“Yo nun­ca he si­do un en­fant te­rri­ble”

«Tie­rra de cam­pos» ha pa­ra­do en Ga­li­cia. Al vo­lan­te, Da­ni Mos­ca, el ál­ter ego de Da­vid True­ba que cru­za el co­ra­zón de 45 años de vi­da. ¿Cuán­to hay de Da­vid en Da­ni?, le pre­gun­ta­mos. «Bas­tan­tes co­sas», avan­za

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - LIBROS . UN AUTOR EN GIRA - TEX­TO: ANA ABELENDA

Yo es­tu­ve con Da­vid True­ba en un ho­tel. Una tar­de de or­ba­llo (a la ga­lle­ga). Su­ce­dió en A Co­ru­ña. Que sue­ne el hi­lo mu­si­cal de una ci­ta que de­bo a Le­tras de Oto­ño, que coor­di­na Ja­vier Pintor en A Co­ru­ña. La con­ver­sa­ción no pa­sa del hall, pe­ro qué in­ten­so el im­pas­se. Da­vid son­ríe con ga­fas, es una son­ri­sa tras un cris­tal, con mam­pa­ra an­ti­rro­bo. Voy con mi ejem­plar de Tie­rra de cam­pos a bol­so abier­to, lo plan­to ce­rra­do en el so­fá, con la sen­sa­ción de que se va a abrir so­lo o de que él se­rá ca­paz de adi­vi­nar los sub­ra­ya­dos («Las co­sas de­ma­sia­do gran­des son feas. Nun­ca se co­me bien en una bo­da o en una me­sa de 40. Si quie­res co­mer bien sién­ta­te a una me­sa pe­que­ña. Al­go así su­ce­de con to­do», di­ce en la no­ve­la True­ba). ¿Cuán­to tie­ne de Da­vid Da­ni Mos­ca, el mú­si­co que nos con­du­ce des­de la muer­te de un pa­dre por 45 años de vi­da en Tie­rra de cam­pos? «No to­do, pe­ro sí bas­tan­te co­sas», des­li­za.

«El au­tor im­por­ta po­co a lar­go pla­zo», ex­pli­ca. Pe­ro us­ted lea es­ta Tie­rra co­mo quie­ra. Dé­je­se abra­zar por las raí­ces. «Si el au­tor es al­guien pa­sa­do el tiem­po, lo se­rá por lo que es­cri­be. Las no­ve­las son in­de­pen­dien­tes de quie­nes las escriben. A me­nu­do uno tra­ta de or­ga­ni­zar­las con ele­men­tos ex­ter­nos, co­mo la per­so­na­li­dad, la edad, la for­ma de ser... Yo he tra­ta­do de que ca­da una de mis cin­co no­ve­las tu­vie­se su uni­dad y Tie­rra de cam­pos cie­rra una eta­pa. Ten­go la sen­sa­ción de ha­ber he­cho un lazo do­ra­do de un tiem­po. Qué ven­drá después... no lo sé». ¿Cuál pre­fie­res de tus li­bros? No eli­ge. ¿Qué pa­sa con los li­bros, se les quie­re a to­dos igual pe­ro de uno en uno, co­mo a los hi­jos? «Yo creo que sin uno no exis­ti­rían los otros. El pri­me­ro, Abier­to to­da la no­che, fue muy im­por­tan­te. Creí que ser es­cri­tor era al­go que es­ca­pa­ba a mis po­si­bi­li­da­des... Qui­zá por eso mi pri­me­ra no­ve­la es la que tie­ne más hu­mor, me re­fu­gié en el hu­mor pa­ra pre­sen­tar­me en el mun­do li­te­ra­rio».

¿Mie­do, co­mo Da­ni Mos­ca, a dor­mir de­ma­sia­do o muy pro­fun­do? «¡No! El te­mor de­be es­tar ahí, pe­ro aho­ra lo que me preo­cu­pa es que duer­mo po­co. Se­rá la edad —di­ce Da­vid có­mo­do en un so­fá a sus 48—. Aho­ra me des­pier­to an­tes... Cuan­do veo dor­mir a un be­bé, sien­to al­go que ya no ten­go. Un be­bé duer­me con el cuer­po en­te­ro. Un adul­to ya no es ca­paz de dor­mir así, es­tá siem­pre en ten­sión. ¿Qué te­me­mos?». La muer­te, su­pon­go, en­tre otras co­sas que tam­bién le tie­nen mie­do. «To­dos co­no­ce­mos el fi­nal. Y el fi­nal no es fe­liz», arran­ca es­ta no­ve­la. ¿Va Tie­rra de

