Un gran pa­si­to hacia la in­de­pen­den­cia

¿CUÁN­DO de­be­rían sa­ber ca­mi­nar los ni­ños? ¿Es bueno que lo ha­gan des­cal­zos o con al­gún ti­po de cal­za­do es­pe­cial? ¿Los pa­dres de­ben in­ter­fe­rir en el proceso? ¿Qué hay del ta­ca­tá y las co­rreas? El je­fe de trau­ma­to­lo­gía del hos­pi­tal Ma­terno In­fan­til de A Cor

La Voz de Galicia (A Coruña) - Salud - - Niños - TEX­TO: SU­SA­NA ACOSTA

En ape­nas un año de vi­da, los be­bés se con­vier­ten en au­tén­ti­cos ex­plo­ra­do­res. Cuan­do co­mien­za la eta­pa del ga­teo, los ni­ños pue­de am­pliar su ho­ri­zon­te y en po­co tiem­po lo­gra­rán po­ner­se de pie y dar sus pri­me­ros pa­sos. Es ahí cuan­do a los pa­dres les sur­gen nu­me­ro­sas dudas so­bre có­mo ayu­dar­les en un apren­di­za­je que les per­mi­ti­rá con­ver­tir­se en se­res au­tó­no­mos.

Lo pri­me­ro que de­ben te­ner cla­ro los pro­ge­ni­to­res es el pe­río­do en el que un ni­ño de­be co­men­zar a dar sus pri­me­ros pa­sos, que va des­de los 11 has­ta los 18 me­ses apro­xi­ma­da­men­te: «Ex­clui­dos los pre­ma­tu­ros, a los 18 me­ses los be­bés de­ben te­ner una mar­cha au­tó­no­ma. Si al año y me­dio de vi­da no lo han con­se­gui­do es cuan­do se de­be con­sul­tar al pe­dia­tra pri­me­ro, lue­go a un es­pe­cia­lis­ta en neu­ro­lo­gía in­fan­til y a ve­ces tam­bién a no­so­tros, los or­to­pe­das o trau­ma­tó­lo­gos in­fan­ti­les», ex­pli­ca Pe­dro Gon­zá­lez He­rranz, je­fe de trau­ma­to­lo­gía del Hos­pi­tal Ma­terno In­fan­til de A Co­ru­ña.

A pe­sar de lo que pue­da pa­re­cer, el he­cho de que un me­nor con­si­ga ca­mi­nar no de­pen­de de sus ex­tre­mi­da­des, ni de sus pies: «El hi­to de con­se­guir la deam­bu­la­ción es un proceso de ma­du­ra­ción ce­re­bral. Has­ta que el ce­re­bro no ten­ga la su­fi­cien­te ma­du­ra­ción que le per­mi­ta in­ter­re­la­cio­nar el equi­li­brio con la ne­ce­si­dad de po­ner­se de pie y que le en­tre la cu­rio­si­dad pa­ra ver qué es lo que hay en­ci­ma de la me­sa o des­pla­zar­se pa­ra ver qué es ese rui­do que es­tá oyen­do, no va a ca­mi­nar. Es de­cir, que son sus neu­ro­nas y la in­ter­co­ne­xión en­tre ellas, las que van a de­ter­mi­nar la ca­pa­ci­dad que tie­ne un ni­ño de ca­mi­nar. De la mis­ma for­ma que el ha­bla, el re­co­no­ci­mien­to de las per­so­nas o la iden­ti­fi­ca­ción de los so­ni­dos. To­do de­pen­de de la ma­du­ra­ción ce­re­bral, que es lo que nos va a con­di­cio­nar y es lo que les va a dar in­te­li­gen­cia a los ni­ños», aña­de.

No to­dos los be­bés con­si­guen ga­tear, pe­ro sí la ma­yo­ría. Que un ni­ño lo­gre des­pla­zar­se a cua­tro pa­tas for­ma par­te del proceso evo­lu­ti­vo de con­se­guir dar sus pri­me­ros pa­sos: «Lo pri­me­ro que ha­cen los ni­ños es su­je­tar la ca­be­za, lue­go em­pie­zan a sen­tar­se y a te­ner el control del tron­co. Des­pués son ca­pa­ces de moverse en el sue­lo y el si­guien­te pa­so es po­ner­se a cua­tro pa­tas, a ga- tear. Ven que se des­pla­zan más rá­pi­da­men­te y, fi­nal­men­te, lo­gran po­ner­se de pie. Ahí des­cu­bren que tienen una vi­sión más al­ta, que am­plían el ho­ri­zon­te, es cuan­do con­si­guen ca­mi­nar», ex­pli­ca an­tes de ac­la­rar que no de­be preo­cu­par­nos que un ni­ño no ga­tee: «A ve­ces hay pro­ce­sos que in­ter­fie­ren. La edad del ga­teo va des­de los nue­ve has­ta los do­ce me­ses. Si en ese pe­río­do de tiem­po, por cual­quier mo­ti­vo, los pa­dres o las con­di­cio­nes del do­mi­ci­lio no se pres­tan a que el ni­ño es­té por el sue­lo ga­tean­do, pues a lo me­jor se pue­de ob­viar esa fa­se. En otras si­tua­cio­nes, el pe­río­do de ga­teo se ex­tien­de mu­cho y es­tán los ni­ños ga­tean­do has­ta los 18 me­ses por­que se han he­cho unos ex­per­tos ga­tea­do­res y no ven la ne­ce­si­dad de dar el si­guien­te pa­so», afir­ma.

