UNA DE ATRA­COS

La Voz de Galicia (A Coruña) - XL Semanal - - Magazine Entrevista -

L.T. Ame­ná­bar no. Y con Al­mo­dó­var hi­ci­mos una lec­tu­ra una vez en su ca­sa pa­ra La ma­la edu­ca­ción. Pe­ro yo es­ta­ba con La vi­da que te es­pe­ra, de Gu­tié­rrez Ara­gón, y fue im­po­si­ble. Nun­ca he te­ni­do fi­ja­ción por nin­gún di­rec­tor. Y, ade­más, que no ga­ran­ti­za na­da. Has­ta que no tra­ba­jas con al­guien no sa­bes de ver­dad si hay quí­mi­ca con esa per­so­na. XL. ¿Le ofre­cen más pa­pe­les de ti­po du­ro de los que le gus­ta­ría? L.T. Sí. De ti­po du­ro, de ma­lo, de hom­bre frío... Los pro­duc­to­res bus­can fór­mu­las que ya ha­yan fun­cio­na­do, pe­ro hay ti­pos que no tie­ne mu­cho sen­ti­do re­pe­tir. XL. ¿Le cos­tó de­jar atrás a per­so­na­jes como el mal­tra­ta­dor de Te doy mis ojos el Ma­la­ma­dre de Cel­da 211? L.T. Sí, un po­co. La gen­te se que­da muy pi­lla­da con es­te ti­po de se­res. Te cru­zas por la ca­lle con al­gu­nos que no sa­len de ahí. Pe­ro bueno... en te­le­vi­sión es peor. Si ha­ces po­pu­lar a un per­so­na­je que sa­le ca­da semana, te per­si­gue to­da la vi­da. XL. ¿Al­gún he­cho con­cre­to lo in­cli­nó ha­cia la in­ter­pre­ta­ción? L.T. Bueno, yo em­pe­cé en es­to pa­ra li­gar [se ríe]. Así de cla­ro. Es­tu­dia­ba en los Ma­ris­tas, que era un co­le­gio mas­cu­lino. Te­nía 11 años y, como que­ría­mos es­tar con chi­cas, mis ami­gos y yo nos di­ji­mos: «Jo­der, vamos al co­le­gio de San Fer­nan­do, nos apun­ta­mos con las mon­ji­tas a las Ju­ven­tu­des Ma­ria­nas Vi­cen­cia­nas y nos vamos de ex­cur­sión con las chi­cas». Ese era el ob­je­ti­vo [se ríe]. XL. ¿Y lo del tea­tro? L.T. Es que, al te­ner chi­cos en el gru­po, las mon­ji­tas nos me­tie­ron en to­das las obras y a ha­cer fun­cio­nes aquí y allá. El problema es que em­pe­za­mos a pen­car. Hi­ci­mos fun­cio­nes en asi­los, cen­tros de dis­ca­pa­ci­ta­dos, ma­ni­co­mios... Mi pri­me­ra gi­ra tea­tral fue con una obra ti­tu­la­da Ha­cien­do el ton­to. Yo era el ton­to [se ríe]. XL. En el re­creo ¿ju­ga­ba al fút­bol o in­ter­pre­ta­ba? L.T. Fút­bol, po­co. Me de­di­ca­ba so­bre to­do a ha­cer el man­gui. XL. Y en ca­sa ¿có­mo veían sus pa­dres eso de que fue­ra ha­cien­do de pa­ya­so por ahí...? L.T. Mi pa­dre lo te­nía cla­ro: «Si con­si­gues ga­nar­te la vi­da, ade­lan­te. Yo no voy a man­te­ner­te, cla­ro». Mis pa­dres son de cam­po, es­tu­dia­ron po­qui­to y no veían la uni­ver­si­dad como una co­sa de pu­ta ma­dre. Si que­rías es­tu­diar una ca­rre­ra, bien; pe­ro ir por ir... Y ya me veían que des­de pe­que­ño no pa­ra­ba, bai­lan­do break­dan­ce por la ca­lle y co­sas así. XL. ¿Iba con