El es­cul­tor que pa­gó una alian­za con arena

Un che­co cam­bió la pla­ya de Cam­brils por la de Sil­gar pa­ra ga­nar más di­ne­ro y com­prar un ani­llo de pe­di­da a su no­via

La Voz de Galicia (Ferrol) - - Sociedad - CAR­MEN GAR­CÍA DE BUR­GOS

Mi­chal Kor­nas nun­ca ima­gi­nó que to­mar la de­ci­sión de no ir ese ve­rano a su pla­ya de siem­pre a ha­cer es­cul­tu­ras de arena po­dría sal­var­le la vi­da. Lle­gó a Barcelona des­de la Re­pú­bli­ca Che­ca, don­de tras una in­fan­cia di­fí­cil la úni­ca per­so­na que­ri­da a la que de­ja­ba atrás era su her­ma­na. En el tren, de ca­mino, per­dió la di­rec­ción de su ami­go, el úni­co con­tac­to que te­nía fue­ra de su país, y con las mis­mas de­ci­dió em­pe­zar otra vi­da allí. Pri­me­ro, co­mo jor­na­le­ro y, más tar­de, co­mo chef. Has­ta que des­cu­brió el ar­te grano a grano.

Pa­só una tem­po­ra­da apren­dien­do y se ins­ta­ló en Cam­brils. No im­por­tó que más tar­de se mu­da­ra a An­da­lu­cía y que allí co­no­cie­ra al amor de su vi­da, Sandra, una ex­tre­me­ña que pa­sa­ba el ve­rano de so­co­rris­ta. Ve­rano tras ve­rano, se­guía acu­dien­do fiel a su ci­ta con la pla­ya de Cam­brils.

Pe­ro el des­tino qui­so que el amor se fue­se im­po­nien­do ca­da vez con más fuer­za en­tre Sandra y Mi­chal, y que él no qui­sie­ra con­for­mar­se con eso. Oyó que en San­xen­xo se tra­ba­ja­ba bien, y que la pla­ya de Sil­gar era la más tu­rís­ti­ca de la zo­na, así que co­gió las ma­le­tas y cam­bió, sin sa­ber­lo, de pa­so su des­tino.

Mien­tras veía por la te­le­vi­sión las imá­ge­nes del aten­ta­do, re­co­no­cía su es­qui­na, su pa­seo y su hue­co de arena. De­cía con sus pro­fun­dos ojos azu­les que le da­ba mu­cha pe­na. Y re­ga­ba to­dos los días su gran cas­ti­llo, que ilu­mi­na­ba por la no­che con ve­las y re­pa­ra­ba ca­da ma­ña­na. A unos me­tros, pe­ga­das al fa­mo­so mu­ro de la vi­lla de la Ma­da­ma, dos som­bri­llas de pla­ya le da­ban co­bi­jo por la no­che y som­bra por el día. Ape­nas se mo­vía de allí más que pa­ra com­prar­se un bo­ca­di­llo e ir a por el mó­vil que el en­car­ga­do de un chi­rin­gui­to cer­cano le de­ja­ba car­gar. Aún así, no ne­ce­si­ta­ba vi­gi­lan­cia; en San­xen­xo la gen­te res­pe­ta­ba mu­cho su obra. To­das las no­ches Sandra lo lla­ma­ba y el jo­ven del kios­co sa­lía a avi­sar­lo. Al prin­ci­pio, re­co­no­ce, a su sue­gro no le ha­cía mu­cha gra­cia que él se de­di­ca­ra a la ar­te­sa­nía en in­vierno y a las es­cul­tu­ras de arena en ve­rano.

Pe­ro le com­pen­sa­ba. Le com­pen­sa­ban las ho­ras y la so­le­dad. Y el ca­lor y la ba­ja­da de tem­pe­ra­tu­ras. Y las pre­gun­tas, los cu­rio­sos y las llo­viz­nas ines­pe­ra­das. Por­que lo que Mi­chal no le ha­bía con­ta­do a Sandra, lo úni­co que no le ha­bía con­fe­sa­do nun­ca, es que ha­cía to­do aque­llo pa­ra aho­rrar y com­prar­le un ani­llo de pe­di­da.

Lo que sa­có le dio pa­ra eso y al­go más. Lle­gó res­fria­do a Má­la­ga y fue una tar­de a com­prar­lo. Se lo en­tre­gó a la no­che si­guien­te y le pre­gun­tó si que­ría ca­sar­se con él. «Sí que se ha que­da­do sor­pren­di­da. Le en­can­tó y me ha di­cho que sí. Es­toy muy fe­liz e ilusionado», de­cía el ar­tis­ta de lo efí­me­ro unas ho­ras des­pués.

C. G. B. / CEDIDA

Mi­chal Kor­nas, a la izquierda, en la pla­ya de Sil­gar, por la que es­te ve­rano cam­bió la de Cam­brils. Lo hi­zo, sin sa­ber que po­día es­tar sal­van­do su vi­da, pa­ra aho­rrar y com­prar­le un ani­llo de pe­di­da a Sandra, que mues­tran en la fo­to su­pe­rior.

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