Don­de los ni­ños ha­cen... ¿mi­la­gros?

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine En Primer Plano - POR JAN CRISTOPH WIECHMANN / FO­TO­GRA­FÍAS: SE­BAS­TIAN LISTE

Son me­no­res y tie­nen po­de­res mi­la­gro­sos pa­ra cu­rar el cán­cer, el zi­ka o el si­da. O eso creen los mi­les de de­ses­pe­ra­dos que buscan en ellos su úl­ti­ma es­pe­ran­za. Así fun­cio­na el ne­go­cio de las es­tre­llas re­li­gio­sas in­fan­ti­les en Bra­sil.

Le han con­ta­do que reali­zó su pri­mer mi­la­gro cuan­do es­ta­ba en el vien­tre ma­terno, en la se­ma­na 28 de em­ba­ra­zo. Cu­ró a una mu­jer en­fer­ma de cán­cer que, tras to­car­le la ba­rri­ga a su ma­dre, ca­yó en tran­ce y que­dó li­bre de me­tás­ta­sis.

EL SE­GUN­DO MI­LA­GRO, eso le di­cen, lo obró con 51 días de vi­da: sal­vó a una jo­ven con un tu­mor en el in­tes­tino del ta­ma­ño de una uva; se di­sol­vió de un día pa­ra otro. A par­tir de ahí, Ala­ni –a sus 12 años– dice acor­dar­se de ca­si to­das las 6360 sa­na­cio­nes mi­la­gro­sas que si­guie­ron. Y aho­ra, si la dis­cul­pa­mos, hay cien per­so­nas esperando fue­ra. Es una tar­de hú­me­da y ca­lu­ro­sa en São Go­nça­lo, ciudad dor­mi­to­rio en la pe­ri­fe­ria de Río de Ja­nei­ro. El pa­dre de Ala­ni, el pas­tor Adau­to San­tos, ha al­qui­la­do el gim­na­sio de un co­le­gio pa­ra el ac­to de cu­ra­ción mul­ti­tu­di­na­ria de hoy. A su mo­vi­mien­to re­li­gio­so lo ha bau­ti­za­do co­mo Mi­sión In­ter­na­cio­nal de los Mi­la­gros y en los car­te­les anun­cia cu­rar el cán­cer, el zi­ka, la adic­ción a las dro­gas y otros azo­tes de las cla­ses ba­jas brasileñas. «Aquí se ha­cen mi­la­gros», es su es­lo­gan. En­tre los pa­cien­tes re­bo­san­tes de es­pe­ran­za se ha­lla Ele­na, una mu­jer se­ña­la­da por la muer­te y que lle­va en su cuer­po tu­mo­res acu­mu­la­dos du­ran­te 5 años de cán­cer. Tam­bién es­tá Diu­me­lia, una ma­dre sol­te­ra a la que la dia­be­tes le ha arre­ba­ta­do la pier­na iz­quier­da. O Mat­heus, de 16 años, que ha­ce 5 per­dió la vis­ta. Pa­ra ellos –to­dos sin ac­ce­so a un se­gu­ro mé­di­co–, Ala­ni, «el ángel de Río», «la sa­na­do­ra del Se­ñor», es la úl­ti­ma es­pe­ran­za. «Soy el ins­tru­men­to de Dios», se de­fi­ne ella. Su pa­dre es más con­cre­to. Su hi­ja es una ver­sión in­fan­til de Je­su­cris­to, que tam­bién cu­ra­ba a los le­pro­sos. «La Bi­blia dice: bas­ta con que creáis pa­ra que po­dáis obrar mi­la­gros vo­so­tros mis­mos –re­ci­ta–. Yo tam­bién he cu­ra­do, pe­ro Ala­ni ha ido mu­cho más le­jos. Em­pe­zó muy pron­to. Ya ha rea­li­za­do una cu­ra­ción ma­si­va an­te 4000 per­so­nas en Brasilia», ex­pli­ca el pa­dre, que ha­bla de su hi­ja en ter­ce­ra per­so­na: «A mis­sio­na­rin­ha», 'la mi­sio­ne­ri­ta'.