vi­se­ra, pan­ta­lo­nes an­chos y de­más? L.T. Cla­ro, con pan­ta­lo­nes de ca­mu­fla­je... Eso de ver­me bai­lar en el sue­lo no era lo que más gra­cia les ha­cía a mis pa­dres, pe­ro vamos... que es­ta­ban acos­tum­bra­dos a ver­me in­quie­to y sa­bían que no iba a te­ner pro­ble­mas. Cien años de per­dón, de Da­niel Cal­par­so­ro, na­rra un atra­co con el tras­fon­do de una tra­ma de corrupción que al­can­za a las más al­tas es­fe­ras del po­der. L.T. En nin­guno. Aho­ra soy pa­dre y ten­go de­ma­sia­do lío [se ríe]. No, en se­rio, ha­ce años que de­ci­dí que la po­lí­ti­ca ac­ti­va no era lo mío. De re­pen­te, me vi en mí­ti­nes y si­tua­cio­nes así y me sen­tí muy in­có­mo­do. XL. ¿Eso de uti­li­zar al fa­mo­so pa­ra atraer aten­ción? L.T. Sí, sí, pe­ro es que no era real. Apo­yar una cau­sa o a un par­ti­do es­tá bien, pe­ro si so­lo es­tás pa­ra ha­cer bul­to o con­se­guir pu­bli­ci­dad, es­tás fal­sean­do el men­sa­je. Por­que yo no me voy a im­pli­car más allá. Ni si­quie­ra era mi­li­tan­te del Blo­que; eché una mano, me pre­sen­té en las lis­tas dos ve­ces –Eu­ro­pa y mu­ni­ci­pa­les–, pe­ro sa­bien­do que no iba a sa­lir. Al fi­nal, me pa­re­ció po­co ho­nes­to con el elec­to­ra­do. XL. Era el nú­me­ro 12 de la lis­ta. Ima­gi­ne que todos los que iban an­tes que us­ted re­nun­cian... ¡Po­dría ha­ber si­do al­cal­de! L.T. [Suel­ta una car­ca­ja­da]. ¡Uf! Quita, quita. ¡Ima­gí­na­te! Si esos 11 se caen, me ha­bría te­ni­do que jo­der [se ríe]. XL. No sé a quién ha­brá vo­ta­do, pe­ro ¿cree que al­guien se­rá ca­paz de po­ner­se de acuer­do pa­ra go­ber­nar? L.T. ¡Jo, ni idea! Pe­ro veo a los po­lí­ti­cos ca­da vez más tor­pes. Caen en sus pro­pias men­ti­ras y con­tra­dic­cio­nes ca­da día más rá­pi­do. Hay tan­ta in­con­ti­nen­cia ver­bal que ya no con­tro­lan lo que di­cen; re­pli­car en­se­gui­da lo que di­ce el otro no ayu­da. Y si no tui­teas, no exis­tes. De lo­cos. Así es im­po­si­ble ne­go­ciar. XL. Y a us­ted, ¿nun­ca se le ha ido la pin­za nu­bla­do por el éxi­to y los ha­la­gos? L.T. Por suer­te, siem­pre he te­ni­do un gru­po de ami­gos que no me de­ja pa­sar una [se ríe]. Siem­pre hay ries­go de vol­ver­te un po­co gi­li­po­llas o de re­la­jar­te en tu exi­gen­cia pro­fe­sio­nal. Hay que man­te­ner la pers­pec­ti­va, por­que nun­ca es­tá to­do per­fec­to. Es im­po­si­ble. XL. ¿Al­gu­na vez lo han lla­ma­do Ame­ná­bar o Al­mo­dó­var, dos di­rec­to­res es­pa­ño­les con los que no ha tra­ba­ja­do? o

"MIS PA­DRES SON DE CAM­PO Y NO VEÍAN LA UNI­VER­SI­DAD COMO UNA GRAN CO­SA. SI QUE­RÍAS ES­TU­DIAR, BIEN; PE­RO IR POR IR..."

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