Lec­cio­nes in­ter­na­cio­na­les pa­ra sa­lir de es­te em­bro­llo

La Voz de Galicia (Ferrol) - - Opinión - TOMÁS GAR­CÍA MO­RÁN

La lis­ta de los gran­des en­ga­ños del in­de­pen­den­tis­mo ca­ta­lán es in­men­sa. Pe­ro en­tre ellos sin du­da es­tá la ma­tra­ca de que Es­pa­ña es el país me­nos de­mo­crá­ti­co de su en­torno, por­que to­dos los Es­ta­dos desa­rro­lla­dos re­co­no­cen el de­re­cho de au­to­de­ter­mi­na­ción que se le nie­ga a Ca­ta­lu­ña.

Va­ya­mos por pa­rro­quias. Lo más pa­re­ci­do al ca­mino a Íta­ca que pro­me­te Jun­que­ras es el Que­bec. Allí, las dos ve­ces que el Par­ti Que­be­co­is ha te­ni­do ma­yo­ría se ha ce­le­bra­do un re­fe­ren­do. El pri­me­ro lo to­le­ró el pa­dre del ac­tual pri­mer mi­nis­tro, Jus­tin Tru­deau, en 1980. Lo hi­zo pa­ra zan­jar el te­ma, cuan­do las en­cues­tas da­ban un 18 % de apo­yo al sí. La reali­dad es que el sí per­dió, pe­ro ob­tu­vo un res­pal­do del 40 %, y se sen­tó un pre­ce­den­te.

Los in­de­pes vol­vie­ron al Go­bierno y ce­le­bra­ron el se­gun­do re­fe­ren­do en 1995. El re­sul­ta­do fue un em­pa­te téc­ni­co, ape­nas un pun­to a fa­vor del no. Y so­bre to­do una gran di­vi­sión so­cial y una fu­ga de em­pre­sas co­mo la que he­mos vis­to es­tos días en Ca­ta­lu­ña (y no, no han vuel­to). En am­bos ca­sos la con­sul­ta fue per­mi­ti­da por Ot­ta­wa, pe­ro ja­más se re­gu­la­ron las con­se­cuen­cias de una even­tual vic­to­ria del sí. Pa­ra aca­bar con las du­das, en 1999 el Par­la­men­to apro­bó la Ley de Cla­ri­dad, que le da man­ga an­cha al Go­bierno cen­tral en los dos asun­tos claves: el por­cen­ta­je de síes ne­ce­sa­rios pa­ra lo­grar la in­de­pen­den­cia (Tru­deau hi­jo ya ha di­cho que dos ter­cios) y los te­rri­to­rios que en­tra­rán o no en el lo­te (¿Se ima­gi­nan una Ca­ta­lu­ña in­de­pen­di­za­da sin Barcelona y su área in­dus­trial?).

La otra gran le­ta­nía es Es­co­cia: el Reino Uni­do de­mues­tra su madurez de­mo­crá­ti­ca y re­co­no­ce el de­re­cho a de­ci­dir de los es­co­ce­ses. La reali­dad es más com­ple­ja: Ca­me­ron apos­tó Es­co­cia, co­mo el gran tahúr que es, por­que las en­cues­tas le anun­cia­ban una vic­to­ria del no del 70 %. Ga­nó por los pe­los, 55 % (lue­go si­guió en el ca­sino y per­dió el Reino Uni­do en­te­ro en el re­fe­ren­do del bre­xit). Pe­ro pa­ra siem­pre ha que­da­do cla­ro que, en ba­se a la Scotland

Act (su es­ta­tu­to de au­to­no­mía), la po­tes­tad de con­vo­car un re­fe­ren­do es de Lon­dres. In­clu­so des­pués del bre­xit.

El res­to de ejem­plos de la narrativa in­de­pe van en la mis­ma di­rec­ción. El Vé­ne­to, don­de go­bier­na la Li­ga Nor­te con el 60 % de los vo­tos, con­vo­có un re­fe­ren­do en el 2014. Ren­zi lo lle­vó al Cons­ti­tu­cio­nal, que lo tum­bó. Lo aca­ta­ron y a otra co­sa. Ese mis­mo año, el Cons­ti­tu­cio­nal ale­mán zan­jó una pe­ti­ción pa­ra in­de­pen­di­zar Ba­vie­ra en una re­so­lu­ción que ocu­pó li­te­ral­men­te una lí­nea: es­to en Ale­ma­nia no se pue­de ha­cer. En Fran­cia, el pri­mer mi­nis­tro Ma­nuel Valls hi­zo una gran fu­sión de re­gio­nes ad­mi­nis­tra­ti­vas que in­clu­yó a Al­sa­cia. Y an­te la que­ja del Go­bierno re­gio­nal pro­cla­mó: «No exis­te el pue­blo al­sa­ciano. Exis­te un úni­co pue­blo y es el fran­cés».

Los úl­ti­mos dos es­ta­dos ame­ri­ca­nos que se atre­vie­ron a plan­tear re­fe­ren­dos de in­de­pen­den­cia fue­ron Alas­ka (2006) y Tejas (2015). En am­bos ca­sos, el úl­ti­mo ba­jo la ad­mi­nis­tra­ción Oba­ma, se re­mi­tió a la sen­ten­cia Tejas ver­sus White de 1869, en la que se pro­cla­mó la «unión per­pe­tua de es­ta­dos in­des­truc­ti­bles».

Superado el tran­ce ac­tual, la so­lu­ción en Ca­ta­lu­ña ha­brá que bus­car­la a lar­go pla­zo. Y so­lo hay dos op­cio­nes: in­de­pen­di­zar un so­lar (aho­ra in­clu­so los de la CUP sa­ben que el cos­te de la re­pú­bli­ca ca­ta­la­na se­ría la ab­so­lu­ta rui­na) o que ocu­rra lo que ha aca­ba­do pa­san­do en el Qué­bec. Que vuel­va a mo­lar ser ca­na­dien­se. Que la in­de­pen­den­cia no se pue­da ven­der co­mo al­go cool. Que los hi­jos de quie­nes aho­ra ha­cen los es­cra­ches vean la en­so­ña­ción in­de­pe co­mo un anacro­nis­mo de sus pa­dres, co­mo ser hippy y ves­tir pan­ta­lón de pa­ta de ele­fan­te.

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