UNA ELECCIÓN DI­VI­NA. Ala­ni es una ni­ña muy in­te­li­gen­te que lle­va una do­ble vi­da ago­ta­do­ra. Es­cue­la pri­va­da, in­glés y de­por­te por un la­do. Pre­di­car, ir a pro­gra­mas de ra­dio y prac­ti­car cu­ra­cio­nes a tra­vés de Sky­pe por el otro. «Ya lle­vo tiem­po en es­to –dice con ai­re de ve­te­ra­na–. Y no fue elección mía, sino di­vi­na». An­te la pre­gun­ta: «¿Te ves co­mo la su­ce­so­ra de Je­sús, co­mo dice tu pa­dre?», du­da un ins­tan­te. Su pa­dre se apre­su­ra a in­ter­ve­nir: «El pro­pio Je­sús di­jo: 'Ha­réis obras más gran­des que yo'». Pe­ro Ala­ni ¿qué pien­sa? «No lo sé», res­pon­de al fi­nal, in­quie­ta. Los au­to­pro­cla­ma­dos sa­na­do­res mi­la­gro­sos siem­pre han for­ma­do par­te del pa­no­ra­ma bra­si­le­ño con­tem­po­rá­neo, so­lo que aho­ra son ca­da vez más jó­ve­nes. Los ni­ños se han con­ver­ti­do en el re­cur­so de mo­da de las di­fe­ren­tes Igle­sias a la con­quis­ta de nue­vas al­mas. Se­gún sus de­fen­so­res, re­ci­ben de Dios sus ha­bi­li­da­des so­bre­na­tu­ra­les cuan­do es­tán en la cu­na. Los crí­ti­cos re­pli­can que, en tiem­pos de es­tre­llas y modelos in­fan­ti­les, los es­ta­fa­do­res han en­con­tra­do un ni­cho sin ex­plo­tar. El cie­go Mat­heus ha lle­ga­do des­de la fa­ve­la de Sal­guei­ro, sor­tean­do mon­ta­ñas de ba­su­ra y so­ca­vo­nes, pa­ra asis­tir al ac­to. El doc­tor le di­jo que nun­ca re­cu­pe­ra­rá la vis­ta tras su­frir una me­nin­gi­tis. Pe­ro no quie­re acep­tar­lo. Du­ran­te cua­tro me­ses su­pli­có a su ma­dre que le per­mi­tie­ra acu­dir don­de la mis­sio­na­rin­ha. El pa­dre de Ala­ni sube al es­ce­na­rio ves­ti­do con tra­je y cor­ba­ta. Fue vendedor de co­ches an­tes de des­cu­brir a Dios y con­ver­tir­se en pas­tor de su Igle­sia de los mi­la­gros. Una a una, pre­sen­ta a va­rias per­so­nas, que se pa­san el mi­cró­fono mien­tras ju­ran ha­ber si­do sa­na­das por Ala­ni, «sin ope­ra­cio­nes; las en­fer­me­da­des des­apa­re­cen en el mo­men­to del con­tac­to». Lue­go mi­ra a la gen­te en la sa­la y pre­gun­ta quién, en nom­bre del Se­ñor, ne­ce­si­ta ayu­da. Do­ce­nas de per­so­nas le­van­tan la mano.

En ple­na cri­sis eco­nó­mi­ca en Bra­sil, los ni­ños se han con­ver­ti­do en el re­cur­so de mo­da de las Igle­sias a la con­quis­ta de nue­vas al­mas

El pas­tor Adau­to di­ri­ge el ac­to co­mo un pre­sen­ta­dor de te­le­vi­sión. Con ai­re jo­vial, pa­sa el bra­zo por los hom­bros de los en­fer­mos y pre­gun­ta: «Así que tie­nes cán­cer, Ele­na». «Sí». «Y los mé­di­cos te han di­cho que hay que ope­rar­te». «Sí». «Pe­ro tú no tie­nes di­ne­ro». «No». «Por fa­vor, mis­sio­na­rin­ha, pro­ce­de». Ala­ni sube al es­ce­na­rio con un ves­ti­do ne­gro y la lar­ga me­le­na mo­re­na suel­ta. La mú­si­ca se tor­na más dra­má­ti­ca, es la se­ñal pa­ra que el Es­pí­ri­tu San­to en­tre en el gim­na­sio. La sa­na­do­ra se acer­ca a los en­fer­mos, co­lo­ca la mano en su ca­be­za y lue­go so­bre los ór­ga­nos afec­ta­dos, tam­bién so­bre los ojos de Mat­heus. Les so­pla sua­ve­men­te en la ca­ra –eso ha­ce que Je­sús ac­túe a tra­vés de ella, ex­pli­ca–, los pa­cien­tes se tam­ba­lean y caen su­mi­dos en un tran­ce su­je­ta­dos por unos asis­ten­tes con as­pec­to de por­te­ros de dis­co­te­ca.

