So­mos Su­pe­ra­bue­los

SU CA­RI­ÑO ES ÚNI­CO Y es­tán ahí siem­pre que ha­cen fal­ta; por eso hoy en YES ha­ce­mos un ho­me­na­je a los abue­los que nun­ca fa­llan. Los que atien­den siem­pre, los que dan de co­mer, los que lle­van a la guar­de­ría, los que se ofre­cen a la pri­me­ra, los que dan el

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FA­GI­NAS

Si en­tras en ca­sa de Mi­guel y Kety lo pri­me­ro que te en­cuen­tras es a un re­na­cua­jo con una pe­lo­ta en­tre las pier­nas. Es Ma­rio. Uno de sus nie­tos más pe­que­ños —aca­ba de cum­plir los 3 — que me re­ci­be con una enor­me son­ri­sa a mí y a mis hi­jos. Por­que en una de es­tas jor­na­das en que la con­ci­lia­ción se tuer­ce, me los he traí­do con­mi­go a tra­ba­jar. Pe­ro en ca­sa de Kety y Mi­guel, los su­pe­ra­bue­los de es­te re­por­ta­je, los ni­ños no mo­les­tan, así que mien­tras me sien­to y pre­pa­ro mi gra­ba­do­ra, ya tie­nen de­lan­te dos bo­les de pa­lo­mi­tas y una pe­lo­ta de es­pu­ma pa­ra ju­gar al ba­lón: «Yo les de­jo ju­gar en el pa­si­llo, que jue­guen, ya les de­jé en su mo­men­to a mis hi­jos y aho­ra tam­bién a los nie­tos», cuen­ta Kety, que en es­to de criar sa­be mu­cho por­que tu­vo cua­tro hi­jos y aho­ra tie­ne nue­ve nie­tos: Hu­go, de 13 años; Adrián, de 12; Pa­blo, de 11; Ana de 11; Ma­teo, de 10; Fer­nan­do, de 8; Mar­tín, de 8; Ma­rio, de 3 y Ti­na, de 18 me­ses. En la foto de hoy no es­tán to­dos, pe­ro en su pi­so de A Co­ru­ña es ha­bi­tual que se jun­ten va­rios a la vez, por­que en es­ta ca­sa se han ido cui­dan­do to­dos. «Lo pri­me­ro que quie­ro de­cir es que mis nie­tos pa­ra mí no son una obli­ga­ción; yo los atien­do, les ha­go de co­mer to­dos los días, o se que­dan a dor­mir, por­que me gus­ta es­tar con ellos, me gus­ta ayu­dar a mis hi­jos y es­toy en­can­ta­da en es­te pa­pel. Cuan­do oi­go que al­gu­na ami­ga me di­ce que eso no lo quie­re pa­ra ella, lo res­pe­to, pe­ro a mí me en­can­ta. Mis nie­tos son la ra­zón de mi vi­da», se­ña­la Kety. A su la­do, su ma­ri­do, Mi­guel, la es­cu­cha aten­ta­men­te co­mo si no fue­ra con él. ¡Y va­ya sí va! En es­te tán­dem de su­pe­ra­bue­los él es una par­te fun­da­men­tal, «es el ta­xis­ta ofi­cial de la fa­mi­lia», me apun­ta Eva, una de sus hi­jas. «Él es el en­car­ga­do de an­dar lle­van­do y tra­yen­do a to­dos los ni­ños ca­si to­dos los días de la se­ma­na».