cam­pos so­bre la muer­te o so­bre la vi­da? «Va so­bre la vi­da. Si no exis­tie­se la muer­te, la vi­da se­ría dis­tin­ta y con me­nos sen­ti­do. Cuan­do ha­blas con al­guien jo­ven le di­ces: ‘Ten cui­da­do, la vi­da es lo úni­co que tie­nes, no co­me­tas el error de creer que po­ner­la en ries­go ha­ce que sea más in­tere­san­te. No te de­jes en­ga­ñar’», di­ce. Pe­ro es di­fí­cil re­sis­tir­se a la tentación de la tram­pa mor­tal. «Y más en un mun­do don­de los es­tí­mu­los es­tán en la ra­pi­dez, en la ve­lo­ci­dad, en la in­ten­si­dad», plan­tea. Una fra­se co­mo una luz fi­ja en es­ta road no­vel a cá­ma­ra

len­ta: La es­pe­ra ali­men­ta el co­ra­zón. «Sí. Com­pen­sa. Pien­sa en qué sien­tes al fi­nal de un es­fuer­zo, al fi­nal de una co­sa per­se­gui­da du­ran­te años», su­gie­re True­ba. Ter­nu­ra, fi­lo­so­fía, mú­si­ca y hu­mor se com­bi­nan en la chis­te­ra de la ca­be­za del ben­ja­mín, el pe­que­ño de ocho her­ma­nos que ga­nó el Go­ya con Vi­vir es fá­cil con los ojos ce­rra­dos. ¿Se na­ce con ese ojo avi­zor que tú tie­nes pa­ra el de­fec­to? «Y se va ha­cien­do... A ve­ces mi­ro a una per­so­na que se cree im­por­tan­te, o in­to­ca­ble, y veo que le que­da cor­to el pan­ta­lón —cuen­ta—. Hay que te­ner ojo pa­ra eso, yo lo ten­go des­de pe­que­ño; ten­go ojo pa­ra ver cuán­do al­guien quie­re dar­se más im­por­tan­cia de la que tie­ne. Siem­pre veo el la­do ri­dícu­lo, tam­bién de mí mis­mo».

No me atre­vo a pre­gun­tar por el arran­que ro­sa de Ja­vier Cer­cas en El

mo­nar­ca de las som­bras, cuan­do en­tra en de­ta­lle de su rup­tu­ra con Ariad­na Gil, pe­ro tan­teo qué opi­na Da­vid True­ba so­bre el amor, qué le pa­re­ce El Sen­ti­mien­to. «En el amor hay mu­cha gen­te que es­pe­ra ob­te­ner una re­com­pen­sa por lo que ha­ce. Y la re­com­pen­sa no es otra que ha­cer eso por amor. En­cuen­tro que, en ge­ne­ral, la gen­te ti­ñe mu­cho una his­to­ria con su fi­nal. Es ha­bi­tual es­cu­char es­ta fra­se de al­guien que se se­pa­ra... ‘Ten­go la sen­sa­ción de ha­ber per­di­do 20 años de mi vi­da’. De­be­ría­mos pre­gun­tar­le: ¿’Por qué?’. No im­por­ta el re­sul­ta­do, sino el pro­ce­so».

CON­TRA EL CA­NON

An­tes de de­jar el hall, de­bo tras­la­dar a Da­vid True­ba La Pre­gun­ta, la que me plan­tea Ma­ría Vi­ñas pa­ra sa­car­me del bol­si­llo en plan me­che­ro. En las no­ve­las de Clau­dia Pi­ñei­ro siem­pre hay un muer­to, ¿por qué en las tu­yas no fal­ta una re­la­ción en­tre un chi­co y una mu­jer ma­yor, un «Gra­dua­do»? «No lo sé...

Me iría con Su­san Sa­ran­don an­tes que con Brit­ney Spears

Yo no me mue­vo por si­mi­li­tu­des, es­to de au­nar a la gen­te por gé­ne­ros, eda­des, in­tere­ses. En plan ‘li­bre­ría de mu­je­res’, ‘es­pa­cio pa­ra gais’... No lo en­tien­do. Una de las co­sas más apa­sio­nan­tes es la di­fe­ren­cia, te­ner 20 años y po­der te­ner un ami­go de 60. Me opon­go a las con­ven­cio­nes so­cia­les y a sus in­tere­ses por­que eso ayu­da a des­cu­brir re­la­cio­nes de ma­yor pu­re­za. Yo siem­pre me he ne­ga­do a acep­tar los có­di­gos de be­lle­za im­pues­tos, los di­chos ti­po ‘Los hom­bres cuan­do en­ve­je­céis sois más atrac­ti­vos; en cam­bio, las mu­je­res al en­ve­je­cer lo per­de­mos’. No es cier­to. Igual voy a de­cir al­go ton­to, por­que so­la­men­te pue­do juz­gar por el fí­si­co, pe­ro a mí si me die­sen a ele­gir te­ner una re­la­ción con Brit­ney Spears o con Su­san Sa­ran­don, me iría con Su­san Sa­ran­don», ase­gu­ra. An­da y yo... ¿Te re­fie­res a una re­la­ción de pa­re­ja? «¿Y qué es una re­la­ción? Una re­la­ción es le­van­tar­te y ha­blar, ir a co­mer, o ir al ci­ne... El atrac­ti­vo es­tá tam­bién de­trás de los ojos de al­guien, en su his­to­ria. ¿Por qué no sue­le de­cir­se la reali­dad? Que hay mu­je­res de 60 años que son be­llí­si­mas, que las chi­cas de 20 años fí­si­ca­men­te es­tán bien pe­ro, en ge­ne­ral, les fal­ta un po­co de via­je, ¿no?».

