Al­ber­to San Juan

NO SON DE LOS QUE SE COR­TAN A LA HO­RA DE ABOR­DAR CON NOM­BRES Y APE­LLI­DOS CUES­TIO­NES DE AC­TUA­LI­DAD PO­LÍ­TI­CA Y SO­CIAL. EN SU ÚL­TI­MO MON­TA­JE, TEA­TRO DEL BA­RRIO DI­SEC­CIO­NA EL PA­PEL QUE HA JU­GA­DO LA MO­NAR­QUÍA EN ES­PA­ÑA EN LOS ÚL­TI­MOS 40 AÑOS

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - OJOVIVO

CAR­LOS CRES­PO

| ¿Pa­ra qué ali­men­tar in­ne­ce­sa­rias sus­pi­ca­cias? Me­jor de­jar­lo cla­ro des­de el mi­nu­to ce­ro. De­fien­de Tea­tro del Ba­rrio que la vo­lun­tad de la com­pa­ñía es «abier­ta­men­te po­lí­ti­ca». Des­de esa óp­ti­ca abor­dan la fi­gu­ra del rey Juan Car­los en un mon­ta­je pro­ta­go­ni­za­do por Luis Ber­me­jo, Willy To­le­do, Ja­vier Gu­tié­rrez y Al­ber­to San Juan, con quien ha­bla­mos, iro­nías del des­tino, un 23 de fe­bre­ro.

—¿Apa­re­ce esa fe­cha en la obra?

—Apa­re­ce mu­cho por­que es uno de los mo­men­tos claves de la mo­nar­quía se­gún el re­la­to do­mi­nan­te. La le­gi­ti­mó.

—Un re­la­to que ¿us­te­des cues­tio­nan?

—Hay pie­zas que no en­ca­jan. Hay in­di­cios que ha­cen pen­sar que hay más de lo que se cuen­ta. Des­de lue­go, el Rey fue el prin­ci­pal be­ne­fi­cia­do de lo que pa­só.

—La obra ahon­da en pa­ra qué sir­ve la mo­nar­quía. ¿Han lle­ga­do a al­gu­na con­clu­sión?

—No pre­ten­de­mos ofre­cer res­pues­tas sino plan­tear pre­gun­tas. Pe­ro a al­guien le sir­vió. Y le si­gue sir­vien­do.

—In­sis­ten en que la obra no es un jui­cio a la mo­nar­quía.

—No, no hay una sen­ten­cia. Y mu­cho me­nos una ca­ri­ca­tu­ra. A mí per­so­nal­men­te la mo­nar­quía me pa­re­ce una fi­gu­ra anacró­ni­ca y de na­tu­ra­le­za no de­mo­crá­ti­ca pe­ro la obra no plan­tea el de­ba­te en­tre mo­nar­quía o re­pú­bli­ca. Lo úni­co que nos im­por­ta de es­ta per­so­na es có­mo ha in­flui­do su la­bor pú­bli­ca en la vi­da de los es­pa­ño­les.

—¿Se po­dría ha­ber lle­va­do es­ta obra a es­ce­na con el rey Juan Car­los I aún en es­ce­na?

—Es­ta­ba pre­vis­to ha­cer­la an­tes de que ab­di­ca­ra. La ab­di­ca­ción lo úni­co que hi­zo fue pro­por­cio­nar­nos un pun­to de

par­ti­da dra­má­ti­co.

—¿La lle­ga­da de Fe­li­pe VI ha su­pues­to al­gún cam­bio en la ins­ti­tu­ción?

—De mo­men­to no. Lo úni­co que ha he­cho es ir apar­tan­do de la fo­to de la fa­mi­lia real a ca­si todos. Le que­da su mu­jer, sus hi­jas y su ma­dre.

—En al­gu­na crí­ti­ca se ha se­ña­la­do que es­ta obra de tea­tro «ro­za el pe­rio­dis­mo». No sé si se lo to­ma como un ha­la­go o como una ofen­sa.

—Como un ha­la­go, cla­ro. La mo­nar­quía no, pe­ro el pe­rio­dis­mo sí me pa­re­ce im­pres­cin­di­ble pa­ra cons­truir y sostener una de­mo­cra­cia. Por eso es tan gra­ve que ha­ya li­mi­ta­cio­nes en su ejer­ci­cio in­de­pen­dien­te. Y hoy, el ma­yor vo­lu­men de in­for­ma­ción que cir­cu­la es­tá con­di­cio­na­do por in­tere­ses em­pre­sa­ria­les. Pe­ro sí, la obra tie­ne un afán pe­rio­dís­ti­co en el sen­ti­do de ob­ser­var, co­no­cer y con­tar.

—TVE des­car­tó es­ta semana emi­tir el do­cu­men­tal so­bre Juan Car­los I rea­li­za­do por Fran­ce 3. ¿Qué le pa­re­ce?

—Que de­mues­tra que te­ne­mos una te­le­vi­sión pú­bli­ca que no me­re­ce tal nom­bre. Es una pe­na por­que una te­le­vi­sión in­de­pen­dien­te po­dría ser la he­rra­mien­ta de trans­for­ma­ción so­cial más po­ten­te y más ve­loz que exis­tie­ra.

—¿Es el tea­tro el úni­co te­rri­to­rio de au­tén­ti­ca li­ber­tad que le que­da a la cul­tu­ra?

—No, ese te­rri­to­rio es­tá en el crea­dor de cual­quier dis­ci­pli­na ar­tís­ti­ca que la ejer­za con li­ber­tad. El te­rri­to­rio me­nos li­bre es la te­le­vi­sión y el si­guien­te el ci­ne, por sus de­pen­den­cias eco­nó­mi­cas. El tea­tro pue­de ser más li­bre por­que es más ba­ra­to.

—¿Cuá­les son los ries­gos de ha­cer tea­tro po­lí­ti­co?

—Nun­ca se sa­be. Ya se ha vis­to lo que ha pa­sa­do con los ti­ti­ri­te­ros. Nun­ca se sa­be qué de­li­tos se pue­den in­ven­tar.

—¿Tie­ne la sen­sa­ción de vi­vir pe­li­gro­sa­men­te?

—No, pe­ro aunque tu­vie­ra ese mie­do no me plan­tea­ría de­jar de ha­cer lo que ha­go. Si al­gún día ocu­rren consecuencias ya ve­ré có­mo afron­tar­las.

—¿Por qué los gran­des re­vo­lu­cio­na­rios no tie­nen sen­ti­do del hu­mor?

—No es cier­to. Chá­vez sí te­nía sen­ti­do del hu­mor. Fi­del Cas­tro tam­bién. Y el sub­co­man­dan­te Mar­cos iba más allá, te­nía in­clu­so sen­ti­do poé­ti­co. Y es que sin sen­ti­do del hu­mor es fá­cil caer en el dog­ma.

NA­RÓN OU­REN­SE

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