que pa­rez­ca, ad­quie­re el vi­gor y fres­cu­ra de la cer­ca­nía.

EL PE­RIÓ­DI­CO ROM­PE LE­JA­NÍAS

Po­si­ble­men­te no exis­ta na­da que pon­ga en tus ma­nos, to­dos los días, tan­ta cer­ca­nía jun­ta. La di­vi­sión, el en­cua­dre, la le­ja­nía la po­ne uno cuan­do lee, se de­tie­ne en su lec­tu­ra por­que le va, o se sal­ta la página por­que no es lo su­yo.

Na­die es­tá obli­ga­do, por su­pues­to, a leer­lo to­do, ni tiem­po ha­bría pa­ra ello; pe­ro las no­ti­cias-no­ti­cias cons­ti­tu­yen siem­pre un re­to a nues­tra li­mi­ta­ción y, tal vez, ig­no­ran­cia de có­mo ha­cer­las cer­ca­nas, si al­go hu­mano se jue­ga en ellas y al­go po­de­mos apren­der o ha­cer pa­ra que esas no­ti­cias me­jo­ren.

La es­cue­la no es mo­men­to de pro­fe­sio­nes, to­da­vía, sino de op­cio­nes y ofer­tas. Una no­ti­cia cien­tí­fi­ca en el pe­rió­di­co a ve­ces sue­na le­ja­na por­que ni si­quie­ra la en­ten­de­mos bien. Lo mis­mo su­ce­de con una no­ti­cia de eco­no­mía, in­clu­so dis­tan­te en su com­pren-

sión. O los pro­ble­mas de fron­te­ras de una na­ción. Pe­ro to­das ellas pue­den mar­car el re­to y atrac­ti­vo de los alum­nos pa­ra in­ten­tar su fu­tu­ro.

IN­FOR­MAR E IMPLICAR

El pe­rió­di­co en la es­cue­la no es so­lo pa­ra in­for­mar de lo que pa­sa ahí fue­ra, lo cual es im­por­tan­te e in­clu­so atrac­ti­vo en al­gu­nas de sus no­ti­cias. Tie­ne que ir mu­cho más allá. Y tú, ¿qué? Ima­gí­na­te, por ejem­plo, la tra­ge­dia del te­rre­mo­to en Ecua­dor: ¿bas­ta con sa­ber cuán­ta mag­ni­tud al­can­zó en la es­ca­la de Rich­ter? Lee to­do el mo­vi­mien­to de los re­fu­gia­dos bus­can­do Eu­ro­pa por to­das par­tes: ¿bas­ta co­no­cer de dón­de vie­nen y cuán­tos son? O los que se apun­ta­ron con sus di­ne­ros a cuen­tas offs­ho­re: ¿qué se­rá eso, y ya es­tá? O si las abe­jas ase­si­nas pi­can o no pi­can y hay que an­dar con cui­da­do: ¿ahí nos que­da­mos? La ac­ti­tud de la es­cue­la ahí es­tá: lo­grar implicar la no­ti­cia con al­go hu­mano, atrac­ti­vo, que su­pon­ga un re­to, di­ver­so tal vez, pa­ra ca­da uno de los alum­nos. Es ne­ce­sa­rio dar a co­no­cer, in­for­mar: pe­ro, so­bre to­do, con­mo­ver, implicar, con­ver­tir en cer­ca­nías —hu­mano a pun­to— lo que pa­re­ce tan le­jano.

JOSÉ JÁCOME / EFE

El pe­rió­di­co en la es­cue­la tie­ne que ir más allá. En la tra­ge­dia de Ecua­dor, ¿bas­ta con sa­ber cuán­ta mag­ni­tud al­can­zó en la es­ca­la de Rich­ter?

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