LA AC­TRIZ ANA MI­LÁN:

«SOY MUY FAN DEL GÉ­NE­RO MAS­CU­LINO»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: MA­RÍA VIDAL

Di­ce que si se mu­rie­ra es­ta tar­de ya le ha­bría com­pen­sa­do vi­vir. Es­ta con­fe­sión re­su­me la fi­lo­so­fía que prac­ti­ca: la de dis­fru­tar ca­da pe­que­ño de­ta­lle. ¿El úl­ti­mo? Sen­tir­se co­mo una di­va pa­sean­do por Gran Vía al dar­se cuen­ta de que ya era ve­rano.

Con 12 años se lle­va­ba el dic­cio­na­rio a la ca­ma pa­ra apren­der pa­la­bras nue­vas. Es­ta pa­sión que sien­te por las pa­la­bras la lle­vó a es­tu­diar Pe­rio­dis­mo, una ca­rre­ra que de­jó a un la­do por el amor de su vi­da « la­bo­ral­men­te ha­blan­do», la in­ter­pre­ta­ción, y que aho­ra re­to­ma con su se­gun­do li­bro, Voy a lla­mar a las co­sas por tu nom­bre.

—¿Quién es tú?

—Tú eres tú, soy yo, es él, so­mos no­so­tros, no hay uno con ca­ra, ca­da uno tie­ne su tú par­ti­cu­lar.

—Di­ces fra­ses co­mo «Y si el in­vierno vie­ne de vuel­ta que me pi­lle muy abri­ga­da » , « es­pe­ro ha­ber apren­di­do», «he si­do to­do lo que po­día ser». Si leo en­tre lí­neas, es una ma­ne­ra de de­cir que es­tás de vuel­ta...

—Nooo, de vuel­ta no se es­tá nun­ca, es­pe­ro que me si­gan pa­san­do co­sas y sen­tir co­sas por pri­me­ra vez, me es­pan­ta­ría la sen­sa­ción de es­tar de vuel­ta, de he­cho me si­go equi­vo­can­do ca­si en las mis­mas co­sas.

—Nos cues­ta mu­cho lla­mar a las co­sas por su nom­bre, ¿no?

— Nos cues­ta ca­si to­dos los días, si mi­rá­se­mos a la ver­dad de fren­te y lla- má­se­mos a las co­sas por su nom­bre el mun­do se­ría un si­tio bas­tan­te in­hós­pi­to, la sin­ce­ri­dad es muy du­ra, no me ex­tra­ña que en Ja­pón sea un de­fec­to y no una vir­tud.

—¿Has en­con­tra­do en la es­cri­tu­ra la ma­ne­ra de sa­ciar tu «yo pe­rio­dis­ta»?

—Pues al­go de eso sí hay, por­que cuan­do yo te­nía 12 años ca­da no­che me lle­va­ba el dic­cio­na­rio a la ca­ma pa­ra apren­der pa­la­bras nue­vas, soy una gran aman­te de las pa­la­bras, me pa­re­ce fas­ci­nan­te, in­creí­ble que exis­ta una pa­la­bra pa­ra ca­si to­do, tan­to co­mo que hay emo­cio­nes o sen­sa­cio­nes que no tie­nen nin­gu­na pa­la­bra, que se nos que­dan to­das cor­tas. Ju­gar con ellas se convierte en al­go te­ra­péu­ti­co, lú­di­co, di­ver­ti­do, que me qui­ta la es­pi­ni­ta de la pri­me­ra ca­rre­ra que es­co­gí, que si­go aman­do y ad­mi­ran­do mu­chí­si­mo.

—¿Te lle­na más la in­ter­pre­ta­ción?

—Yo de ba­se in­du­da­ble­men­te soy ac­triz, y ac­triz me sien­to, y es la ca­rre­ra mas im­por­tan­te de mi vi­da, des­pués po­dré ton­tear con cual­quier otra, pe­ro la­bo­ral­men­te ha­blan­do el amor de mi vi­da es la in­ter­pre­ta­ción.

—¿Si­gues apli­can­do la fi­lo­so­fía del «car­pe diem»?

—Cla­ro , y po­bre del que no la apli­que, por­que no exis­te na­da más que un aquí y aho­ra cons­tan­te, sin que­rer po­ner­me fi­lo­só­fi­ca, pe­ro es que no exis­te otra, tú no sa­bes si yo me voy a mo­rir den­tro de un cuar­to de ho­ra o si es­ta va a ser tu úl­ti­ma en­tre­vis­ta, no lo sa­bes.

— Por ejem­plo, un de­ta­lle re­cien­te que te ha­ya pro­du­ci­do un buen mo­men­to...

