El pro­ta­go­nis­ta.

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Sumario - POR Fá­ti­ma Uri­ba­rri FO­TO­GRA­FÍA Ches­co­ló­pez ESTIISMO Ve­ró­ni­ca Suá­rez

Ge­rard Butler po­sa pa­ra Xlse­ma­nal y nos cuen­ta có­mo ce­le­bra la Na­vi­dad: en Es­co­cia, en familia y sin li­brar­se de fre­gar los pla­tos...

Es bro­mis­ta, cam­pe­chano y muy atrac­ti­vo. Col­gó la to­ga de abo­ga­do pa­ra ser ac­tor. Le van los pa­pe­les de hé­roe... y le gus­tan. En Na­vi­dad se reúne en Es­co­cia con los su­yos, pe­ro an­tes ha ve­ni­do a Es­pa­ña co­mo em­ba­ja­dor del per­fu­me Boss Bottled.

"Me to­ca fre­gar en Na­vi­dad. Di­go: 'Ma­má, soy una estrella de Holly­wood, no pue­do fre­gar los pla­tos', pe­ro no cue­la"

GA­NA MU­CHO AL NA­TU­RAL, con una voz ron­ca, con­tun­den­te, muy se­duc­to­ra y una sim­pa­tía arro­lla­do­ra. No es­tá tan fuer­te co­mo en 300, pe­lí­cu­la en la que en­car­nó a un Leó­ni­das apo­lí­neo, pe­ro si­gue sien­do un tia­rrón es­co­cés. Ge­rard bai­la du­ran­te las se­sio­nes de fo­tos, se ríe, se ha­ce fo­tos con to­dos y mi­ra a los ojos a sus in­ter­lo­cu­to­res. Es un bra­veheart es­pon­tá­neo que vuel­ve lo­cas a las chi­cas.

Xlse­ma­nal. Es ima­gen del per­fu­me Hu­go Boss cu­yo es­lo­gan es «El hom­bre de hoy». ¿Se sien­te así? ¿Es us­ted un hom­bre de hoy? Ge­rard Butler. Eso es­pe­ro. Pa­ra mí es al­guien apa­sio­na­do, in­ten­so, fuer­te, pe­ro tam­bién sen­si­ble y con emo­cio­nes. Y au­tén­ti­co. Por eso cam­bié de rum­bo en mi­tad de mi vi­da: yo era abo­ga­do y me con­ver­tí en ac­tor. He se­gui­do a mi co­ra­zón. Par­te de esa de­fi­ni­ción de hom­bre de hoy es sen­tir la li­ber­tad de ha­cer lo que real­men­te quie­res ha­cer. XL. ¿Có­mo fue ese cam­bio de vi­da de abo­ga­do a ac­tor? G.B. Mi vi­da cam­bió ab­so­lu­ta­men­te. To­da­vía a ve­ces sue­ño que es­toy de vuel­ta en la ofi­ci­na co­mo abo­ga­do, y sien­to ali­vio al des­per­tar por­que aque­llo no me gus­ta­ba. Cuan­do me pu­se el tra­je y la cor­ba­ta y en­tré en la ofi­ci­na el pri­mer día, me sen­tí fue­ra de lu­gar. Me acuer­do muy bien, los pri­me­ros seis me­ses tra­ba­jé en te­mas de im­pues­tos. XL. ¿Asun­tos de­ma­sia­do se­rios? G.B. Exac­to, esa es la co­sa. Pe­ro he apren­di­do mu­cho so­bre ser ac­tor en mis dos años co­mo abo­ga­do por­que pre­ten­día ser al­guien bas­tan­te más in­te­li­gen­te y más in­tere­san­te de lo que yo era. No me gus­ta­ba lo que ha­cía. XL. ¿Có­mo ter­mi­nó aque­llo? G.B. Me des­pi­die­ron. En­ton­ces, me pre­gun­té adón­de ir y de­ci­dí se­guir mi sue­ño. Así que la ma­ña­na si­guien­te a mi des­pi­do, esa mis­ma ma­ña­na, hi­ce las ma­le­tas y me mu­dé a Lon­dres. XL. Ati­la, Leó­ni­das, Mi­ke Ban­ning... ¿Le dan pa­pe­les de hé­roe por­que sal­vó a un ni­ño de mo­rir aho­ga­do en el río Tay? G.B. [Se ríe]. Es cier­to que me he vis­to en si­tua­cio­nes lo­cas su­bien­do a ca­mio­nes en lla­mas y co­sas por

