MA­BEL LO­ZANO Y EL PROXENETA

La his­to­ria del Mú­si­co, uno de los ma­yo­res tra­fi­can­tes y ex­plo­ta­do­res de mu­je­res de nues­tro país, sir­ve para des­ta­par la ma­fia que con­tro­la el lu­cra­ti­vo y des­al­ma­do ne­go­cio de la pros­ti­tu­cion.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mujer de Hoy - - Sumario - Por B. G. MAN­SO Fo­tos: PE­DRO WAL­TER

El proxeneta que da título al li­bro que ha es­cri­to Ma­bel Lo­zano se lla­ma Mi­guel, aun­que en “el am­bien­te” es co­no­ci­do co­mo el Mú­si­co. Fue due­ño de los ma­yo­res pros­tí­bu­los del país (el Leidys de De­nia, el Gla­mour de Cór­do­ba, La Ro­sa Éli­te y el Ve­nus de Val­de­pe­ñas, Las Pal­me­ras de Cas­te­llón…), uno de los ar­tí­fi­ces del ne­go­cio de la tra­ta de mu­je­res en Es­pa­ña y uno de los ca­pos de la ma­fia que lo ma­ne­ja. O co­mo lo di­ce él: el pu­to amo. Du­ran­te años cap­tó, ven­dió, al­qui­ló y ex­plo­tó se­xual­men­te a 1.700 mu­je­res, re­cu­rrien­do a los mé­to­dos del cri­men or­ga­ni­za­do. Por­que tras esos nom­bres, hay vio­len­cia, cruel­dad y mu­je­res es­cla­vas que, con so­lo una mi­ra­da del proxeneta, se ori­nan de te­rror. Ver­da­des tan es­pe­luz­nan­tes que, ca­da po­cos mi­nu­tos de lec­tu­ra, hay que re­cor­dar­se que lo que des­cri­be El proxeneta (Ed. Al­re­vés), des­de tiroteos y se­cues­tros, a pa­li­zas, vio­la­cio­nes en gru­po y cuer­pos en­te­rra­dos, es reali­dad. Tras cien­tos de en­tre­vis­tas con el Mú­si­co (ten­sas, du­ras), Lo­zano na­rra có­mo fun­cio­na el ne­go­cio del se­xo en Es­pa­ña y quié­nes mue­ven los hi­los, su­man­do a lo que su con­fi­den­te le con­tó el co­no­ci­mien­to acu­mu­la­do en 12 años de in­ves­ti­ga­ción.

“Me ins­ta­lé en el mal, mon­té mis ne­go­cios en el mal y cons­truí mi for­ma de vi­da en torno al mal. (…) To­dos sa­bía­mos lo que ha­cía­mos. Sa­bía­mos que tra­tá­ba­mos con mu­je­res para su ex­plo­ta­ción se­xual, que co­mer­ciá­ba­mos con ellas, que las es­cla­vi­zá­ba­mos... Na­da jus­ti­fi­ca­rá nues­tra ac­tua­ción ni nos re­di­mi­rá de nues­tra cul­pa”. (Ex­traí­do de El proxeneta).

¿Quién es el proxeneta?

El mú­si­co es un cha­val que lle­ga con 17 años al Ca­lip­so de Bar­ce­lo­na, el club más im­pre­sio­nan­te de esa épo­ca, para tra­ba­jar de por­te­ro una No­che­vie­ja y se que­da im­pac­ta­do por las lu­ces, los ta­co­nes, las co­pas... Esa fal­sa apa­rien­cia de fies­ta y gla­mour lo atra­pa­ron y una no­che se con­vir­tió en to­das las no­ches du­ran­te los si­guien­tes 30 años.

¿Y en quién se con­vir­tió ese cha­val en to­do ese tiem­po?

En uno de los ideó­lo­gos de la tra­ta y uno de los gran­des pro­xe­ne­tas de nues­tro país. Él fue el ar­tí­fi­ce de la tran­si­ción en­tre aque­lla pros­ti­tu­ción en ma­nos de chu­los y ma­ca­rras, a la im­plan­ta­ción de la tra­ta de mu­je­res: su cap­ta­ción en su país por me­dio de en­ga­ños, ame­na­zas y coac­cio­nes, y la ex­plo­ta­ción en Es­pa­ña. Es im­por­tan­te sub­ra­yar que no es un “su­pues­to” proxeneta. Ha sido juz­ga­do, con­de­na­do y ha pa­ga­do su pe­na en la cár­cel. Es­te re­la­to tiene ri­gor de ley.

