EL AZO­TE DE DRAG­HI

Jens Weid­mann PRE­SI­DEN­TE DEL BUNDESBANK

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - ACTUALIDAD -

Drag­hi, Sú­per Ma­rio Drag­hi, de­ja­rá las rien­das del BCE en el 2019. Le que­da cuer­da pa­ra un buen ra­to. Pe­ro las in­tri­gas pa­ra su­ce­der­le ha­ce tiem­po que em­pe­za­ron. Es el su­yo un si­llón de lo más co­ti­za­do. Y no es co­sa de dor­mir­se en los lau­re­les. No hay que de­jar na­da a la im­pro­vi­sa­ción. No va­ya a ser que pa­se co­mo la úl­ti­ma vez, que aca­bó sen­tán­do­se en él al­guien ines­pe­ra­do.

Por­que, to­do hay que de­cir­lo, lo de Drag­hi fue ca­si un ac­ci­den­te. Lle­gó has­ta allí tras la es­pan­tá de Axel We­ber, en­ton­ces pre­si­den­te del Bundesbank y fa­vo­ri­to en to­das las qui­nie­las pa­ra su­ce­der a Tri­chet a los man­dos de la au­to­ri­dad mo­ne­ta­ria. Na­die lo ha­bía vis­to ve­nir, pe­ro el ger­mano pu­so pies en pol­vo­ro­sa ha­cia el sec­tor pri­va­do y de­jó a su can­ci­ller plan­ta­da tras años pla­nean­do el asal­to ale­mán al Eu­ro­ban­co. Pe­ro, esa es otra his­to­ria.

El ca­so es que Mer­kel, se di­ce en los men­ti­de­ros fi­nan­cie­ros, ya tie­ne lis­to otro plan pa­ra que por fin sean unas ma­nos ger­ma­nas las que aga­rren el ti­món del BCE. Y quién me­jor que su du­ran­te años fiel es­cu­de­ro Jens Weid­mann (So­lin­gen, Re­na­nia del Nor­te-West­fa­lia, 1968). El mis­mo al que eli­gió pa­ra ta­par el ro­to que We­ber le de­jó en el Bundesbank, con­vir­tién­do­lo así en el pre­si­den­te más jo­ven que ha te­ni­do has­ta aho­ra el prin­ci­pal de los 19 ban­cos cen­tra­les del eu­ro.

Por si no se lo han ima­gi­na­do ya, Weid­mann fue el prin­ci­pal ase­sor eco­nó­mi­co de la can­ci­ller du­ran­te la fe­roz cri­sis que aso­ló el mun­do tras la caí­da de Leh­man. Su sher­pa, co­mo se co­no­ce en el ar­got fi­nan­cie­ro a quie­nes ne­go­cian los de­ta­lles en las gran­des cum­bres eco­nó­mi­cas en nom­bre de sus je­fes. Siem­pre al pie del ca­ñón, pres­to a fa­ci­li­tar­le a la can­ci­ller cual­quier co­sa que pre­ci­sa­se pa­ra re­for­zar sus ar­gu­men­tos.

Con pin­tas y ma­ne­ras de em­po­llón, si en al­go era es­pe­cia­lis­ta Weid­mann era en el ar­te de no lla­mar la aten­ción... Has­ta que co­gió el ti­món del Bundesbank, se sen­tó en el con­se­jo de go­bierno del BCE y em­pe­za­ron a bro­tar­le sar­pu­lli­dos ca­da vez que Drag­hi ha­cía al­gu­na de las su­yas.

Na­die ima­gi­nó nun­ca que el ita­liano lle­ga­ría tan le­jos. Mu­cho me­nos los ale­ma­nes. ¡Pe­ro, si has­ta ha com­pra­do deu­da de los Es­ta­dos!

Y ca­da vez que aquel sa­ca­ba los pies del pla­to de la or­to­do­xia mo­ne­ta­ria, al ru­bio Weidd­mam se lo lle­va­ban los de­mo­nios. Tan­to que no du­da­ba nun­ca en ai­rear su en­fa­do. Don­de quie­ra que fue­se. Com­pa­ran­do in­clu­so a Drag­hi —sin lle­gar a nom­brar­lo, cla­ro— con el mis­mí­si­mo dia­blo, el Me­fis­tó­fe­les, que en un frag­men­to de Faus­to con­ven­ció al em­pe­ra­dor ro­mano pa­ra que im­pri­mie­ra mo­ne­da. Aque­llo sal­vó al im­pe­rio de la ban­ca­rro­ta pe­ro lo su­mió en la in­fla­ción. Y po­cas co­sas ate­rran tan­to a los ale­ma­nes co­mo la in­fla­ción. Des­de los tiem­pos de Wei­mar. Ya ha llo­vi­do.

Por eso tie­ne su aquel que pue­da aca­bar sus­ti­tu­yén­do­lo. Pa­pe­le­tas tie­ne. Unas cuan­tas.

Cuan­do es­te doc­tor en Eco­no­mía ate­rri­zó en la pre­si­den­cia del Bundesbank pro­me­tió que se man­ten­dría fiel a la lí­nea du­ra apli­ca­da por su pre­de­ce­sor. Por no cam­biar, no cam­bió ni los mue­bles del des­pa­cho. Si el plan de Mer­kel tie­ne éxi­to, al BCE de Drag­hi no lo va a co­no­cer ni la ma­dre que lo pa­rió.

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