"To­da­vía a ve­ces sue­ño que es­toy de vuel­ta en la ofi­ci­na co­mo abo­ga­do. Es un ali­vio des­per­tar"

el es­ti­lo, qui­zá sea co­sa de mi san­gre es­co­ce­sa. Los es­co­ce­ses so­mos muy gue­rre­ros. Siem­pre lo he vis­to así. XL. ¿Le van esos pa­pe­les? G.B. De siem­pre he sa­bi­do có­mo se sien­te esa in­te­gri­dad, esa no­ble­za, el co­ra­je, el va­lor sen­ti­do de una ma­ne­ra clá­si­ca, tra­di­cio­nal. Yo lo en­tien­do y dis­fru­to in­ter­pre­tán­do­lo. XL. ¿El fan­tas­ma de la ópe­ra o 300? ¿Qué pe­lí­cu­la ha si­do más de­ci­si­va en su ca­rre­ra? G.B. 300, por­que fue un gran éxi­to y cam­bió mi ca­rre­ra. Pe­ro El fan­tas­ma... fue una ex­pe­rien­cia muy muy im­por­tan­te en mi vi­da: me zam­bu­llí tan­to en ese pa­pel... Sen­tía su do­lor, su so­le­dad, tan­tí­si­mo que el per­so­na­je no me aban­do­na­ba. Y era un pa­pel muy di­fí­cil, lle­ga­ba a ca­sa pa­sa­da la me­dia­no­che y me te­nía que le­van­tar a las tres y me­dia de la ma­dru­ga­da pa­ra re­gre­sar. No te­nía tiem­po pa­ra na­da: pa­sa­ba seis ho­ras dia­rias en ma­qui­lla­je. Ha­cia el fi­nal del ro­da­je tra­ba­jé nue­ve días se­gui­dos dur­mien­do tres ho­ras dia­rias, es­ta­ba per­dien­do la ca­be­za. Aca­bé ago­ta­do. XL. ¿Tam­bién fue du­ro 300? G.B. En­tre­né du­ran­te ocho me­ses, los úl­ti­mos cua­tro an­tes de que em­pe­za­ra el ro­da­je en­tre­na­ba seis ho­ras al día. En­tre­né tan­to por­que pen­sa­ba: «Ellos lu­cha­ron has­ta la muer­te, ¿có­mo pue­do ha­cer yo al­go equi­va­len­te en la pe­lí­cu­la?». XL. La trans­for­ma­ción fue im­pre­sio­nan­te. G.B. Ha­bía que ha­cer­lo. Allí es­ta­ban los me­jo­res es­pe­cia­lis­tas en do­bla­je del ci­ne, gen­te ex­tra­or­di­na­ria que nor­mal­men­te con­si­de­ra que los ac­to­res no son los más fuer­tes. Yo que­ría que ellos me vie­ran tan fuer­te que pen­sa­ran: «A es­te ti­po yo lo res­pe­to, yo lo se­gui­ría». XL. ¿Si­gue cui­dan­do los múscu­los? G.B. To­da­vía me gus­ta en­tre­nar. Pe­ro ese es­ti­lo de en­tre­na­mien­to se ha ter­mi­na­do pa­ra mí. En 300 me des­truí. Fue de­ma­sia­do. Ade­más, cuan­do lle­gas a ese ex­tre­mo de es­cul­pir la fi­gu­ra, es por una cues­tión de pu­ra va­ni­dad. Si no es por­que lo re­quie­re el pa­pel, yo no en­cuen­tro un mo­ti­vo pa­ra ha­cer­lo. XL. Son los ga­jes de ser una estrella. G.B. De ser una estrella pro­cu­ro con­cen­trar­me so­lo en lo positivo. XL. ¿Qué es lo ne­ga­ti­vo? G.B. Cuan­do te ha­ces fa­mo­so, tie­nes tus con­flic­tos y tus ba­jo­nes: de­bes acos­tum­brar­te a que te juz­guen cons­tan­te­men­te y te ma­lin­ter­pre­ten, y has de te­ner cui­da­do. Pe­ro lle­ga un mo­men­to en el que asu­mes las pre­cau­cio­nes que de­bes to­mar. Yo pre­fie­ro fi­jar­me en los be­ne­fi­cios que te pro­por­cio­na la fa­ma. XL. ¿Que son...? G.B. Que sig­ni­fi­cas al­go en la vi­da de otras per­so­nas, pue­des ha­cer­les reír