¿Por qué ha creí­do ne­ce­sa­rio es­cri­bir es­te li­bro?

Es ho­ra de ale­jar el fo­co de las mu­je­res a las que se es­tig­ma­ti­za una y otra vez. Ya ha­bía he­cho un cor­to, Es­cú­cha­me, con la mi­ra­da pues­ta en la co­rres­pon­sa­bi­li­dad del de­man­dan­te de se­xo de pa­go. Y mi úl­ti­mo do­cu­men­tal que ha sido pre­mia­dí­si­mo en el mun­do en­te­ro, Chi­cas nue­vas 24 ho­ras, se cen­tra­ba en el ne­go­cio. Es­te li­bro po­ne voz al si­len­cio, es una voz que ja­más se ha es­cu­cha­do en nin­gún lu­gar: un proxeneta que cuen­ta quié­nes son los due­ños del ne­go­cio. Que son es­pa­ño­les, no delincuentes de otros países. Él cuen­ta có­mo un gru­po de unos 20 o 25 hom­bres des­al­ma­dos y sin es­crú­pu­los si­guen sien­do los amos del co­ta­rro y vi­vien­do en sus man­sio­nes. Su ra­dio­gra­fía del ne­go­cio de la pros­ti­tu­ción co­mo lo que es, co­mer­cio de es­cla­vas se­xua­les, es tre­men­da­men­te re­ve­la­do­ra.

¿Có­mo con­tac­tó con él?

Él co­no­ce mi tra­ba­jo co­mo ca­si to­dos los pro­xe­ne­tas, me si­gue en re­des so­cia­les, ha vis­to Mu­je­res nue­vas 24 ho­ras y le gus­ta por­que ve que es­tá bien do­cu­men­ta­do y que no ha­go por­no­gra­fía del su­fri­mien­to de las mu­je­res. Cuan­do sa­le de la cár­cel y em­pie­za a co­la­bo­rar con la Po­li­cía, me busca y re­sul­ta que te­ne­mos un buen ami­go co­mún, un ins­pec­tor je­fe de la UCRIF, la uni­dad de la Po­li­cía Na­cio­nal que se ocu­pa de la tra­ta. Y me lla­ma.

¿Có­mo fue­ron esos en­cuen­tros?

He­mos tra­ba­ja­do jun­tos du­ran­te dos años y man­te­ni­do cien­tos de con­ver­sa­cio­nes lar­guí­si­mas. En el pri­mer en­cuen­tro es­ta­ba tam­bién la Po­li­cía. Y me sen­té fren­te a él con muchísimo do­lor, con to­dos los re­ce­los y con un pu­ñal en el co­ra­zón. Te­ner en­fren­te al cau­san­te de las his­to­rias te­rri­bles que he es­cu­cha­do de las mu­je­res era di­fí­cil. Por otro la­do, he ad­mi­ra­do su va­len­tía y su ge­ne­ro­si­dad, por­que po­día ha­ber se­gui­do con su vi­da de lu­jo, pe­ro ha co­gi­do el ca­mino más di­fí­cil y pe­li­gro­so para él. Y lo ha he­cho con to­tal sin­ce­ri­dad. Me ha con­ta­do co­sas co­mo su ni­ñez en un or­fa­na­to don­de su­frió abu­sos se­xua­les. Al­go que no le ha­bía di­cho nun­ca a na­die. A na­die.

¿Cree en su arre­pen­ti­mien­to?

Ab­so­lu­ta­men­te. Sin nin­gu­na du­da. No es que lo crea, es que lo he vis­to an­te mis ojos.

¿Qué le ha pa­re­ci­do a él el re­sul­ta­do de esas con­fi­den­cias?

