“Aún pue­do acer­car­me al mie­do so­bre­na­tu­ral que sen­tía de ni­ña”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - LETRAS . A FUEGO POR ELLAS - AU­TO­RA DE «LOS PE­LI­GROS DE FU­MAR EN LA CA­MA» Y «LAS CO­SAS QUE PER­DI­MOS EN EL FUEGO»

os po­ne a tem­blar rom­pien­do la ba­rre­ra en­tre la reali­dad y el sue­ño, y ella di­ce que no, que no va muy le­jos. «Yo no lo sien­to así. Para mí ese te­rror de mis cuentos es al­go na­tu­ral, no al­go que ha­ga para im­pac­tar o sho­kear. Mis cuentos son ca­si or­gá­ni­cos. Ocu­rren», ase­gu­ra Ma­ria­na En­rí­quez (Bue­nos Ai­res, 1973). La ma­ga del te­rror, lec­to­ra vo­raz y fan de Step­hen King o Shir­ley Jac­kon, de­to­na la fas­ci­na­ción del es­pan­to en tí­tu­los co­mo Los pe­li­gros de fu­mar en la ca­ma y Las co­sas que per­di­mos en el fuego

(más re­cien­te, pe­ro pu­bli­ca­do an­tes que el an­te­rior en Es­pa­ña). ¿Es­cri­be guia­da por la in­tui­ción, co­mo Poe? «Sí. Pla­neo po­co, aun­que el fi­nal del cuen­to lo sé des­de el prin­ci­pio». Co­mo sa­be qué no va a con­tar­le al lec­tor: «Él de­be com­ple­tar el cuen­to. Si un hom­bre tie­ne un cla­vo en la mano, no voy a de­cir qué va a ha­cer con él, el lec­tor es in­te­li­gen­te». Aun­que en la novela És­te es el mar ofrez­ca otra Ma­ria­na más lu­mi­no­sa, el su­yo es un mie­do raíz, vie­ne de le­jos. De los cuentos de des­apa­re­ci­dos que le con­ta­ba su abue­la. Y de la dic­ta­du­ra ar­gen­ti­na.

—¿Fue una ni­ña mie­do­sa?

—Sí, bas­tan­te más que aho­ra. Y creo que en lo que es­cri­bo es­tá esa sen­sa­ción de te­rror de cuan­do era chica, que soy ca­paz de re­cor­dar y re­cu­pe­rar. El mie­do de un ni­ño es tre­men­do, es real­men­te so­bre­na­tu­ral. De chi­co, una man­cha en la pa­red es la ca­ra del dia­blo, no pien­sas que es una man­cha en la pa­red. Cuan­do eres gran­de ra­cio­na­li­zas, vas ne­go­cian­do con eso, pe­ro de chi­co no pue­des. Yo no po­día, era así. Me con­ta­ban una his­to­ria de fan­tas­mas y la creía real. To­da­vía pue­do acer­car­me a ese mie­do.

—¿Mie­do a lo real o a los fan­tas­mas?

—A las dos co­sas. Yo nun­ca lle­ga­ba a creer que las co­sas es­ta­ban bien. Ha­ber cre­ci­do en la dic­ta­du­ra ar­gen­ti­na tie­ne que ver con eso. Ha­bía al­go en el am­bien­te..., el pe­so de un se­cre­to en el ai­re, que no me iban a con­tar nun­ca. Sa­bía­mos que los adul­tos ocul­ta­ban co­sas.

—¿Có­mo se le en­cien­de un cuen­to?

—Ca­si to­dos tie­nen un dis­pa­ra­dor real. En Las co­sas que per­di­mos en el fuego, por ejem­plo, el cuen­to del Chi­co sucio fue al­go que ocu­rrió idén­ti­co, no en Bue­nos Ai­res sino en una pro­vin­cia del Nor­te. Y el lu­gar existe. Ca­si no cam­bié na­da del cri­men.

—No pa­re­ce guar­dar dis­tan­cias de se­gu­ri­dad con lo que es­cri­be...

—No, pe­ro no ten­go mie­do. No me su­ges­tiono cuan­do es­cri­bo. Pro­ba­ble­men­te, tu­ve mie­do an­tes, pe­ro en el mo­men­to de es­cri­bir, de eje­cu­tar el cuen­to, ya no.

—Lo que es­cri­be se nos ha­ce de ca­sa y aca­ba sien­do una pe­sa­di­lla su­rrea­lis­ta ¡muy real!

—La in­cer­ti­dum­bre, lo si­nies­tro, lo alu­ci­na­to­rio no son ex­clu­si­vos de la fic­ción. La vi­da co­ti­dia­na nos en­fren­ta con­ti­nua­men­te a co­sas que no en­ten­de­mos, muy de­li­ran­tes o vio­len­tas que na­tu­ra­li­za­mos.

—¿Se re­co­no­ce en au­to­ras co­mo Clau­dia Pi­ñei­ro o Sa­man­ta Sch­we­blin? Tie­nen un ai­re fa­mi­liar.

—So­mos ami­gas... pe­ro que al ver­se no hablan de su obra, sino de sus va­ca­cio­nes, los hi­jos, la vi­da. Pe­ro sí creo que coin­ci­di­mos en mos­trar un lu­gar de la mu­jer ines­pe­ra­do, di­fe­ren­te, per­tur­ba­dor; bru­tal. To­das, por al­gu­na ra­zón, ne­ce­si­ta­mos es­cri­bir des­de ese lu­gar, vi­brar en el mis­mo ca­nal.

Cre­cí en la dic­ta­du­ra, con el pe­so de un se­cre­to en el ai­re”

«LOS PE­LI­GROS DE FU­MAR EN LA CA­MA» AU­TO­RA MA­RIA­NA EN­RÍ­QUEZ EDI­TO­RIAL ANAGRAMA Un li­bro de 12 cuentos don­de el in­fierno es un lu­gar real

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