Una vez que los me­no­res lo­gran dar sus pri­me­ros pa­sos, los pa­dres no de­ben ob­se­sio­nar­se con la co­lo­ca­ción de los pies o de los to­bi­llos: «Ade­más de los pro­ble­mas pa­ra con­tro­lar el equi­li­brio, exis­ten otros con­di­cio­nan­tes co­mo es la la­xi­tud y la can­ti­dad de agua que tienen los li­ga­men­tos de un ni­ño, que le va a con­fe­rir una ca­rac­te­rís­ti­ca que es fi­sio­ló­gi­ca y que no nos tie­ne que preo­cu­par. Que vea­mos un ni­ño con el pie des­cal­zo que tie­ne un as­pec­to de pie plano o que el to­bi­llo lo hun­de por la par­te in­ter­na, o que me­te un po­co el pie no es preo­cu­pan­te, sino que de­be con­si­de­rar­se co­mo un as­pec­to fi­sio­ló­gi­co y que for­ma par­te de su evo­lu­ción normal», di­ce. Pre­ci­sa­men­te, el pri­mer es­co­llo que de­be su­pe­rar el be- bé pa­ra dar sus pri­me­ros pa­sos es man­te­ner el equi­li­brio. Al­go que no es ta­rea fá­cil ya que la pro­por­ción de su ca­be­za es su­pe­rior a la de los adul­tos, «quiere de­cir que tie­ne una por­ción de su cuer­po que es muy pe­sa­da y en una po­si­ción muy al­ta que, a po­co que la mue­va, se va a des­equi­li­brar. Ese es el mo­ti­vo por el cual los ni­ños am­plían tan­to la ba­se de sus­ten­ta­ción y se­pa­ran las pier­nas».

En cuan­to al he­cho de si de­ben apren­der a ca­mi­nar des­cal­zos o con al­gún ti­po de cal­za­do es­pe­cial, el doc­tor Gon­zá­lez He­rranz ex­pli­ca que no exis­te nin­gu­na ba­se cien­tí­fi­ca que de­mues­tre que un ti­po de za­pa­to con­cre­to va­ya a con­se­guir que el ni­ño desa­rro­lle y pie anató­mi­ca­men­te per­fec­to: «Hay es­tu­dios rea­li­za­dos en po­bla­ción in­fan­til de Áfri­ca que du­ran­te años y años ca­mi­nan des­cal­zos y se les ha com­pa­ra­do con adul­tos que tienen las mis­mas ca­rac­te­rís­ti­cas. Los pies de los adul­tos son nor­ma­les, y en cam­bio los de los ni­ños tienen un as­pec­to de apla­na­mien­to. Es­to apo­ya que la la­xi­tud que tienen es­tos ni­ños es fi­sio­ló­gi­ca y no de­be preo­cu­par­nos», ex­pli­ca no sin an­tes des­ta­car que el 90 % de la po­bla­ción tie­ne pies nor­ma­les: «Los pies pa­to­ló­gi­cos que hay que tra­tar son muy po­cos», acla­ra.

Tam­bién re­cuer­da que si los pa­dres op­tan por cal­zar a los be­bés, de­ben te­ner en cuen­ta unas pre­mi­sas bá­si­cas a la hora de ele­gir un za­pa­to: «El cal­za­do tie­ne que ser fle­xi­ble, trans­pi­ra­ble y, se­gún la edad y el mo­men­to, de­be re­for­zar al­gu­nos as­pec­tos. Por ejem­plo, el za­pa­to ti­po bo­ta va a su­je­tar un po­qui­to más el to­bi­llo du­ran­te los dos pri­me­ros años de vi­da del ni­ño y el pie se va a de­for­mar me­nos. Los za­pa­tos no de­ben ser des­li­zan­tes, es de­cir, tienen que te­ner una su­per­fi­cie de aga­rre pa­ra que el ni­ño no res­ba­le. Son unas ca­rac­te­rís­ti­cas que cum­ple la ma­yo­ría. Tam­bién de­be­mos sa­ber que los za­pa­tos de plás­ti­co y de ma­te­ria­les sin­té­ti­cos son po­co re­co­men­da­bles por­que pro­vo­can un au­men­to del ca­lor y de la hu­me­dad den­tro del pie del ni­ño», ex­pli­ca el doc­tor Gon­zá­lez He­rranz.

Tam­bién re­cuer­da a los pa­dres que en el mo­men­to de dar su pri­me­ros pa­sos hay que de­jar que el ni­ño to­me la ini­cia­ti­va: «Si hay al­go que ca­rac­te­ri­za a un ni­ño es su afán de ex­plo­rar nue­vas co­sas y el que­rer moverse de una ha­bi­ta­ción a otra. La es­ti­mu­la­ción la tie­ne ya el pro­pio ni­ño, no ha­ce falta nin­gu­na ex­ter­na si no tie­ne nin­gún ti­po de tras­torno», con­clu­ye.

Si al año y me­dio el ni­ño no tie­ne una mar­cha au­tó­no­ma, a no ser que sea pre­ma­tu­ro, hay que con­sul­tar al pe­dia­tra»

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