"Ya se han pre­sen­ta­do con­ce­ja­les y al­gún que otro al­cal­de. Pe­ro nin­guno nos con­ven­ció"

PE­PA ÁLVARO 'GRAN HER­MANO'

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine A Fondo -

Es to­da una le­yen­da de la te­le­vi­sión. La di­rec­to­ra de cas­ting de Gran her­mano (GH) ya es­ta­ba allí el 23 de abril de 2000, el día en que Es­pa­ña des­cu­brió la te­le­rrea­li­dad. El es­treno del reality más po­pu­lar de la his­to­ria, un pro­gra­ma cu­ya au­dien­cia no de­cae pe­se a ha­ber cum­pli­do es­te año su de­ci­mo­sex­ta tem­po­ra­da, cam­bió la his­to­ria del me­dio. La gen­te de la ca­lle, per­so­nas sin ta­len­to es­pe­cí­fi­co co­no­ci­do, to­ma­ba al asal­to las ca­de­nas pa­ra pro­ta­go­ni­zar to­do ti­po de pro­gra­mas. Pe­pa Álvaro, 16 años des­pués, si­gue al fren­te del pro­ce­so de se­lec­ción de GH. So­bra de­cir que tie­ne mu­cho que con­tar.

Xlse­ma­nal. Lle­va 16 años se­lec­cio­nan­do con­cur­san­tes pa­ra GH. ¿Le preo­cu­pa caer en la ru­ti­na? Pe­pa Álvaro. ¿Ru­ti­na? [Se ríe]. Al con­tra­rio. No hay dos edi­cio­nes igua­les. XL. Ha­brá vis­to de to­do, su­pon­go... P.Á. ¡No lo sa­bes bien! El año pa­sa­do el cas­ting fue «en com­pa­ñía», es de­cir, por pa­re­jas, y hu­bo gen­te que vino con ser­pien­tes, ra­tas, ga­lli­nas, ove­jas; ¡has­ta un bu­rro! Unos se po­nen a can­tar, a bai­lar, otros se des­nu­dan; creen que han de lla­mar la aten­ción. Tam­bién he­mos re­ci­bi­do ame­na­zas: «¡Co­mo no me co­jas, te...!», o gen­te que te po­ne des­pués una per­li­ta en Twit­ter. Hay mu­chos que se nie­gan a aban­do­nar el ho­tel del cas­ting. XL. Por­que los ha­cen en ho­te­les... P.Á. Eso es, ne­ce­si­ta­mos sa­las gran­des. ¡Que igual se jun­tan 600 per­so­nas!

