UN OS­CAR YA PA­RA DICA­PRIO

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Entrevista -

«El tra­ba­jo de Dica­prio en El re­na­ci­do es úni­co, por­que ape­nas ha­bla. Se ex­pre­sa con sus ojos y su lenguaje cor­po­ral, ca­si como si fue­ra una co­reo­gra­fía. Y pa­ra eso no so­lo ne­ce­si­tas ofi­cio, ta­len­to y la ex­pe­rien­cia de ca­si 30 años, de­bes te­ner un don pa­ra la em­pa­tía y un en­ten­di­mien­to pro­fun­do de la ex­pe­rien­cia hu­ma­na. Pre­sen­ciar­lo fue im­pre­sio­nan­te. Y sí, evi­den­te­men­te creo que se me­re­ce el Os­car». si­mi­la­res más allá de ban­de­ras y es­tu­pi­de­ces na­cio­na­lis­tas. Yo creo que he­mos ro­to con esa vi­sión, con esos pre­jui­cios. Aunque lo de ciu­da­dano del mundo sue­ne un po­co ro­mán­ti­co, yo me sien­to así. Me en­tris­te­ce oír ha­blar de na­cio­na­lis­mos en­fu­re­ci­dos, me pa­re­ce un re­gre­so a lo pri­mi­ti­vo. Creo que hay que rom­per con la tri­bu. XL. Du­ran­te su dis­cur­so en los Os­car di­jo: «Re­zo por­que los me­xi­ca­nos sea­mos ca­pa­ces de cons­truir el Go­bierno que nos me­re­ce­mos». ¿Có­mo es ese Go­bierno? A.G.I. Igual que mu­chos go­bier­nos se des­pren­die­ron de la Iglesia ha­ce dé­ca­das, Mé­xi­co de­be­ría des­pren­der­se de las cor­po­ra­cio­nes. Nin­gún Go­bierno de­be­ría te­ner in­te­gran­tes que, por un la­do, sir­van a la co­mu­ni­dad y, por otro, sean ase­so­res de em­pre­sas pri­va­das. XL. Las fa­mo­sas 'puer­tas gi­ra­to­rias'... A.G.I. Exac­ta­men­te. Eso ha ge­ne­ra­do un gru­po de po­der que do­mi­na las dos áreas. Y se ha crea­do una im­pu­ni­dad to­tal a tra­vés de le­yes que pro­te­gen a esas com­pa­ñías que, a su vez, com­pran a las ins­ti­tu­cio­nes. No so­lo pa­sa en Mé­xi­co, en los Es­ta­dos Uni­dos es prác­ti­ca­men­te la san­gre del país. XL. Ha­ce po­co pro­nun­cia­ba un dis­cur­so apa­sio­na­do so­bre los «so­ña­do­res indocumentados». ¿Qué le pi­de al pró­xi­mo pre­si­den­te de los Es­ta­dos Uni­dos en ma­te­ria de in­mi­gra­ción? A.G.I. El pre­si­den­te es un ti­po so­me­ti­do a una vi­cio­sa gue­rra ideo­ló­gi­ca, por eso les pe­di­ría a los go­ber­nan­tes de am­bos par­ti­dos que, sim­ple­men­te, pon­gan en mar­cha de una vez el Dream Act y le­ga­li­cen a más de 12 mi­llo­nes de me­xi­ca­nos que lle­van to­da su vi­da aquí be­ne­fi­cian­do a am­bos paí­ses. El ma­yor in­gre­so de Mé­xi­co, más in­clu­so que el pe­tró­leo, lle­ga de sus in­mi­gran­tes. Y gran par­te de la economía de Es­ta­dos Uni­dos es­tá sus­ten­ta­da en el tra­ba­jo de los me­xi­ca­nos, mien­tras si­guen sien­do una po­bla­ción in­vi­si­ble, sin de­re­chos