Vea­mos, en­ton­ces, có­mo es exac­ta­men­te la ru­ti­na de es­tos abue­la­zos. «Fijos a co­mer ten­go dos nie­tos de lu­nes a vier­nes, Ma­teo y Ma­rio —se­ña­la Kety—, lue­go ten­go va­rios me­dio pen­sio­nis­tas, so­bre to­do Ana y Fer­nan­do, que co­mo sus pa­dres via­jan mu­cho por tra­ba­jo se que­dan a dor­mir a me­nu­do; mu­chos vier­nes vie­ne, ade­más, mi hi­jo con los su­yos a to­mar la tor­ti­lla, que es mi es­pe­cia­li­dad; y los sá­ba­dos sue­len co­mer mu­chos». Mi­guel tam­bién es­tá im­pli­ca­do des­de pri­me­ra ho­ra de la ma­ña­na en aten­der­los: «Me le­van­to a las 6.45, me to­mo mi ca­fé, leo el pe­rió­di­co, y a las 8.15 es­toy en ca­sa de mi hi­ja pa­ra lle­var a sus dos críos al co­le­gio. A ve­ces, tam­bién me to­ca co­ger el co­che pa­ra ir a bus­car a la pe­que­ña, Ti­na, y de­jar­la en la guar­de­ría; lue­go voy a re­co­ger a dos al co­le al me­dio­día y los vuel­vo a lle­var por la tar­de». En ese en­gra­na­je, a Mi­guel le to­ca aho­ra de ju­bi­la­do ir a la com­pra y ayu­dar en ca­sa en es­ta ba­ta­lla dia­ria. «Con sus hi­jos no es­tu­vo tan­to —le re­cri­mi­na Kety—, por­que es­ta­ba to­do el día tra­ba­jan­do, pe­ro yo me las apa­ñé siem­pre bien so­la, no tu­ve ayu­da ni la que­ría, ¿eh?, con cua­tro hi­jos me or­ga­ni­za­ba bien y no andaba con ton­te­rías: no po­día per­der el tiem­po en se­car­les a las ni­ñas la me­le­na, así que les la­va­ba el pe­lo, una toa­lla envuelta, y ha­la, a la ca­ma. ¡Y no se po­nían en­fer­mos! Cuan­do hu­bo al­gún sus­to, co­gía a los cua­tro, los me­tía en el co­che y a ur­gen­cias con­mi­go, se por­ta­ban muy bien», apun­ta.

SI TEN­GO QUE REÑIR, RIÑO

¿Se cría igual a un nie­to que a un hi­jo? «En mi ca­so es lo mis­mo, no soy más blan­da —di­ce es­ta su­per­abue­la, que ya es­tá afa­na­da ha­cien­do la pa­pi­lla de fru­tas pa­ra que Ma­rio me­rien­de—; yo los edu­co igual, no los mal­crío por­que los ten­go to­dos los días. Si les ten­go que reñir, les riño, y lo que hay pa­ra co­mer es lo que hay». «A mí quie­nes me po­nen ner­vio­so son los pa­dres, cuan­do veo las ton­te­rías que ha­cen mis hi­jos con ellos, me ten­go que mar­char; creo que no sa­ben po­ner lí­mi­tes», in­di­ca Mi­guel. Cla­ro que pa­ra la ho­ra de dor­mir Kety es más con­sen­ti­do­ra, deja que se me­tan con ella en la ca­ma y tie­ne su pi­so ade­cua­do pa­ra que que­pan to­dos. «Mi­ra, aquí ten­go dos ca­mas, aquí otra de ma­tri­mo­nio...». Por­que dar­le ca­bi­da a nue­ve no es fá­cil, pe­ro ella res­pon­de fe­liz a esa lla­ma­da. «Si les pre­gun­tas en ve­rano a qué cam­pa­men­to quie­ren ir, los ni­ños di­cen: ‘Al cam­pa­men­to de la abue­la Kety’, y aquí ten­go tres me­ses a cua­tro ni­ños du­ran­te el día. Al­guno ya me ha co­men­ta­do que pre­fe­ri­ría vi­vir con no­so­tros», bro­mea. Por no ha­blar de los tá­pe­res que va re­par­tien­do pa­ra que ce­nen to­dos co­mo co­rres­pon­de. «Es en lo que les pue­do ayu­dar, y aun­que cla­ro que me gus­ta sa­lir y to­dos los mar­tes voy con mis ami­gas al Man­hat­tan por la tar­de, mis hi­jos y mis nie­tos son mi vi­da. Yo sin ellos no soy na­da». Pa­la­bra de Kety. Qué suer­te de abue­la.

FOTO: MAR­COS MÍGUEZ

FOTO: MAR­COS MÍGUEZ

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