Pues pien­sa que es un li­bro muy du­ro, que le de­ja en una si­tua­ción de pe­li­gro, pe­ro tiene cla­rí­si­mo que va a ha­cer mu­cho bien. En­tre otras co­sas, por­que a la Fis­ca­lía y a los cuer­pos de seguridad del Es­ta­do los he­mos pues­to en la ca­si­lla 30 del par­chís de es­te en­tra­ma­do, los he­mos co­lo­ca­do 30 años más ade­lan­te de un ti­rón. Pe­ro tam­bién ayu­da­rá a ca­llar esas vo­ces que ha­blan de la re­gu­la­ri­za­ción de la pros­ti­tu­ción para erra­di­car la tra­ta. No­so­tros de­ja­mos cons­tan­cia de la ne­ce­si­dad una ley in­te­gral con­tra la tra­ta, de un úni­co juz­ga­do para es­tos de­li­tos, de ti­pi­fi­car el pro­xe­ne­tis­mo con­sen­ti­do…

Mi­guel ha sido con­de­na­do por cap­tar, ven­der, al­qui­lar y ex­plo­tar se­xual­men­te a 1.700 mu­je­res.

¿Cuán­do em­pe­zó la tra­ta de mu­je­res en nues­tro país?

Jus­to an­tes de los Jue­gos de Bar­ce­lo­na, por­que en to­dos los gran­des acon­te­ci­mien­tos de­por­ti­vos hay mu­cha de­man­da de mu­je­res y no ha­bía tan­tas ejer­cien­do la pros­ti­tu­ción. Era ade­más un mo­men­to de bo­nan­za eco­nó­mi­ca, de pleno cre­ci­mien­to. El proxeneta lo di­ce: “Los vi­cios son el me­jor ter­mó­me­tro de la eco­no­mía; si fun­cio­nan, es que hay di­ne­ro”.

Us­ted ha cru­za­do la puer­ta de esos clu­bes. ¿Qué hay en ese am­bien­te tan sór­di­do?

Cuan­do en­tras no son sór­di­dos, son co­mo dis­co­te­cas don­de to­do bri­lla y las mu­je­res son­ríen. Cuan­do él lle­gó, ha­bía unos clu­bes pe­que­ños, cho­cha­les los lla­man, y los con­vir­tió en lo­ca­les de lu­jo.

¿Cho­cha­les?

Sí, cho­cha­les, de cho­cho, tal cual. Eran su­per­cu­tres, pe­ro Mi­guel y sus so­cios fue­ron pio­ne­ros en con­ver­tir­los en ma­cro­bur­de­les de lu­jo, con­tra­tan­do de­co­ra­do­res, ofre­cien­do sui­tes con al­bor­noz, sau­nas, pis­ci­nas, ja­cuz­zis… Se pa­só de los cho­cha­les de ma­la muer­te, don­de las chi­cas te­nían cier­ta li­ber­tad, a la es­cla­vi­tud ex­tre­ma en clu­bes que al­ber­gan has­ta a 200 mu­je­res. Para ellas son cár­ce­les, vi­ven pri­sio­ne­ras y ha­ci­na­das. Por­que el lu­jo, cuan­do el clien­te se va, se cie­rra con lla­ve. Del pa­si­llo para allá, hay ha­bi­ta­cio­nes de cua­tro o cin­co mu­je­res api­ña­das y vi­gi­la­das las 24 ho­ras.

“No se me iba de la ca­be­za el do­lor y la de­ses­pe­ra­ción de sus ros­tros o la trans­for­ma­ción de sus mi­ra­das de ni­ña, lle­nas de ilu­sión y es­pe­ran­za, en mi­ra­das va­cías, hue­cas, sin ex­pre­sión. Tam­po­co las son­ri­sas a su lle­ga­da que el tiem­po trans­for­ma­ba en pu­ras mue­cas... To­do por ha­ber­se en­con­tra­do en la vi­da con gen­te co­mo yo, ca­paz de mo­ti­var­las, en­ga­ñar­las, ma­ni­pu­lar­las y do­mi­nar­las, apro­ve­chan­do su vul­ne­ra­bi­li­dad, su po­bre­za, su ma­la suer­te...”

Di­ce el li­bro que una chi­ca du­ra tres años, lue­go no sir­ve.