¡ALA­NI ES GRAN­DE! «¡Ale­lu­ya!», gri­tan los ayu­dan­tes. «¡Dios es­tá aquí! ¡Ala­ni es gran­de!». La pro­pia Ala­ni ob­ser­va la es­ce­na con ai­re de ti­mi­dez. Sus ma­nos jue­gan con el do­bla­di­llo del ves­ti­do. Por un ins­tan­te es lo que es: una ni­ña de 12 años. Al ca­bo de unos mi­nu­tos, los ayu­dan­tes sa­can a los pa­cien­tes de su sue­ño. «Bueno, di­nos, ¿có­mo ha ido?», pre­gun­ta el pas­tor Adau­to. «He sen­ti­do al­go ca­lien­te, al­go que caía so­bre mí», res­pon­de Ele­na. «¿Y tu tu­mor? ¿Crees que estás cu­ra­da?». «No lo sé, es­pe­ro que sí». «¿Quién te ha cu­ra­do?». «Je­sús». La mul­ti­tud es­ta­lla en jú­bi­lo. El cie­go Mat­heus in­ten­ta ver, pe­ro no fun­cio­na. «Hay que creer con fer­vor –asegura Adau­to–. Traed más gen­te ne­ce­si­ta­da –de­man­da a la mul­ti­tud–. Y otra co­sa: no re­ci­bi­mos ayu­da del Es­ta­do por nues­tras obras. Si po­déis apor­tar di­ne­ro, en­tre­gad­lo». En cues­tio­nes de re­li­gión, Bra­sil es un país de infinitas po­si­bi­li­da­des. De Eu­ro­pa lle­ga­ron los ca­tó­li­cos; de las sel­vas tro­pi­ca­les, las re­li­gio­nes na­tu­ra­les; de Áfri­ca, la ma­cum­ba; y de Es­ta­dos Uni­dos, los evan­gé­li­cos. En­tre to­dos han da­do lu­gar a un sin­cre­tis­mo úni­co y las Igle­sias co­mo la de Ala­ni es­tán des­pla­zan­do al ca­to­li­cis­mo de su po­si­ción do­mi­nan­te. Bra­sil sigue sien­do el país con más ca­tó­li­cos del mun­do, pe­ro hoy so­lo el 60 por cien­to de la po­bla­ción pro­fe­sa es­ta fe, cuan­do ha­ce ape­nas 25 años su­pe­ra­ba el 83 por cien­to. Tras la ce­re­mo­nia de cu­ra­ción, el pas­tor Adau­to nos pide que lo acom­pa­ñe­mos a su des­pa­cho. De la pa­red cuel­gan tes­ti­mo­nios de sus pa­sa­das «cru­za­das de los mi­la­gros», co­mo lla­ma a sus gi­ras. Tie­ne pa­cien­tes de Ita­lia, Geor­gia o Ja­pón y re­ci­be pe­ti­cio­nes de en­tre­vis­tas de me­dios de to­do el mun­do. «An­tes de con­tes­tar,

ha­go mi pro­pia in­ves­ti­ga­ción –dice, y aña­de con to­ni­llo ame­na­za­dor–: Tam­bién lo he he­cho con us­te­des». Ha te­ni­do ma­las ex­pe­rien­cias con los eu­ro­peos, son per­so­nas es­cép­ti­cas, afir­ma. El Mi­nis­te­rio de Tra­ba­jo tam­bién les ha da­do pro­ble­mas; cree que los mi­la­gros de Ala­ni son una for­ma de ex­plo­ta­ción in­fan­til. Pe­ro la ni­ña –ar­gu­men­ta– so­lo ha­ce cu­ra­cio­nes una vez por se­ma­na. Y los miér­co­les so­lo lee el fu­tu­ro. Ha­ce un tiem­po, tras ser acu­sa­do de usar a su hi­ja con fi­nes eco­nó­mi­cos, de­jó a Ala­ni unos me­ses sin ac­tuar. «Llo­ra­ba sin pa­rar, se pu­so en­fer­ma y se ne­gó a co­mer has­ta que la de­ja­mos vol­ver a cu­rar. Es su vocación di­vi­na. No po­de­mos pri­var a la hu­ma­ni­dad de ella». Seis se­ma­nas más tar­de, el cie­go Mat­heus sigue sin ver. «Ala­ni dice que

