FRESNO O SAR­DI­NA

a la na­tu­ra­le­za de for­ma tan de­men­te y ava­ri­cio­sa. Es­toy po­nien­do la te­te­ra al fue­go cuan­do lla­man a la puer­ta. Es un ami­go, un co­no­ci­do más bien, que tra­ba­ja en un cen­tro de re­cu­pe­ra­ción de ani­ma­les sal­va­jes. Vie­ne a con­tar­me que el zo­rro atro­pe­lla­do que

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Amor Rural - PINA GRAUS

Re­co­noz­co que me es­tre­me­ce el ru­gir de las mo­to­sie­rras. ¿Tal vez fui ár­bol en otra vi­da? Cla­ro que tam­po­co me en­tu­sias­ma ir a la car­ni­ce­ría. Tal vez fui ove­ja. Tam­bién, en oca­sio­nes, me in­va­de una ex­tra­ña sen­sa­ción en la pes­ca­de­ría: tan­tos pe­ces muer­tos con la bo­ca abier­ta y los ojos fi­jos me desa­zo­na. ¿Tal vez ha­ya si­do sar­di­na? Lo cier­to es que, des­de que era una cría, sien­to amor por to­do bi­cho vi­vien­te, con la ex­cep­ción de al­gu­nos in­sec­tos co­mo la avis­pa na­cio­nal y la afri­ca­na, las ara­ñas-cen­to­llo y, en oca­sio­nes, nin­gu­na sim­pa­tía ha­cia los se­res hu­ma­nos. Es­ta di­ser­ta­ción amo­ro­so-ani­mal se de­be a que el año pa­sa­do po­da­ron to­dos los ar­bo­les de los al­re­de­do­res. Los de­ja­ron des­ca­be­za­dos y sin una so­la ra­ma; por lo tan­to sin pá­ja­ros, sin ni­dos, sin tri­nos. Y en agos­to, las va­cas al sol. Echo de me­nos su som­bra, el ru­mor de las ho­jas y el ulu­lar de au­ti­llos y le­chu­zas al ano­che­cer.

Pa­seo de­sola­da por un bos­que des­ha­bi­ta­do. Los co­ne­jos, las lie­bres y los zo­rros han emi­gra­do y los eri­zos de­ben de an­dar per­di­dos, ya que tam­bién des­apa­re­cie­ron las zar­zas don­de sue­len re­fu­giar­se. Se­rá por eso que úl­ti­ma­men­te los en­cuen­tro co­mién­do­se el pien­so del ga­to. Regreso a ca­sa sin en­ten­der por qué tra­ta­mos gus­ta en es­ta vi­da es su tra­ba­jo. Aun­que el suel­do es jus­to, le com­pen­sa. Es un hom­bre al­to, de na­riz agui­le­ña, que se pa­sa la vi­da entre mi­la­nos, ci­güe­ñas, hal­co­nes y ani­ma­les mal­he­ri­dos.son­ríe y sien­to una olea­da de sim­pa­tía ha­cia nues­tra es­pe­cie.

Le cuen­to lo que nos pa­só a mi ami­ga y a mí an­te­ayer: pa­seá­ba­mos por el pi­nar con los pe­rros cuan­do vi­mos un zo­rro. Uno de los pe­rros tam­bién lo vio y sa­lió dis­pa­ra­do, y de­trás de él to­dos los de­más. Les lla­ma­mos, pe­ro nin­guno vol­vió, ex­cep­to mi fiel Bu­fa­lino. Co­mo pa­sa­ba el tiem­po y no apa­re­cían, de­ci­di­mos se­guir el pa­seo. Al ca­bo de un ra­to, vi­mos al zo­rro que se di­ri­gía ha­cia no­so­tras. Lle­va­ba un tro­te can­sino y una ris­tra de pe­rros con la len­gua fue­ra de­trás. Cuan­do nos al­can­zó, se que­dó mi­rán­do­nos, pa­re­cía que nos es­ta­ba pi­dien­do ayu­da. Y eso fue lo que hi­ci­mos: yo me lan­cé so­bre uno de los pe­rros y Ca­lén­du­la so­bre los otros. El zo­rro apro­ve­chó el des­con­cier­to y des­apa­re­ció. Mi ami­go son­ríe y di­ce: “Es muy po­si­ble que, de al­gu­na ma­ne­ra, el zo­rro co­nec­ta­se con vo­so­tras”. Al de­cir­lo, me doy cuen­ta que yo tam­bién co­nec­to con él. “¿Sa­bes? A ve­ces pien­so si ha­bré si­do ar­bus­to o ani­mal en otra vi­da”, su­su­rro. “Es más que po­si­ble –res­pon­de es­cru­tán­do­me–. Tal vez ¿una abu­bi­lla?”.

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