— Úl­ti­ma­men­te ten­go muy bue­nos mo­men­tos, el otro día ca­mi­nan­do por Gran Vía me di cuen­ta de que ya ha­bía lle­ga­do el ve­rano, de que ya iba sin ro­pa de abri­go, y me sen­tí tan di­va, tan fe­liz, esa sen­sa­ción de que se aca­bó el frío que ya vie­ne lo bueno. A mí es­ta sen­sa­ción me po­ne a bien con la vi­da, ro­za más la fe­li­ci­dad que otras co­sas a las que se le su­po­ne más gran­de.

—¿Eres más de ca­lor que de frío?

—Bueno, bueno, yo me po­dría po­ner a llo­rar por frío. No pue­do en­ten­der que ha­ya gen­te que vi­ve en Mon­go­lia y sea li­bre. Me crie en Ali­can­te, soy me­di­te­rrá­nea y fe­ni­cia.

—Ha­blan­do de fe­li­ci­dad, un es­tu­dio di­ce que al­can­za­mos la fe­li­ci­dad ple­na a los 34... ¿es tu ca­so?

—Pues no te di­ría yo que no. Pe­ro a los 42 se es­tá es­tu­pen­da­men­te bien, te lo ase­gu­ro. Hay mu­cha gen­te con mu­cho tiem­po pa­ra ha­cer mu­chos es­tu­dios muy ex­tra­ños.

—Echas la vis­ta atrás, y ¿qué ves?

—Una gran vi­da. Si yo me mu­rie­se es­ta tar­de a mí ya me hu­bie­se com­pen­sa­do. He te­ni­do una vi­da, que el día que se la cuen­te a mis nie­tos van a de- cir: «¿En se­rio, abue­la?». Una gran vi­da, gran fa­mi­lia, he te­ni­do y ten­go a gran­des per­so­nas a mi la­do.

—Pa­se lo que pa­se, ¿nun­ca pier­des la son­ri­sa?

—La he per­di­do mu­chas ve­ces, pe­ro la vuel­vo a co­ger ra­pi­di­to. Hay un ca­pí­tu­lo en el li­bro que ha­bla de eso, es­tá muy bien a ve­ces per­mi­tir­se la tris­te­za y es ab­so­lu­ta­men­te ne­ce­sa­rio, por­que for­ma par­te de la vi­da, tan­to co­mo la fe­li­ci­dad, pe­ro a la tris­te­za hay que ha­cer­le siem­pre un po­qui­to de me­nos ca­so, por­que co­mo en­tre de­ma­sia­do has­ta el fon­do... Yo me río mu­cho y llo­ro lo jus­to.

— Mi­lán: ape­lli­do, blog, li­bro... ¿Cuán­tas ve­ces has ido a Mi­lán?

—[Ri­sas] So­la­men­te he ido una.

—¿Una ciu­dad es­pe­cial?

—Sí, fui muy in­creí­ble­men­te fe­liz y los si­tios son es­pe­cia­les en tan­to que eres fe­liz en ellos. Fui con mi ami­ga Ma­ti y fue un via­je lleno de mo­men­ta­zos.

— Se­ries co­mo « Se­xo en Nue­va York» han ayu­da­do mu­cho a las mu­je­res, ¿to­da­vía nos fal­ta?

—Nos va a fal­tar to­da la vi­da, por­que las mu­je­res so­mos muy crue­les con no­so­tras mis­mas, ellos acep­tan nues­tro cu­lo de la 42 en­can­ta­dos de la vi­da, y no­so­tras nos va­mos cri­ti­can­do unas a otras y lo que es peor a no­so­tras mis­mas, de ma­ne­ra cons­tan­te, nos juz­ga­mos, nos da­mos mu­cha ca­ña, que­re­mos ser su­per­wo­man y aca­ba­mos ago­ta­das. Ellos no lo son tan­to ni con ellos ni con no­so­tras. Yo soy bas­tan­te fan del gé­ne­ro mas­cu­lino, vi­ve me­jor que el fe­me­nino sin dar­le tan­tas vuel­tas a las co­sas y sin tan­ta in­ten­si­dad.

—Di­ces que has­ta los 35 tie­nes la ca­ra que te re­ga­la la na­tu­ra­le­za y a par­tir de esa edad la que te me­re­ces. ¿Cuál te to­ca a ti?

—La que ten­go. Eso lo tie­nes que juz­gar tú. Ten­go la ca­ra que me me­rez­co y yo ten­go la ca­ra que he cu­rra­do por­que hay gen­te que no es fe­liz por­que no le da la real ga­na, por­que lo nie­ga to­do, y la fe­li­ci­dad hay que cu­rrár­se­la mu­cho.

—Hu­bo un pa­rón no­ta­ble en tu blog... ¿ne­ce­si­ta­bas un tiem­po pa­ra ti?

—Sí, pa­ra es­tar con­mi­go a so­las y en si­len­cio, y lue­go vol­ver a es­tre­nar son­ri­sa.

—¿Es­tás ya en ese mo­men­to?

—Sí, con la son­ri­sa es­tre­na­da y el ves­ti­do de ve­rano pues­to.

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