Da­vid True­ba, que es quien es tam­bién gra­cias a Ja­ne Aus­ten, Si­mo­ne de Beau­voir o Ali­ce Mun­ro («Se­gu­ra­men­te se­ría otro de no ha­ber­las leí­do». ¡Le quie­ro!) com­par­te con su ál­ter ego de no­ve­la el com­ple­jo de chi­co bueno. «Cuan­do yo lle­gué al ci­ne y a la li­te­ra­tu­ra, mi her­mano Fer­nan­do [a quien Da­vid de­di­ca es­ta no­ve­la] ya era co­no­ci­do. Por res­pe­to, no po­día en­trar en es­ce­na co­mo un en­fant te­rri­ble. Nun­ca lo he si­do. En lu­gar de pe­lear con los pre­jui­cios que los de­más po­dían te­ner ha­cia mí, en vez de pre­gun­tar­me: ‘¿Por qué, por qué di­cen es­to de mí?’, pen­sé: ‘Es nor­mal’. Siem­pre he con­si­de­ra­do que los pre­jui­cios sue­len te­ner un fon­do de ver­dad. Al­go hay ahí. El mun­do de la mú­si­ca es un mun­do muy desafian­te, ju­ve­nil, muy de ac­ti­tud, co­mo se di­ce aho­ra... Los mú­si­cos son gen­te a ve­ces... co­mo chu­les­ca. Pe­ro Da­ni Mos­ca no». Tam­po­co Da­vid True­ba. «A mí mis pa­dres me han en­se­ña­do a dar las gra­cias, a ser ama­ble, a con­tes­tar cuan­do me pre­gun­tan y a ca­llar cuan­do no me pre­gun­tan. Y eso pa­re­ce que es­tá pe­na­do en el mun­do del ar­te», plan­tea con una con­tun­den­cia de se­da.

Hay lu­ga­res don­de na­cen las can­cio­nes. Eso di­ce una vez es­ta no­ve­la. ¿Y las pe­lí­cu­las, y los li­bros, las his­to­rias dón­de na­cen, en­tre las le­chu­gas de ofer­ta del sú­per? «Po­drían, po­drían... —con­si­de­ra True­ba— ¿Por qué no? Es un clic ines­pe­ra­do. Co­mo una ce­ri­lla. La ca­be­za del es­cri­tor es co­mo el pa­pel de li­ja que al lle­gar una ce­ri­lla, una idea, se en­cien­de. ¿Por qué a mí se me en­cien­de una his­to­ria y a otro no? No lo sé... Pe­ro una per­so­na en el sú­per pue­de co­ger la le­chu­ga de una ma­ne­ra de­ter­mi­na­da, o tú de pron­to ver, co­mo veo yo en mi ba­rrio en Ma­drid, a un ju­bi­la­do en la ca­ja que lle­ga y di­ce: ‘La ofer­ta di­ce que son 1 eu­ro por las dos ca­jas’, y la chi­ca di­ce: ‘No, no, es a 1 eu­ro una’. Y ves que él res­pon­de: ‘¡Ah, en­ton­ces no...!’ y las de­ja». En­tre otras des­con­fian­zas, Da­vid re­ce­la de quie­nes usan su va­lía pa­ra hu­mi­llar. «Cuan­do co­no­cí a Wil­der lo que más me sor­pren­dió fue que los 20 pri­me­ros mi­nu­tos de con­ver­sa­ción se los pa­só ha­cién­do­me pre­gun­tas él a mí. La gen­te con ta­len­to sue­le ser ge­ne­ro­sa, ase­qui­ble. Yo te­nía 22 años y Wil­der 90. Fue al­go que me ca­ló. Hay un pe­que­ño mun­do de de­ta­lles que nos mar­can», ob­ser­va.

¿En qué ra­di­ca al fin el éxi­to de un li­bro? «En ofre­cer una in­ti­mi­dad que tú sien­tes co­mo pro­pia». Qui­zá en Tie­rra de cam­pos es­tá en esa ima­gen del chi­co que le da de co­mer a su ma­dre y pien­sa: ‘Qui­zá es­té igua­lan­do las cu­cha­ra­das que ella me dio a mí’».

ÁN­GEL MAN­SO

TIE­RRA DE CAM­POS AU­TOR

DA­VID TRUE­BA EDI­TO­RIAL

ANA­GRA­MA

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