La mo­der­ni­za­ción de un clá­si­co

Jeff Ar­nett, má­xi­mo res­pon­sa­ble de las des­ti­le­rías de Jack Da­niel’s, vi­si­tó Es­pa­ña por pri­me­ra vez para pre­sen­tar el Red Dog Sa­loon, nue­vo whisky de la le­gen­da­ria mar­ca

La Voz de Galicia (A Coruña) - Gastronomia y Vinos - - A Sorbos - TEX­TO FER­NAN­DO MOLEZUN

No­de­be ser fácil car­gar con un le­ga­do como el de Jack Da­niel’s e in­ten­tar no per­der el tren de la mo­der­ni­dad. La tra­di­ción pe­sa, y mu­cho, en una mar­ca como es­ta, cu­yo lo­go es re­co­no­ci­ble a le­guas e imi­ta­do sin pu­dor. Un nom­bre que, jun­to a Har­ley Da­vid­son y Le­vi’s, re­su­me por sí mis­mo la his­to­ria de los Es­ta­dos Uni­dos de Amé­ri­ca. ¿Có­mo pue­de so­bre­vi­vir en es­te fre­né­ti­co si­glo XXI de la in­me­dia­tez y la in­no­va­ción? «Ha­cien­do to­do con mu­cho cui­da­do y sin trai­cio­nar ja­más nues­tra his­to­ria de 150 años. No sa­ca­mos nue­vas re­ce­tas por sa­car. Te­ne­mos que es­tar muy se­gu­ros de que me­re­ce la pe­na y que res­pe­ta el es­pí­ri­tu ori­gi­nal de Jack Da­niel’s. Por eso te­ne­mos mu­chas me­nos re­fe­ren­cias que otros whiskys», explica Jeff Ar­nett, mas­ter dis­ti­ller de Jack Da­niel’s, es de­cir, el que man­da en las mí­ti­cas des­ti­le­rías de Ten­nes­see, que aca­ba de vi­si­tar Es­pa­ña por pri­me­ra vez.

Vino a pre­sen­tar el Red Dog Sa­loon, nue­vo whisky que rin­de ho­me­na­je a uno de los ba­res que re­gen­ta­ba el fun­da­dor de la des­ti­le­ría y de cu­yo cie­rre se cum­plen 125 años: «Con­ser­va to­do el ca­rác­ter del N.º7, pe­ro tie­ne más al­cohol, tal y como eran los whiskys de aque­lla épo­ca, más os­cu­ros y fuer­tes», apun­ta so­bre es­ta edi­ción li­mi­ta­da que es­tá lla­ma­da a con­ver­tir­se en car­ne de co­lec­cio­nis­ta, «aun­que ese no es nues­tro es­pí­ri­tu. El whisky lo ha­ce­mos para ser be­bi­do. Eso no qui­ta que des­pués guar­des la bo­te­lla, cla­ro».

Lo más cu­rio­so del ca­so es que en la lo­ca­li­dad en don­de es­tá ubi­ca­da la des­ti­le­ría más fa­mo­sa de Amé­ri­ca to­da­vía es­tá vi­gen­te la ley se­ca: «Te­ne­mos un per­mi­so es­pe­cial, po­de­mos fa­bri­car whisky, dar­lo a pro­bar, ha­cer ca­tas, pe­ro no ser­vir­lo nor­mal­men­te», cuen­ta Ar­nett, que in­sis­te sin embargo en la ido­nei­dad de la ubi­ca­ción: «El agua de Lynch­burg es úni­ca por sus ma­nan­tia­les. Y sin un agua bue­na es im­po­si­ble ha­cer buen whisky».

Lo que no re­suel­ve Ar­nett es el mis­te­rio del nú­me­ro 7 que fi­gu­ra en sus bo­te­llas. ¿De dón­de vie­ne?: «¡Na­die lo sa­be! Pue­de que sea el nú­me­ro de la re­ce­ta que más le gus­tó al fun­da­dor, el nú­me­ro de ba­rri­ca... O sim­ple­men­te su nú­me­ro de la suer­te», aven­tu­ra el maes­tro des­ti­la­dor.

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