El Go­bierno cree que los mi­la­gros son una for­ma de ex­plo­ta­ción in­fan­til. "Mi hi­ja so­lo cu­ra una vez por se­ma­na", re­ba­te un pa­dre

bas­ta creer fir­me­men­te, y yo creo», dice con una de­cep­ción que rom­pe el co­ra­zón. Se pa­sa el día rezando. «¿No co­no­ce­rán a otros sa­na­do­res? –pre­gun­ta–. Quie­ro in­ten­tar­lo to­do». Mat­heus evi­den­cia la san­gran­te cri­sis eco­nó­mi­ca y so­cial que atra­vie­sa Bra­sil; una muestra de có­mo, an­te la de­ses­pe­ra­ción, la gen­te se vuel­ve ha­cia cu­ran­de­ros, char­la­ta­nes y de­ma­go­gos. No en vano los predicadores in­fan­ti­les pro­li­fe­ran hoy por to­do Bra­sil. Da­niel Pen­te­cos­te, un chi­co de 15 años, de Cu­ri­ti­ba, ven­dría a ser el nú­me­ro dos de la cla­si­fi­ca­ción na­cio­nal, por de­trás de Ala­ni. Com­pa­ra­do con ella, comenzó más bien tar­de: ya ha­bía nacido. Te­nía 4 años cuan­do em­pe­zó. «Pre­di­ca­ba an­tes de sa­ber leer –asegura–. He lle­ga­do a pre­di­car an­te 60.000 per­so­nas». SACAR PAR­TI­DO A LA IN­FAN­CIA. Su fa­mi­lia vi­ve de la ven­ta de CD y de las co­lec­tas. «Que­re­mos abrir un ca­nal de te­le­vi­sión», ex­pli­ca su pa­dre, que de­jó una vi­da de em­pre­sa­rio

Qpa­ra pre­di­car con su hi­jo. Pe­ro de­ben dar­se pri­sa. A sus 15 años, Da­niel es­tá per­dien­do su mar­ca dis­tin­ti­va, su ca­rác­ter in­fan­til. Cuan­do ter­mi­na el ac­to, un en­jam­bre de chi­cas ro­dea al pro­fe­ta. «Re­zo por vo­so­tras», les dice. Por su vir­gi­ni­dad. Lue­go se sien­ta en un so­fá con un com­pa­ñe­ro de fe y ofre­ce una se­lec­ción de sus ví­deos. «Más de un mi­llón de vi­si­tas en You­tu­be», dice de uno de sus ser­mo­nes. Ha ele­gi­do el nom­bre ar­tís­ti­co de Da­niel Pen­te­cos­te pa­ra que lo ayu­de a dar el sal­to in­ter­na­cio­nal. «Aca­ba­mos de re­clu­tar a una con­gre­sis­ta co­mo má­na­ger», anun­cia el pa­dre. Al co­no­cer el ca­so de Mat­heus, Da­niel acep­ta al ins­tan­te ha­cer­se car­go de su cu­ra­ción. «Je­sús me ha ele­gi­do pa­ra trans­mi­tir sus men­sa­jes di­vi­nos –dice–. Y cu­ra a tra­vés de mí». Da­niel re­za por el cie­go Mat­heus y tam­bién por el pe­rio­dis­ta. «Tú tam­bién pue­des cu­rar si te en­tre­gas a Dios», dice a mo­do de despedida. Me­ses más tar­de, Ele­na, la 'pa­cien­te' de Ala­ni con va­rios tu­mo­res, ha muer­to. Mat­heus, el cie­go de 16 años, sigue sin ver. La mis­sio­na­rin­ha no tie­ne mu­cho que aña­dir. «Mat­heus so­lo tie­ne que creer. Lle­va su tiem­po. Hay cu­ra­cio­nes in­me­dia­tas y cu­ra­cio­nes gra­dua­les», co­men­ta Ala­ni, que de ma­yor, cuen­ta, quie­re ser mé­di­ca. Al­go lla­ma­ti­vo, ya que, por lo que ven­de su Igle­sia, sus cu­ra­cio­nes son mu­cho más efec­ti­vas que la me­di­ci­na. «Jo, bueno... Creo que quie­ro ser mé­di­ca, eso es to­do», zan­ja.

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