y sin voz. An­tes que re­sol­ver los con­flic­tos en Si­ria o en Irak, ha­bría que arre­glar es­te problema. Es una ver­güen­za que se lle­ve re­tra­san­do 20 años. XL. De­cla­ra­cio­nes in­cen­dia­rias como las de Do­nald Trump no ayu­dan de­ma­sia­do… A.G.I. Do­nald Trump es un po­bre hom­bre que lo úni­co que tie­ne es di­ne­ro, aunque tam­bién es ri­co en ig­no­ran­cia. Al­gún idio­ta di­jo una vez que el tiem­po es di­ne­ro. Y esa es la fra­se que ha des­trui­do el mundo, la peor fra­se de la his­to­ria. Cuan­do el sen­ti­do de la vi­da re­si­de en el di­ne­ro, se aca­bó to­do. Y es­te hom­bre en­car­na esa idea. XL. Sí, pe­ro si­gue li­de­ran­do las en­cues­tas en­tre los lí­de­res re­pu­bli­ca­nos… A.G.I. Trump es una es­pe­cie de pa­ya­so, in­clu­so sus se­gui­do­res lo sa­ben. Él es un hom­bre de ne­go­cios que es­tá in­vir­tien­do en su pro­pia mar­ca, que es él mis­mo, a tra­vés de las pro­vo­ca­cio­nes y los in­sul­tos. El problema es que los me­dios abra­cen eso en lu­gar de ha­blar de quie­nes pro­po­nen ideas o so­lu­cio­nes. Reales. XL. Visitó Es­pa­ña por pri­me­ra vez en 1981. ¿Có­mo lo mar­có aquel via­je ini­ciá­ti­co? A.G.I. Me mar­có mu­chí­si­mo. Te­nía 17 años cuan­do me subí al bar­co. Pri­me­ro, hice una tra­ve­sía por el Mi­si­si­pi y, más tar­de, lle­gué has­ta Bar­ce­lo­na. Mi se­gun­do via­je me lle­vó a otras par­tes de Eu­ro­pa y Áfri­ca. Mu­chos años más tar­de, me di cuen­ta de que las pe­lí­cu­las que ro­dé fue­ra de Mé­xi­co fue­ron en Memp­his, en Bar­ce­lo­na, en Ma­rrue­cos… Aque­lla era la pri­me­ra vez que sa­lía de mi ba­rrio y tu­vo un im­pac­to pro­fun­dí­si­mo en mí. Yo no se­ría quien soy si no hu­bie­ra te­ni­do aque­lla ex­pe­rien­cia. XL. ¿Qué re­cuer­do guar­da de aque­lla Es­pa­ña de prin­ci­pios de los años ochen­ta? A.G.I. Re­cuer­do que en­ton­ces Ma­drid olía a una mez­cla de tabaco, su­dor y gam­bas al aji­llo [se ríe]. Los co­ches eran muy pe­que­ños y la gen­te ves­tía de ma­ne­ra muy for­mal. En Bar­ce­lo­na re­cuer­do có­mo los hom­bres se amon­to­na­ban al­re­de­dor de los quios­cos de las Ram­blas pa­ra com­prar re­vis­tas por­no­grá­fi­cas. No eran imá­ge­nes de tías con las te­tas fue­ra, eran co­sas ver­da­de­ra­men­te bru­ta­les, más allá de la por­no­gra­fía. Vi­ví no­ches me­mo­ra­bles de fla­men­co y gran­des so­bre­me­sas. Me en­can­ta la so­bre­me­sa es­pa­ño­la.

"EXI­JO UNA DE­DI­CA­CIÓN Y UN RI­GOR BRU­TA­LES, PE­RO SIEM­PRE SOY EL QUE MÁS DA. Y SÍ, DE­FIEN­DO A MUER­TE MI VI­SIÓN POR­QUE, SI NO, ¿PA­RA QUÉ HA­GO ES­TO?"

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