¡Aquí se be­be el lí­qui­do de las ma­ce­tas!

LOS VA­SOS ES­TÁN BIEN pa­ra be­ber agua, las ta­zas pa­ra el ca­fé o el Co­la Cao pe­ro, ¿y los cóc­te­les? Ca­da vez más «bar­men» op­tan por dar a sus crea­cio­nes un re­ci­pien­te a la al­tu­ra de las cir­cuns­tan­cias. ¿Te atre­ves a in­no­var al otro la­do de la ba­rra?

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - SABORES - TEX­TO: CAR­MEN GAR­CÍA DE BURGOS VELÓN

Cuan­do Car­los Antelo le di­jo a un re­pre­sen­tan­te de una mar­ca de be­bi­das al­cohó­li­cas que acep­ta­ba el re­to de ofre­cer cóc­te­les en una bol­sa de plás­ti­co, es­te res­pi­ró. No se po­día creer que uno de sus com­pra­do­res ha­bi­tua­les ac­ce­die­se. Los de­más no se ha­bían atre­vi­do. Aho­ra el Ga­roa, uno de los re­fe­ren­tes de la no­che —y la tar­de, pa­ra los más tran­qui­los, con te­rra­za in­clui­da— en San­tia­go, no en­tien­de có­mo no se hi­zo an­tes. Tam­po­co en el Di­ver­xo, el res­tau­ran­te de Da­viz Mu­ñoz, don­de im­pe­ra es­ta ten­den­cia. Es una apues­ta se­gu­ra, so­bre to­do pa­ra el pú­bli­co fe­me­nino, que sue­le caer ren­di­do con más fa­ci­li­dad an­te las be­bi­das dul­ces, y las ba­ti­das (de co­co, fre­sa y fru­ta de la pa­sión) son las rei­nas. Eso es pre­ci­sa­men­te lo que con­tie­nen los sa­qui­tos, que el Ga­roa ador­na con dul­ces y to­ques flo­ra­les. Es la nue­va pro­pues­ta de los coc­te­le­ros, que han de­ci­di­do que las mez­clas de au­tor me­re­cen un en­vol­to­rio a su al­tu­ra.

Y es que los va­sos es­tán bien, pe­ro don­de es­té una ma­ce­ta, una bo­te­lla clá­si­ca de le­che, una ta­za de co­bre o una de las an­ti­guas de le­che, ador­na­das al más pu­ro es­ti­lo de nues­tras abue­las, que se qui­te el vi­drio con­ven­cio­nal. Bien lo sa­be Phi­lip Luz, el pro­pie­ta­rio de So­pa de Gallo, uno de los lo­ca­les de mo­da de Pon­te­ve­dra des­de que abrió sus puer­tas ha­ce ape­nas seis me­ses. En par­te, por­que allí uno se pue­de en­con­trar un com­bi­na­do en ca­si cual­quier ti­po de re­ci­pien­te.

EN BUS­CA DE PLAN­TAS

Phi­lip iba pa­sean­do por un vi­ve­ro en bus­ca de una plan­ta cuan­do ca­yó en la cuen­ta de que, si una ma­ce­ta po­día ha­cer cre­cer y flo­re­cer un ser ve­ge­tal, mu­cho más po­dría ha­cer por la no­che pon­te­ve­dre­sa. Y lo con­si­gue ca­da fin de se­ma­na, de jue­ves a do­min­go. La idea es in­no­var. Sea co­mo sea. En to­do. Con­se­guir que la gen­te se sor­pren­da es una cos­tum­bre en paí­ses co­mo In­gla­te­rra o Es­ta­dos Uni­dos que, co­mo tan­tas otras, pa­re­ce ha­ber lle­ga­do a Es­pa­ña con cier­to re­tra­so. Los ti­ki fue­ron los pri­me­ros en irrum­pir en el mun­do de los com­bi­na­dos. Tu­vie­ron su mo­men­to, pe­ro son re­ci­pien­tes gran­des y apa­ra­to­sos y, al ser de ce­rá­mi­ca, se da­ñan con fa­ci­li­dad. Además, son in­có­mo­dos de usar en el la­va­va­ji­llas (no siem­pre en­tran bien por su ta­ma­ño). Por si fue­ra po­co, son ca­ras (cues­tan unos do­ce eu­ros ca­da uno). Más tar­de, ha­ce un par de años, los ta­rros de cris­tal de mer­me­la­da an­ti­guos se lo lle­va­ron to­do: da­ba igual pe­dir un zu­mo que un pos­tre; to­do aca­ba­ba te­nien­do la mis­ma for­ma. Co­mo mu­cho, po­día abrir­se con un cie­rre me­tá­li­co o be­ber­se con una pa­ji­ta in­ser­ta­da en la ta­pa.

Aho­ra, una vez roto el mol­de, la ten­den­cia evo­lu­cio­na ha­cia so­lu­cio­nes que sean tan prác­ti­cas co­mo atrac­ti­vas. Y efi­ca­ces. Por­que la co­sa fun­cio­na. «La gen­te se pi­de las be­bi­das por cu­rio­si­dad, por­que se las ve a otra gen­te en el lo­cal y les lla­ma la aten­ción», ase­gu­ra Phi­lip. Tam­bién las del Ga­roa en­tran por los ojos, en mu­chos ca­sos pre­ci­sa­men­te pa­ra que­dar­se gra­ba­das allí, en la re­ti­na. «Hay quien las pi­de prin­ci­pal­men­te pa­ra ha­cer­se fo­tos con ellas; la ma­yo­ría de la gen­te no des­cu­bre a qué sa­be has­ta que las prue­ba, pe­ro les atrae el en­vol­to­rio», aña­de Car­los. Am­bos coin­ci­den en que la apues­ta es ren­ta­ble. Tie­ne que aca­bar sién­do­lo. Si se tra­ta de re­ci­pien­tes más ela­bo­ra­dos y más ca­ros, se eli­ge un cóc­tel de au­tor que per­mi­ta apli­car el cos­te en el pre­cio fi­nal. Si no, co­mo en el ca­so de la bol­sa de plás­ti­co, que es ba­ra­ta y có­mo­da, se pue­de man­te­ner el ori­gi­nal. «De to­das for­mas, sue­le tra­tar­se de re­ci­pien­tes du­ra­de­ros, que se la­van y se re­uti­li­zan, igual que los va­sos de cris­tal», ex­pli­ca el pro­pie­ta­rio del Ga­roa.

Una vez acla­ra­do que so­lo cam­bia el en­vol­to­rio, la co­sa de­pen­de de la va­len­tía del con­su­mi­dor. Y tú, ¿eres de los que arries­ga, o de los que se que­da con el va­so de to­da la vi­da?

FO­TO: CAPOTILLO

FO­TO: ÁL­VA­RO BA­LLES­TE­ROS

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