El pro­fe­sor que da ejem­plo en su ca­sa

Usó ma­de­ra vie­ja pa­ra una cú­pu­la, y las ocas evi­tan que crez­ca mu­cho la hier­ba

La Voz de Galicia (Lugo) - Lugo local - - AGENDA - XO­SÉ MA­RÍA PA­LA­CIOS TEX­TO SU­SO PE­NA FO­TOS DA­TA / AGEN­CIA

Una vi­da que de nue­vo se desa­rro­lla en el lu­gar de ori­gen, tras ha­ber te­ni­do es­ce­na­rios en va­rios paí­ses del mun­do, en una ca­sa de la fa­mi­lia co­mo ho­gar. El gui­ti­ri­cen­se Je­sús Lo­sa­da po­dría en­ca­jar en esa ex­pre­sión, aun­que que­da­rían fue­ra mu­chos ma­ti­ces. La ca­sa en la que vi­ve fue cons­trui­da —su ac­tual mo­ra­dor cal­cu­la que ha­ce unos cien años— por su abue­lo Ma­nuel Lo­sa­da, que era co­no­ci­do, se­gún re­cuer­da su nie­to, por Lan­doei­ra en alu­sión a la al­dea don­de ha­bía na­ci­do. Y si la vi­vien­da es­tá re­la­cio­na­da con quien de­ci­dió le­van­tar­la, su si­tua­ción ac­tual pa­re­ce una mues­tra de pa­sa­do y de fu­tu­ro, co­mo si Je­sús Lo­sa­da apli­ca­se en sus afi­cio­nes y en su tiem­po li­bre al­go de su vo­ca­ción di­dác­ti­ca.

Una cú­pu­la cu­yos so­por­tes son de ma­de­ra lla­ma la aten­ción en el ex­te­rior de la fin­ca. La ma­de­ra es de pi­no­tea, y se usó al so­brar de la reha­bi­li­ta­ción que em­pren­dió Je­sús Lo­sa­da an­tes de tras­la­dar­se; un to­tal de 160 trián­gu­los de ma­de­ra so­por­tan la es­truc­tu­ra, que tie­ne ocho me­tros de diá­me­tro y una te­la co­mo la de mu­chos in­ver­na­de­ros por en­ci­ma.

El sis­te­ma, di­ce Lo­sa­da, es muy usa­do en paí­ses de Amé­ri­ca y de Asia ex­pues­tos a hu­ra­ca­nes o a terremotos, por­que el vien­to res­ba­la so­bre la es­truc­tu­ra. Den­tro de la cú­pu­la, una pis­ci­na que se nu­tre de agua de un po­zo de la fin­ca —así se evi­ta que lle­ve clo­ro, lo que cau­sa­ría pro­ble­mas a los pe­ces— fun­cio­na con un sis­te­ma de cir­cu­la­ción cu­ya bom­ba cons­tru­yó Lo­sa­da con pie­zas de una la­va­do­ra.

En el agua hay pe­ces or­na­men­ta­les, car­pas koi, que, afir­ma Lo­sa­da, pue­den vi­vir de­ce­nas de años y al­can­zar un me­tro de lon­gi­tud; es­tos son por aho­ra más mo­des­tos, pues los com­pró ha­ce tres años, cuan­do eran ale­vi­nes, y an­dan por los 50 cen­tí­me­tros de ta­ma­ño. En la pis­ci­na hay plan­tas or­na­men­ta­les co­mo co­la de zo­rro o la men­ta de agua, que, agre­ga el due­ño de la ca­sa, «dá un té moi ri­co»; pe­ro den­tro de la cú­pu­la cre­cen tam­bién otros ve­ge­ta­les co­mo el berro, el apio o la le­chu­ga.

En los con­te­ne­do­res de com­post hay ejem­pla­res de lom­briz ro­ja ca­li­for­nia­na, que cre­cen con ra­pi­dez y se re­pro­du­cen con abun­dan­cia; sir­ven de ali­men­to a los pe­ces, pe­ro ade­más qui­tan los ma­los olo­res del com­post y fa­vo­re­cen, con sus mi­cro­bac­te­rias, la des­com­po­si­ción de la ma­te­ria or­gá­ni­ca.

Fru­ta­les

El com­post se usa pa­ra los cul­ti­vos del in­te­rior así co­mo pa­ra los ár­bo­les fru­ta­les que cre­cen al ai­re li­bre y que en al­gu­nos ca­sos ya plan­tó el abue­lo del ac­tual mo­ra­dor. En la fin­ca que al­ber­ga pe­ra­les y man­za­nos, co­mo es nor­mal, cre­ce la hier­ba, aun­que no se sue­le oír el rui­do de una se­ga­do­ra cuan­do ha­ce fal­ta cor­tar­la. Un to­tal de 15 ocas se en­car­gan de co­mer la hier­ba, y si se ex­ce­den en su ali­men­ta­ción, se van unos días a una ca­sa ve­ci­na pa­ra que el cés­ped no que­de muy afec­ta­do. «Den­de que as te­ño, non vol­vín cor­tar a her­ba; non te­ño que an­dar preo­cu­pán­do­me», di­ce Lo­sa­da.

Las ocas po­nen hue­vos de enero a ju­nio. No se co­mían to­dos, aun­que el due­ño de la ca­sa des­cu­brió en In­ter­net que te­nían bue­na sa­li­da, y con la ven­ta de los so­bran­tes se aca­bó ese pe­que­ño pro­ble­ma. ¿Es es­ta, pues, una ca­sa au­to­su­fi­cien­te? Lo­sa­da ex­pli­ca que la su­ya es más bien una eco­lo­gía sen­ci­lla: igual que otros tie­nen sus afi­cio­nes, la su­ya es es­ta unión de prác­ti­cas apren­di­das en In­ter­net y de sus pa­dres, que eran agri­cul­to­res.

Je­sús Lo­sa­da, tra­ba­jan­do en la pis­ci­na de la cú­pu­la cons­trui­da en la fin­ca de su ca­sa.

Un gru­po de 15 ocas sue­len an­dar li­bre­men­te por la par­ce­la.

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