Es el mie­do

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - ¡ QUÉ CO SAS ! -

La de­ten­ción del ase­sino de Dia­na abre un in­for­ma­ti­vo cu­ya es­ca­le­ta pa­re­ce hil­va­na­da con la mis­ma ma­de­ja. Tras los de­ta­lles de la con­fe­sión de su ver­du­go, apa­re­cen los de dos ni­ños se­cues­tra­dos por su pa­dre mal­tra­ta­dor; los de una me­nor que de­nun­ció a tres ju­ga­do­res de fút­bol y el lis­ta­do de las caí­das du­ran­te el año 2017. Ni si­quie­ra exis­te un con­sen­so sobre el nú­me­ro to­tal de ase­si­na­das. 48, 56. La dis­cre­pan­cia es un do­lo­ro­so ejem­plo de lo pom­po­sas que son las pa­la­bras y lo en­de­bles que son los he­chos.

La sec­ción de De­por­tes cam­bia el en­fo­que pe­ro no el asun­to. Aquí la mu­jer pro­ta­go­nis­ta no ha muer­to pe­ro tam­bién se pro­gra­mó sobre ella un ti­po de aco­so. Se lla­ma An­na Muzy­chuk, tie­ne 27 años, una de las gran­des men­tes de Eu­ro­pa y ha re­nun­cia­do a sus tí­tu­los de cam­peo­na de aje­drez y a 150.000 eu­ros por de­cir que no a las in­fa­mes im­po­si­cio­nes de Ara­bia Sau­dí, se­de del cam­peo­na­to mun­dial. Se ha es­ti­ma­do mu­cho la va­len­tía de An­na pe­ro na­die ha plan­tea­do en se­rio un boicot ge­ne­ral a la com­pe­ti­ción y a las exi­gen­cias de un país que con­tra­vie­ne a dia­rio los de­re­chos de la mu­jer. Por po­ner le­tras a la in­fa­mia re­cor­dar que si fue­ra una mu­jer sau­dí An­na no po­dría sa­lir a la ca­lle sin un hom­bre, ni abrir una cuen­ta co­rrien­te; se­ría cas­ti­ga­da por ofen­der a su tu­tor y el um­bral de esa ofen­sa es de­li­ran­te; ten­dría que ca­mi­nar cu­bier­ta por una tú­ni­ca y un ve­lo; no po­dría ha­cer de­por­te ni ele­gir pa­re­ja ni en­trar en un ce­men­te­rio a des­pe­dir a un ser que­ri­do. Eso sí, des­de sep­tiem­bre po­dría con­du­cir. Ir al ci­ne, no.

Ara­bia es el es­pe­jo cón­ca­vo en el que se re­fle­ja la dis­cri­mi­na­ción que la mu­jer su­fre en to­dos y ca­da uno de los paí­ses de la tie­rra. Hay gra­dos pe­ro no ex­cep­cio­nes. Los ta­li­ba­nes la­pi­dan a las mu­je­res ca­li­fi­ca­das de in­fie­les y en Ta­ra­go­ña un ti­po ma­tó a Dia­na. La lis­ta es tan des­co­mu­nal, la re­la­ción de afren­tas, de abu­sos, de muer­tes, de aco­sos, de in­sul­tos, de nor­mas tan in­ter­mi­na­ble que es fá­cil re­co­no­cer que exis­te un ne­xo co­mún. Se ha­bla de po­der y de do­mi­na­ción pe­ro pue­de que en to­dos los malna­ci­dos que en el mun­do son ha­bi­te tam­bién el mie­do, un mie­do co­bar­de a sus mu­je­res, a sus hi­jas, a sus madres, a sus ami­gas. Un mie­do que con­vier­te en víc­ti­mas a mi­llo­nes de mu­je­res, mu­je­res ase­si­na­das, vio­la­das, in­sul­ta­das, aco­sa­das, ta­pa­das, dis­mi­nui­das, apar­ta­das, ve­ja­das, ocul­ta­das, ol­vi­da­das.

An­na Muzy­chuk per­de­rá sus tí­tu­los por de­cir que no. Su dig­ni­dad com­pi­te en el epí­lo­go in­for­ma­ti­vo de la se­ma­na con las ma­ca­rra­das ba­ra­tas de dos ma­cho­tes que ex­hi­ben ge­ni­ta­les. Mi­llo­nes de per­so­nas de­pen­den de ellos. Uno pre­si­de Es­ta­dos Uni­dos. El otro, Corea del Nor­te. «Mi bo­tón es mu­cho más gran­de y po­de­ro­so». En teo­ría ha­blan de gue­rra nu­clear. Pe­ro cual­quie­ra lo di­ría.

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