XL. ¿Cuál es el pun­to de par­ti­da? P.Á. Pri­me­ro, lla­ma mu­chí­si­ma gen­te pa­ra par­ti­ci­par, el año pa­sa­do 70.000 per­so­nas. Fue el ré­cord. XL. No me di­rá que ven en per­so­na a 70.000 can­di­da­tos... P.Á. ¡Nooo! Eso so­lo ocu­rrió el pri­mer año. Hoy es im­po­si­ble. Nos ayu­da la in­for­má­ti­ca y las re­des so­cia­les, pe­ro, ¡ojo!, es to­do muy per­so­nal, no usa­mos al­go­rit­mos ni dis­cri­mi­na­mos a na­die. XL. ¿Cuán­ta gen­te se pre­sen­tó a la pri­me­ra edi­ción? P.Á. Unos 3000, que fue una bar­ba­ri­dad. Aho­ra es nor­mal, pe­ro ha­ce 16 años... XL. Vol­va­mos a los 70.000 can­di­da­tos... P.Á. Ca­da so­li­ci­tud, a tra­vés de la web, in­clu­ye un cues­tio­na­rio, el en­vío de fo­tos y un ví­deo. Con eso ha­ce­mos una cri­ba has­ta te­ner unos 5000 a los que lla­ma­mos pa­ra los cas­tings. Ahí tam­bién vie­ne gen­te que cap­ta­mos por bús­que­da di­rec­ta. Es­to es, du­ran­te cua­tro fi­nes de se­ma­na va­mos a Mar­be­lla, Be­ni­dorm, Barcelona, Ibi­za... y abor­da­mos a jó­ve­nes. En­ton­ces, a los que más nos gus­tan de to­dos los que te­ne­mos les pe­di­mos un ví­deo per­so­nal: vi­da co­ti­dia­na, familia, ami­gos, tra­ba­jo... Nos ve­mos esos ví­deos y nos que­da­mos con unos 100. Y ya sí, nos reuni­mos y los re­dac­to­res del pro­gra­ma los co­no­cen en su en­torno. XL. ¿Nun­ca ha en­tra­do na­die por pe­sa­do o por ser ‘ami­go de...’? P.Á. ¡Nun­ca, de en­chu­fes, na­da! De he­cho, es con­tra­pro­du­cen­te de­cir que eres 'hi­jo de...', 'ami­go de...' y co­sas así. XL. ¿Al­gún otro con­se­jo? P.Á. Sí, lo úl­ti­mo que de­bes de­cir es: «Ha­go lo que me di­gáis: de ma­lo­te, de chu­lo, de li­gón...». Mu­chos te di­cen: «Si que­réis, ha­go de gay». Se equi­vo­can de pro­gra­ma. Hay quien lle­ga dis­fra­za­do, in­ter­pre­tan­do un pa­pel. ¡Mal! XL. ¿Acep­ta­rían a un po­lí­ti­co? P.Á. De he­cho, ya se han pre­sen­ta­do con­ce­ja­les de pue­blos y ciu­da­des pe­que­ñas y al­gún que otro al­cal­de. Nin­guno nos con­ven­ció. Pe­ro, mi­ra, es­ta­ría bien que los po­lí­ti­cos pa­sa­ran una tem­po­ra­da en GH. En vez de de­ba­tes, ¡un GH elec­to­ral! O aca­ban to­dos ex­pul­sa­dos por con­flic­ti­vos o se po­nen de acuer­do [se ríe]. XL. ¿Ver a un can­di­da­to que so­lo busca la fa­ma dis­cri­mi­na? P.Á. To­tal­men­te. Si de­tec­ta­mos que su ob­je­ti­vo no es par­ti­ci­par, di­ver­tir­se y vi­vir la ex­pe­rien­cia, ¡fue­ra! XL. ¿Has­ta qué pun­to pre­vén si al­guien co­nec­ta­rá con otro, si va a en­ro­llar­se...? P.Á. El equi­po siem­pre ha­ce qui­nie­las [se ríe]. Y nos equi­vo­ca­mos mu­cho. «Pe­ro ¿có­mo se han he­cho tan ami­gos es­tos dos? ¡Si son el día y la no­che!». Y ha­blo de gran­des amis­ta­des o ma­tri­mo­nios, ¡que ya hay hi­jos de GH! Pe­dro e Inma tie­nen una ni­ña; Car­los y Fai­na tie­nen hi­jos; Nacho y De­si... ¡So­mos co­mo la Ce­les­ti­na! [se ríe]. XL. Cuan­do sus hi­jos pre­gun­ten: «Pa­pá, ma­má, ¿có­mo os co­no­cis­teis?», les pon­drán el ví­deo del edre­do­ning... P.Á. [Se ríe]. Sí, sí, ¡aquí es­tá la prue­ba! [Más ri­sas]. So­mos una familia. GH le ha cam­bia­do la vi­da a mu­cha gen­te. XL. ¿Sien­te una gran res­pon­sa­bi­li­dad? P.Á. Así es. La se­ma­na de­ci­si­va de la se­lec­ción no pue­des dor­mir. De­be­rías

"Des­car­ta­mos a la gen­te vio­len­ta. Un ac­to vio­len­to en la ca­sa es un error de 'cas­ting'"