Una mu­jer es un pro­duc­to pe­re­ce­de­ro, va­le lo mis­mo que un re­fres­co. Una vez que em­pie­za a tra­ba­jar para pa­gar su deu­da, los due­ños la alar­gan has­ta el in­fi­ni­to (no las lla­man mu­je­res de tra­ta, sino de deu­da), su­man­do el pre­cio de los pa­pe­les, las re­vi­sio­nes mé­di­cas, la ro­pa y el sis­te­ma de pla­za, que es una cuo­ta dia­ria que tie­nen que pa­gar para ejer­cer (¡có­mo si tu­vie­ran otra op­ción!). Es­te sis­te­ma se in­ven­tó en un club de Ciu­dad Real y lo han co­pia­do en to­do el mun­do. Cuan­do ella es cons­cien­te de que ja­más sal­da­rá cuen­tas, em­pie­za el de­te­rio­ro fí­si­co y men­tal que la des­tru­ye.

¿Así le su­ce­dió a Lu­cía, una de las que “im­por­tó” el proxeneta?

Lu­cía, des­pués de llo­rar su an­gus­tia, ve que no hay mar­cha atrás y que si no pa­ga su deu­da ma­ta­rán a su fa­mi­lia en Co­lom­bia. Pe­ro cuan­do, por mu­cho que tra­ba­ja, la deu­da cre­ce y día a día es una mier­da, ve en el sui­ci­dio la sa­li­da. El proxeneta di­ce al­go bru­tal: “En­ten- de­rás por qué los ju­díos iban a la cá­ma­ra de gas sin re­chis­tar”. Pues es­tas mu­je­res van al sa­lón igual, por­que han he­cho tal tra­ba­jo de so­me­ti­mien­to que no tie­nen vo­lun­tad, son muer­tas en cuer­pos que ca­mi­nan.

¿Y qué fue de ella?

Cuan­do se re­cu­pe­ró, si­guie­ron ex­plo­tán­do­la. Aca­bó en un psi­quiá­tri­co. Eso es al­go que la gen­te no sa­be: que na­die sa­le bien de ahí, por­que no hay sa­li­da. La ma­yo­ría ter­mi­nan ejer­cien­do en la ca­lle, ca­da vez en un ni­vel más ba­jo y mu­chas en­gan­cha­das al al­cohol y las dro­gas que son otra for­ma de es­ca­pe de esa no-vi­da.

Lo que su­ce­de en torno al ne­go­cio de la pros­ti­tu­ción es una ma­fia. ¿Có­mo se las gas­tan el proxeneta y otros co­mo él?

Su len­gua­je es el de la vio­len­cia más ex­tre­ma. Ha­bla­mos de gen­te que va ar­ma­da, que lle­va siem­pre su Brow­ning a la es­pal­da y un ba­te de beis­bol en el ma­le­te­ro por­que se­cues­tran, dan pa­li­zas, ase­si­nan... En­tre ellos uti­li­zan ex­pre­sio­nes co­mo “a fu­la­ni­to es­ta no­che le ha­ce­mos mi­ne­ro”, es de­cir ma­tar­lo y en­te­rrar­lo.

Sin em­bar­go, una de las mu­je­res se enamo­ró de él. ¿Lo en­tien­de?

Per­fec­ta­men­te. Las pros­ti­tu­tas son las mu­je­res más so­las y apa­lea­das. Y con cual­quier mues­tra de cariño, se vuel­can. Él tam­bién se enamo­ró per­di­da­men­te de ella y ahí em­pe­zó su cam­bio. Hi­zo que vol­vie­ra la vis­ta a otras mu­je­res y pen­sa­ra: son igua­les, su­fren. Eso le abrió los ojos y em­pe­zó a dar mar­cha atrás.

“An­tes de na­da, ha­bía que lo­ca­li­zar a la fu­tu­ra víc­ti­ma en su país de ori­gen; in­me­dia­ta­men­te des­pués ¡co­men­za­ba la ca­ce­ría!

El ne­go­cio de la pros­ti­tu­ción pue­de mo­ver ocho mi­llo­nes de eu­ros al día; la crisis ya ha pa­sa­do.

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