Pe­que­ñas in­fa­mias

Esa pes­te mo­der­na de lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Firmas - Www.xlse­ma­nal.com/car­men­po­sa­das

siem­pre me ha fas­ci­na­do es­te fe­nó­meno. ¿Quién es el ge­nial (y es­pec­tral) maes­tro de tí­te­res que ha con­se­gui­do que gen­tes li­bres, cul­tas y adul­tas, bre­ga­das y bra­ga­das no se atre­van a de­cir lo que pien­san, has­ta el pun­to de que cuan­do ex­pre­san su opi­nión lo que les sa­le es un so­pi­cal­do de lu­ga­res co­mu­nes, un des­ca­fei­na­do de ideas tan im­bé­ci­les como mu­chas ve­ces fal­sas? La co­rrec­ción po­lí­ti­ca se es­pe­cia­li­za en dos ti­pos de opi­nio­nes que todos –yo in­clui­da– re­pe­ti­mos como man­tras por te­mor a que nos con­si­de­ren ra­ros: las tó­pi­cas y las fal­sas o exa­ge­ra­das. Las tó­pi­cas son esas que ha­cen que uno pro­cla­me y trom­pe­tee lu­ga­res co­mu­nes como «pa­ra mí la fa­mi­lia es lo pri­me­ro» o «ado­ro a mis hi­jos». ¿Real­men­te va­le la pe­na mal­gas­tar sa­li­va en de­cir se­me­jan­te ob­vie­dad? ¿De ver­dad cree al­guien que eso le ha­ce pa­re­cer más sen­si­ble y me­jor per­so­na an­te los de­más? Yo, cuan­do al­guien suel­ta al­go así, de in­me­dia­to me pongo en mo­do snoo­ze y ron­co. Peor aún, pien­so aque­llo de «di­me de qué pre­su­mes y te di­ré de qué ca­re­ces». El se­gun­do ti­po de fra­se po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­ta se re­fie­re a ver­da­des de mo­da, mu­chas de ellas fal­sas o exa­ge­ra­das, que que­da bien de­cir. Ver­da­des como «me chi­flan los ni­ños»; «so­lo como co­sas sa­nas, me pi­rran las ver­du­ras», o «las mu­je­res son más in­te­li­gen­tes que los hom­bres». Es po­si­ble que exis­tan per­so­nas (mu­chas in­clu­so) pa­ra las que es­tas tres afir­ma­cio­nes sean per­fec­ta­men­te cier­tas. Pe­ro hay otras mu­chas (le­gión, me atre­ve­ría a de­cir) que se ven en la ne­ce­si­dad de so­bre­ac­tuar. Con los ni­ños, por ejem­plo; es evi­den­te que hay al­gu­nos ado­ra­bles, pe­ro otros… lo son so­lo un ra­ti­to, so­bre to­do los aje­nos. En lo que res­pec­ta a la co­mi­da sa­ní­si­ma, el que pre­fie­ra una acel­ga a una tor­ti­lla de pa­ta­ta ya tie­ne lo que se me­re­ce; y, por fin, en lo que con­cier­ne a la úl­ti­ma ase­ve­ra­ción, esa de que las mu­je­res so­mos más lis­tas que los hom­bres, gra­cias por el cum­pli­do, pe­ro hay mu­je­res muy ton­tas, ton­tí­si­mas. Tan­tas como hom­bres, ni más ni me­nos. Po­dría po­ner otros mu­chos ejem­plos de fra­ses po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­tas, pe­ro creo que es ca­da vez más evi­den­te que, en las so­cie­da­des abier­tas, en las que ca­da uno tie­ne li­ber­tad pa­ra dis­cre­par y ex­pre­sar un cri­te­rio pro­pio, exis­te, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, un mo­vi­mien­to in­vo­lu­ti­vo que ha­ce que las opi­nio­nes se uni­for­men, se ado­ce­nen. Ya sea so­bre te­mas tri­via­les como los que aca­bo de enu­me­rar o so­bre otros de per­fil po­lí­ti­co, éti­co, so­cio­ló­gi­co y tam­bién re­li­gio­so. Se­gún el fi­ló­so­fo ita­liano Mar­ce­llo Pe­ra, ad­mi­ra­dor de Karl Pop­per y su So­cie­dad abier­ta…, lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to en­cie­rra for­mas de au­to­cen­su­ra como la au­to­li­mi­ta­ción o la re­edu­ca­ción. Es una re­for­mu­la­ción lin­güís­ti­ca fun­da­da en ideas pre­fa­bri­ca­das en las que na­die cree del to­do, pe­ro que he­mos acep­ta­do como con­ve­nien­tes. Por eso, en el mo­men­to de opi­nar so­bre el te­ma que sea, re­sul­ta que lo re­le­van­te es de­cir lo que pa­re­ce que los de­más es­pe­ran que di­ga­mos, no lo que uno cree de ver­dad, al­go que, por lo vis­to, ca­re­ce por com­ple­to de im­por­tan­cia. Otros pen­sa­do­res, como André La­pied, juz­gan el fe­nó­meno de ma­ne­ra más se­ve­ra. Se­gún di­ce en su en­sa­yo La ley del más dé­bil, lo po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­to es­tá com­pues­to por tres ele­men­tos in­quie­tan­tes: el Re­sen­ti­mien­to que im­po­ne la ley del más dé­bil (es más fá­cil igua­lar por aba­jo y así hay más gen­te con­ten­ta), la Ne­ga­ción del in­di­vi­duo (que erra­di­ca cual­quier as­pi­ra­ción de au­to­no­mía) y el Co­mu­ni­ta­ris­mo (que reúne a los cor­de­ros po­lí­ti­ca­men­te co­rrec­tos

En cuan­to a eso de que las mu­je­res so­mos más lis­tas que los hom­bres, gra­cias por el cum­pli­do, pe­ro hay mu­je­res muy ton­tas, ton­tí­si­mas

en gru­pi­tos de opi­nión pa­ra que se sien­tan par­te de una co­mu­ni­dad equis que los am­pa­re). Yo no quie­ro ser tan pe­si­mis­ta como ellos, pe­ro me pa­re­ce que se­ría útil que los pa­dres que tie­nen la suer­te de te­ner hi­jos en esa edad en la que to­do les gus­ta y to­do les in­tere­sa, en vez de con­sen­tir­los, mi­mar­los y ha­cer­les creer que son el om­bli­go del mundo (lo que só­lo pue­de lle­var­los al ho­rri­ble des­cu­bri­mien­to de que no lo son ni lo se­rán nun­ca), les en­se­ña­ran a di­ver­gir, a di­sen­tir, a di­fe­rir. O, como de­cía Erich Fromm, y no­so­tros los ma­yo­res nun­ca nos he­mos atre­vi­do a ha­cer, que los ayu­den a per­der el Mie­do a la Li­ber­tad.

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