So­bre los clu­bes

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Firmas - Www.xlse­ma­nal.com/da­vid­gis­tau

en Ma­drid exis­tían clu­bes a la in­gle­sa, aso­cia­dos a la aris­to­cra­cia y el ejér­ci­to, como la Gran Pe­ña o el Nue­vo Club, don­de ce­né una vez cre­yen­do que en­tra­ría un ex­plo­ra­dor vic­to­riano de re­gre­so de las fuen­tes del Ni­lo. Siem­pre los hu­bo, en un rin­cón so­cial de­ter­mi­na­do. Pe­ro aho­ra ha es­ta­lla­do una mo­da im­pa­ra­ble. Hay un afán de per­te­nen­cia a lu­ga­res ca­si se­cre­tos y a los que se ac­ce­de con una com­bi­na­ción o in­clu­so me­dian­te un lec­tor de hue­llas dac­ti­la­res. Vamos, for­mas de en­trar con las que an­ta­ño tu in­ten­ción era ha­cer in­ter­cam­bio de pa­re­ja. No me he pre­gun­ta­do por el mo­ti­vo de es­ta mo­da que coin­ci­de con la pro­li­fe­ra­ción de sas­tre­rías in­gle­sas como la de Lan­der Ur­qui­jo. Pe­ro así, a vue­la­plu­ma y sin le­van­tar­me a mi­rar­lo, su­pon­go que es una con­se­cuen­cia de la prohi­bi­ción de fu­mar en los ba­res más que de una vo­lun­tad de clan­des­ti­ni­dad cons­pi­ra­ti­va como la de los re­ser­va­dos de los res­tau­ran­tes del po­der. Los ma­dri­le­ños siem­pre fui­mos más de bar fa­vo­ri­to que de club. Siem­pre pongo el ejem­plo del ya ex­tin­to Bal­mo­ral en la ca­lle Her­mo­si­lla, del cual al­go se con­ser­va en el Dry del Fé­nix sin lle­gar a ser lo mis­mo, ni el bar, ni el mo­men­to. En to­do ca­so, es el con­cep­to de bar ha­bi­tual don­de se pro­du­ce el en­cuen­tro con los in­ter­lo­cu­to­res ha­bi­tua­les, los her­ma­nos de tra­go. A Bal­mo­ral ha­bía gen­te que ve­nía a leer un ra­to en una bu­ta­ca ore­je­ra o que traía el pe­rro, que se que­da­ba tum­ba­do, sa­bién­do­se por la cos­tum­bre en una pro­lon­ga­ción del ho­gar. Así ocu­rría con cier­tos ba­res que re­me­da­ban el club sin el boa­to de lo ex­clu­si­vo y res­trin­gi­do. Al me­nos has­ta que, pa­ra fu­mar, se hi­zo ne­ce­sa­rio en­ce­rrar­se en lu­ga­res que no eran de ac­ce­so pú­bli­co –has­ta al­gu­nos res­tau­ran­tes em­pe­za­ron a ofre­cer, pa­ra la so­bre­me­sa, un anexo pri­vé– y que pron­to de­ri­va­ron a es­te es­no­bis­mo nue­vo del gentle­man con club. Lle­gué a plan­tear­me per­te­ne­cer a uno. Nun­ca di­ría lo mis­mo que Grou­cho, eso de que él ja­más per­te­ne­ce­ría a un club que lo ad­mi­tie­se a él como so­cio. Cual­quier club que me ad­mi­ta como so­cio ha de ser sen­sa­cio­nal. Pe­ro, en cam­bio, me sien­to iden­ti­fi­ca­do con la per­so­na­li­dad que Co­nan Doy­le con­fi­rió al club Dió­ge­nes de My­croft Hol­mes, el her­mano de Sher­lock: un club pa­ra­dó­ji­co, pa­ra mi­só­gi­nos y per­so­nas que de­tes­tan la com­pa­ñía de otras mien­tras leen el pe­rió­di­co, en el que es­ta­ba prohi­bi­do pro­nun­ciar pa­la­bra ba­jo ame­na­za de ex­pul­sión. Ir a un club a es­tar so­lo y a odiar a los se­me­jan­tes, qué ma­ra­vi­lla. Ja­vier Az­nar, alias el Guar­dián, me hi­zo de in­tro­duc­tor en un club muy en bo­ga en­tre la gen­te que mo­la o as­pi­ra a mo­lar, el club Ma­ta­dor. El lu­gar es pre­cio­so y se co­me muy bien. Al­gu­nas ven­ta­nas dan a un jar­dín in­te­rior con for­ma de claus­tro que evo­ca cuán­tas co­sas her­mo­sas es­tán en Ma­drid es­con­di­das de­trás de edi­fi­cios por de­lan­te de los cua­les ca­mi­na­mos in­fi­ni­dad de ve­ces sin sos­pe­char lo que hay. Con to­do, no me veo en un lu­gar así. A pe­sar de que atis­bé la opor­tu­ni­dad de usar­lo pa­ra es­cri­bir fue­ra de ca­sa, co­sa que aho­ra ha­go en las ca­fe­te­rías de El Cor­te In­glés (re­sul­ta que en el club es­tá prohi­bi­do usar apa­ra­tos elec­tró­ni­cos, y a mano no me voy a po­ner a es­cri­bir pa­ra que me sal­ga un ca­llo en el de­do como cuan­do era ni­ño). Pe­ro no me veo, so­bre to­do, por dos ra­zo­nes. Pri­me­ra, por­que yo no pue­do mo­lar tan­to. No pue­do lle­var siem­pre en­ci­ma el pe­so de esa res­pon­sa­bi­li­dad. Ser un ha­bi­tual del bar de aba­jo, con sus

Ser un ha­bi­tual del bar de aba­jo, con sus tra­ga­pe­rras, no me im­po­ne esa an­sie­dad de te­ner que es­tar siem­pre en ca­ba­lle­ro ‘bri­tish’

tra­ga­pe­rras, o del gim­na­sio de bo­xeo son co­sas que no me im­po­nen esa an­sie­dad de te­ner que es­tar siem­pre en ca­ba­lle­ro ‘bri­tish’. Oi­ga, que yo a ve­ces sal­go a la ca­lle con la ca­mi­se­ta de In­de­pen­dien­te de Ave­lla­ne­da, y ha­cer­lo como so­cio se­ría trai­cio­nar el cre­do y el com­pro­mi­so con el club. Pre­fie­ro, en ge­ne­ral, mo­lar po­co, es más des­can­sa­do, no de­frau­das a las chi­cas. El se­gun­do mo­ti­vo es que no en­tien­do el tra­go ni los ba­res sin la po­si­bi­li­dad de los en­cuen­tros ca­sua­les como los de Mas­troia­ni en la Via Ve­ne­to. Per­so­nas que no sa­bías que exis­tían y con las que de pron­to aca­bas de aven­tu­ra. Eso te lo da el bar, no tan­to el club.

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