"Cuan­do te ha­ces fa­mo­so, tie­nes tus con­flic­tos y tus ba­jo­nes por­que te juz­gan y ma­lin­ter­pre­tan"

o ha­cer­les pen­sar en co­sas que les ins­pi­ren. Es­toy cum­plien­do un sue­ño y es una gran vi­da. XL. ¿Có­mo ce­le­bra las Na­vi­da­des? ¿Se vis­te de ma­ne­ra es­pe­cial pa­ra la ce­na? G.B. Nos reuni­mos en Es­co­cia, en las Tie­rras Al­tas, to­da la familia: mi ma­dre, mi pa­dras­tro, mis her­ma­nos y her­ma­nas, to­dos mis so­bri­nos... Co­ci­na­mos una gran ce­na y des­pués sa­li­mos a dar un pa­seo por el cam­po. No im­por­ta el tiem­po que ha­ga: vi­vi­mos en un si­tio pre­cio­so y lo re­co­rre­mos. Ah, y en la ce­na no ten­go más re­me­dio que ponerme al­guno de los jer­séis que mi familia me re­ga­la siem­pre en Na­vi­dad: es­tán con­ven­ci­dos de que me gus­tan. Así que su­do sin pa­rar por­que la ca­le­fac­ción es alta y son jer­séis bien gor­dos; tam­bién me sue­len re­ga­lar za­pa­ti­llas, de­bo de te­ner cien pa­res. XL. ¿Le to­ca la­var los pla­tos? G.B. In­ten­to es­ca­bu­llir­me, pe­ro no cue­la. Mi ma­dre no lo per­mi­te, me obli­ga. XL. Su ma­dre lo ayu­da a que no se le suba la fa­ma a la ca­be­za. G.B. Des­de lue­go. A ve­ces le di­go: «Ma­má, soy una estrella de Holly­wood, no pue­do la­var los pla­tos», pe­ro no cue­la. Me di­ce: «Ca­lla y ven a fre­gar». XL. ¿Le gus­ta la vi­da de estrella? G.B. Vi­vo en Ma­li­bú en un cas­ti­llo enor­me... Es bro­ma. Vi­vo de lo más nor­mal, co­mo siem­pre. Lo úni­co que ha cam­bia­do es que, cuan­do voy a un cen­tro co­mer­cial y es­tá muy lleno, pro­cu­ro ha­cer mis re­ca­dos rá­pi­do, pe­ro suelo ir an­dan­do o en bi­ci, co­mo to­do el mun­do. Tie­ne que ser así: si no, no se­ría yo. XL. A Es­pa­ña ha ve­ni­do va­rias ve­ces. G.B. Sí, mu­chas, por tra­ba­jo y de va­ca­cio­nes. Cuan­do era pe­que­ño, lo pa­sé en gran­de en Mo­já­car y eso que ha­cía un ca­lor im­pre­sio­nan­te, más de 40 gra­dos, pe­ro en­ton­ces yo lo lle­va­ba muy bien, al­go ra­ro en un es­co­cés. Aho­ra no aguan­ta­ría tan­to ca­lor.

CHA­QUE­TA, de Ele­na Benarroch; y JER­SEY, de Cruciani pa­ra Just One.

TO­TAL LOOK, de Brooks Brot­hers; BO­TO­NA­DU­RA de ná­car y GE­ME­LOS de ónix y dia­man­tes, de San Eduar­do Jo­ye­ros.

TO­TAL LOOK, de Just One.

TO­TAL LOOK, de Hu­go Boss.

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