“Es ne­ce­sa­rio mi­rar a los ojos del pú­bli­co”

Estrella de la can­ción ar­gen­ti­na, Abel Pin­tos vuel­ve a des­em­bar­car en es­te país en bus­ca no de la fa­ma, sino en la pro­cu­ra de una co­ne­xión con un nue­vo pú­bli­co

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA . CONCIERTO - TEX­TO: CARLOS PE­REI­RO

ui­zás no les sue­ne el nom­bre de Abel Pin­tos, pe­ro es más que pro­ba­ble­men­te, el ar­tis­ta y com­po­si­tor más afa­ma­do aho­ra mis­mo en las tie­rras ar­gen­ti­nas. Su mú­si­ca, a ca­mino en­tre la can­ción de au­tor y el pop, le ha va­li­do pa­ra ga­nar­se a una na­ción que bus­ca ver­se re­fle­ja­da en sus letras. Su ca­rre­ra co­men­zó sien­do tan so­lo un ni­ño, cuan­do Raúl La­vié lo es­cu­chó can­tar y que­dó ma­ra­vi­lla­do. Al día si­guien­te con­tac­tó con el pro­duc­tor Pity Iñu­rri­ga­ro pa­ra que lo es­cu­cha­ra. Pre­sen­te un Abel preado­les­cen­te en las ofi­ci­nas, su voz co­men­zó a sa­lir de al­ta­vo­ces pa­ra lue­go se­guir­le un pro­fun­do si­len­cio. Los allí pre­sen­tes le pre­gun­ta­ron que quién era. En un arran­que de in­ge­nio y con­fian­za, el ar­gen­tino res­pon­dió que so­lo era un chi­co que ama­ba la mú­si­ca.

—¿Hay cier­to «dé­jà vu» cuan­do uno lle­va su mú­si­ca a otro país que no es el su­yo? Una es­pe­cie de vol­ver a eri­gir ci­mien­tos, o de plan­tar se­mi­llas pa­ra lue­go re­co­ger sus frutos.

—Cuan­do yo em­pe­cé a ha­cer mú­si­ca con 11 años so­lo so­ña­ba con te­ner el es­pa­cio y la aten­ción que me brin­da­ran pa­ra po­der ha­cer lo mío, lo que me ha­ce ver­da­de­ra­men­te fe­liz: can­tar. Han pa­sa­do mu­chos años, pe­ro el mo­ti­vo por el que ha­go mú­si­ca sigue sien­do el mis­mo. Es co­mo un ejer­ci­cio emo­cio­nal dar un con­cier­to. Es una cues­tión de con­tex­tos. Pue­de que ahí sí, apa­rez­ca esa sen­sa­ción de dé­jà vú, vol­ver a dar con­cier­tos en sa­las pe­que­ñas que de un tiem­po a es­ta par­te no es lo ha­bi­tual pa­ra mí pe­ro… No por­que ha­ya de­ja­do de ser­lo ge­ne­ra una in­co­mo­di­dad, to­do lo con­tra­rio. Es ma­ra­vi­llo­so pa­ra mí que un país me brin­de es­pa­cio y aten­ción.

—¿Qué ha apren­di­do en ese re­gre­so a las sa­las de me­nor afo­ro?

—Las sa­las, se­gún co­mo sea ca­da una, brin­da di­fe­ren­tes po­si­bi­li­da­des, di­fe­ren­tes for­mas con­cep­tua­les de ha­cer un con­cier­to. En es­ta gi­ra lle­va­re­mos a ca­bo un for­ma­to que ha­cía mu­cho que no abor­dá­ba­mos y que es al­go muy di­ver­ti­do ar­tís­ti­ca­men­te. Es un desafío a la ho­ra de re­in­ter­pre­tar las can­cio­nes. No ha­ble­mos, cla­ro, de la con­sa­bi­da in­ti­mi­dad y cer­ca­nía que pro­po­ne al­gu­na de es­tas sa­las pa­ra con el pú­bli­co, que en los pri­me­ros en­cuen­tros es fun­da­men­tal. Es ne­ce­sa­rio mi­rar a los ojos del pú­bli­co que te es­tá co­no­cien­do.

—Cuan­do su ca­rre­ra cum­plió 22 años hi­zo una fies­ta de aniver­sa­rio en el Ri­ver. Fue­ron 40.000 per­so­nas. Se di­ce rá­pi­do, pe­ro es in­men­so.

—Uf… Ya lo creo. Fue­ron dos con­cier­tos muy sim­bó­li­cos. Sen­tí que yo lle­ga­ba a ese es­ta­dio por el pú­bli­co y gran par­te de es­te tam­bién es­ta­ba lle­gan­do por pri­me­ra vez pa­ra acom­pa­ñar­me a mí. La emo­ción fue, en to­dos los ór­de­nes, com­par­ti­da. Nun­ca la ci­fra de la con­vo­ca­to­ria fue pro­ta­go­nis­ta, sino que lo fue la emo­ción que sen­tía­mos to­dos de es­tar ahí. Fue al­go im­por­tan­te.

—Mu­cho se habla de su co­ne­xión con el res­pe­ta­ble, ¿tie­ne al­gún se­cre­to? ¿Al­gu­na fór­mu­la?

—En ge­ne­ral, a mí se me da me­jor dar una bue­na pri­me­ra im­pre­sión tras una con­ver­sa­ción que so­lo por lo es­té­ti­co. Me ex­pli­co: si en­tro en un sa­lón no creo que te lla­me la aten­ción de in­me­dia­to por mi fi­gu­ra, pe­ro es­toy con­ven­ci­do que si ha­bla­mos cin­co mi­nu­tos ten­go las he­rra­mien­tas su­fi­cien­tes pa­ra ha­cer­te sa­ber quién soy co­mo ser hu­mano. Con la mú­si­ca me pa­sa lo mis­mo. No es un se­cre­to, pe­ro yo can­to bus­can­do eso, ne­ce­si­to que el pú­bli­co me es­cu­che. Quie­ro cons­truir una re­la­ción, en Ar­gen­ti­na lle­vo 23 años ha­cién­do­lo. Aquí em­pe­za­mos aho­ra.

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