ver al equi­po con las fo­tos de los con­cur­san­tes so­bre la me­sa; pa­re­ce­mos Del Bos­que pre­pa­ran­do la lis­ta del Mun­dial. Po­nes una fo­to, qui­tas otra, la vuel­ves a po­ner... Es una de­ci­sión que afec­ta­rá a mu­cha gen­te: a los que en­tran, a los que no, a la au­dien­cia, al pro­gra­ma, del cual de­pen­de el tra­ba­jo de mu­cha gen­te... Es un equi­li­brio de­li­ca­do. XL. ¿Has­ta qué pun­to es una lo­te­ría acer­tar pa­ra que sur­jan his­to­rias? P.Á. La quí­mi­ca en­tre ellos es siem­pre la gran in­cóg­ni­ta, don­de re­si­de la ma­gia de GH. Hay in­di­vi­duos con ma­de­ra que lue­go no tie­nen quí­mi­ca con na­die. Y otros que pa­re­cen no ha­ber ro­to un pla­to ¡que se des­ta­pan de una ma­ne­ra! Me acuer­do de Ind­hi­ra, en GH 11, an­tes de en­trar: «Tú eres muy tí­mi­da. Nun­ca ten­drías re­la­cio­nes en la ca­sa, ¿ver­dad?». Y ella: «Uy, no veas, qui­ta, qui­ta, ¡sa­bien­do que mi abue­la me va a ver!». ¡Pues tu­vo re­la­cio­nes has­ta den­tro de un ataúd! XL. ¿Qué bus­can en un con­cur­san­te? P.Á. Es una cues­tión de in­tui­ción, pe­ro no que­re­mos con­cur­san­tes vio­len­tos, in­con­tro­la­bles. Un ac­to vio­len­to en la ca­sa es un error de cas­ting. Por eso, pa­sar tiem­po an­tes con ellos es im­por­tan­te. Tam­bién pa­ra que va­yan com­pren­dien­do dón­de se me­ten. Pien­sa que pa­san de ser per­so­nas a las que so­lo co­no­cen en su ba­rrio a sa­lir en te­le­vi­sión con má­xi­ma au­dien­cia, a vi­vir en una ca­sa con des­co­no­ci­dos, ro­dea­dos de cá­ma­ras, sin co­ne­xión con el ex­te­rior, sin cier­tas co­mo­di­da­des... XL. Cuen­tan con ayu­da de psi­có­lo­gos, ¿cuán­do y por qué in­ter­vie­nen? P.Á. Pri­me­ro, en la se­lec­ción. Se ha­cen test mé­di­co-téc­ni­cos pa­ra

"La se­ma­na de­ci­si­va no duer­mes. Pa­re­ce­mos Del Bos­que pre­pa­ran­do la lis­ta del Mun­dial"

evi­tar dis­gus­tos. Nos ayu­dan a ver si al­guien tie­ne un ca­rác­ter vio­len­to, si pre­sen­ta ras­gos es­qui­zoi­des... Y es el mis­mo equi­po de psi­có­lo­gos des­de el prin­ci­pio. Si nos di­cen que hay un mí­ni­mo ries­go, esa per­so­na no en­tra. XL. ¿Ayu­dan a ele­gir los per­fi­les? P.Á. Te­ne­mos muy en cuen­ta su opi­nión, pe­ro el cri­te­rio pro­fe­sio­nal, de con­cur­san­te pu­ro, es nues­tro. XL. Y den­tro de la ca­sa, ¿cuál es el tra­ba­jo de los psi­có­lo­gos? P.Á. Ca­da con­cur­san­te tie­ne su psi­có­lo­go y un re­dac­tor asig­na­dos. Ha­blan con él, en el con­fe­sio­na­rio. Si es al­gún pro­ble­ma, no se emi­te, pe­ro si es una char­la nor­mal se pue­de emi­tir. El con­fe­sio­na­rio es lo úni­co que no se emi­te en di­rec­to, sal­vo en las ga­las, de­ba­tes o úl­ti­ma ho­ra, pe­ro es un si­tio sal­va­guar­da­do del ‘di­rec­to 24 ho­ras’. He­mos te­ni­do dia­bé­ti­cos, por ejem­plo, que iban a po­ner­se la in­su­li­na. Cual­quier pro­ble­ma que pue­da te­ner un con­cur­san­te lo an­te­po­ne­mos a to­do lo de­más. To­do lo que nos han con­ta­do en pri­va­do ha per­ma­ne­ci­do así. XL. ¿Y aque­llo de que «por la au­dien­cia to­do va­le»? P.Á. Es to­do lo con­tra­rio. Y creo que el éxi­to vie­ne de ahí. El es­pec­ta­dor lo va­lo­ra. Cui­da­mos mu­cho co­sas que la gen­te da por he­cho que no cui­da­mos. XL. Pa­ra mu­cha gen­te, un con­cur­san­te de GH es un fri­ki... P.Á. Ya... Mi­ra, Es­pa­ña es un país de es­te­reo­ti­pos y to­do el que sa­le en te­le­vi­sión es va­go y ca­ra­du­ra. «¡Que se bus­quen un tra­ba­jo de­cen­te!». Ese ti­po de co­sas. Pe­ro por GH han pa­sa­do uni­ver­si­ta­rios, gen­te con cin­co idio­mas, otro que ha via­ja­do por to­do el mun­do y ha lu­cha­do des­de que na­ció, uno que se que­dó huér­fano, per­so­nas con vi­das su­per­du­ras. Es un pre­jui­cio pen­sar que por es­tar aquí bus­cas lo fá­cil. Y en­trar en GH no es fá­cil.

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